El ensordecedor timbre del colegio repicó en los oídos de Samuel, la maestra acababa de ordenar un trabajo para el día siguiente: ideas para conseguir la paz en el mundo. Samuel se rascó la cabeza esperando a que los otros niños salieran de la clase en estampida; nadie se despidió de él, nadie le esperaría a la puerta a las cinco como a los demás niños de cuarto de primaria y ninguno le invitaría a merendar a su casa. Suspiró, se escondió como siempre tras sus enormes gafas unidas con un trozo de esparadrapo y tras mirar sus manos se preguntó otra vez si el color de la piel era tan importante. Recordó las palabras de su madre, cuando lo sentaba sobre su regazo y le decía que lo realmente importante es el interior de las personas, que los que de verdad le querrían no tendrían en cuenta su aspecto; pero él no había tenido la oportunidad de demostrar los tesoros que se escondían en su interior, ya que atraía miradas de desprecio.
Esa tarde, Samuel emprendió lentamente el camino de vuelta hacia casa sumergido en sus turbios pensamientos y hablando consigo mismo, como si tuviera un amigo imaginario que le acompañara. Se entretuvo dándole puntapiés a una lata de refrescos, con tan mala zanca que la lata fue a parar a la coronilla de un niño que jugaba a la pelota con otros chavales; el pobre Samuel se puso rojo como un tomate y temió lo peor, sus piernecillas comenzaron a temblar a la vez que esa pandilla de niños se acercaba con caras que no eran amistosas; giró la cabeza a ambos lados y entornó los ojos. El más grande de todos ellos se encaró y comenzó a insultarle mientras le daba empujones en el pecho. El pobre intentaba contener las lágrimas mientras con un hilo de voz imperceptible se excusaba de su metedura de pata; a ellos les dio igual, se abalanzaron sobre él sin importar que fuesen tres contra uno y repitieron una y otra vez el nombre del color de su piel. Le dolía más el corazón que los golpes que le asestaban aquellos niños sin escrúpulos. No le fue posible defenderse.
Cuando se pudo incorporar, se sorprendió de que ninguna parte de su cuerpo estuviera dolorida. La cabeza, sin embargo, no paraba de darle vueltas; aquellos niños ya no estaban. Oyó una calmada voz, el pequeño levantó la cabeza y se encontró con un hombre muy larguirucho y vestido de blanco que le tendía una mano a la vez que le preguntaba cómo se sentía. Samuel se encogió de hombros y, arrugando su pequeña nariz, le contestó cabizbajo y apenado:
—Todos me odian, ojalá mi piel fuera blanca como la tuya.
—No te preocupes, chaval —dijo el hombre de ropas claras agachándose a su altura—. A partir de ahora yo voy a ser tu amigo, y te protegeré de todo lo malo.
—¿Eres policía? —preguntó Samuel.
—Digamos que trabajo como… guardia de seguridad —aclaró aquel buen hombre—. ¿Te apetece hacer algo en especial? Tengo unas horas libres.
—La verdad es que tenía que preparar un trabajo para la clase de mañana, se trata de buscar ideas para conseguir la paz en el mundo.
—¿Y tú cómo crees que se pondría conseguir eso?
—Bueno… yo creo que si todos fuéramos iguales no existirían los enemigos, y se acabarían las guerras porque no sabríamos quién sería el equipo contrario; entonces todos nos portaríamos bien, para no equivocarnos y no hacer daño a los que queremos. —Samuel hizo una mueca con sus labios porque creyó que acababa de decir una estupidez.
—Esa es una idea fantástica; aunque… habría que buscar la manera de transformarlos a todos, ¿verdad? —añadió suponiendo que el niño no tendría una respuesta a ese inconveniente.
—Claro, para eso tendríamos que organizar una fiesta y que todos se vistieran igual, con las mismas máscaras, y conseguiríamos la paz por un día —respondió muy convencido de sí mismo.
Una luz cegadora iluminó su cara y de repente Samuel se encontró en una fiesta, tal y como él había imaginado momentos antes; en ella todos vestían trajes de color blanco y sus rostros estaban teñidos del mismo color. ¡Guau!, exclamó boquiabierto;,ya me han robado mi idea, pero me encanta este sitio.
Samuel estaba sorprendido, en aquella fiesta todos lo pasaban en grande a pesar de que era una fiesta sin música, sin chucherías ni niños alborotadores; y algo mucho mejor, nadie le despreciaba porque todos se mostraban iguales. Samuel empezó a preocuparse por la hora, se estaba haciendo tarde y mamá le regañaría si tardaba en llegar; se despidió de aquel hombre, que lo miró sin expresión en su cara.
Cuando llegó a casa, el niño entró en ella con sigilo. Su madre se hallaba sentada en la butaca, con los brazos cruzados. Samuel comprendió que estaba muy enfadada y no pronunció palabra alguna.
—No entiendo por qué… —decía su madre con voz queda y la cabeza gacha, visiblemente muy abatida.
Samuel supuso que se había quedado sin cenar y que debía ir a su habitación, y así lo hizo sin rechistar.
A la mañana siguiente se levantó con prisas, como todos los días, y se fue corriendo al colegio. Por el camino se encontró de nuevo con aquel hombre de traje blanco. Hablaron durante todo el trayecto hasta que ese señor le propuso un juego: ese día se divertirían jugando al niño invisible. Samuel aceptó encantado por los poderes de ese desconocido tan amable; se cogieron de la mano y se dirigieron al colegio. El niño estaba fascinado, nadie se inmutó de su presencia, pero esta vez porque era invisible.
Cuando entró a su clase todos los niños estaban quietos en sus pupitres con los rostros muy atentos, su maestra daba una lección sobre el racismo, muy alterada. Samuel pensó que tal vez aprovechaba la oportunidad de no verlo a él en la sala para explicarles cómo se puede sentir una persona de raza; de no ser así, no se explicaba por qué repetía tantas veces su nombre. Tras el discurso, todos los niños salieron al patio y se quedaron callados durante un buen rato, y tras ese tiempo de silencio volvieron todos a sus puestos; aunque esta vez ocurría algo extraño, todos ellos se habían pintado las manos de color negro… y en la pizarra se leía: “Samuel, te queremos”.
Samuel pensó que todos se habían dado cuenta de que el color no es tan importante, y corriendo buscó como un loco a aquel hombre de poderes mágicos y traje blanco para que le devolviera a su estado normal. Llegó hasta su casa sin dar con él. Siendo todavía invisible, el niño entró. Su madre se encontraba de nuevo sentada en la butaca, y esta vez vio claramente cómo lloraba, muy triste, sujetando una foto suya entre sus manos. Samuel se apenó mucho al entenderlo todo, entonces se acercó lentamente a su madre, apoyó su mano en el hombro de ella y le susurró al oído: No te preocupes, mamá, sólo me he vuelto invisible…

Precisamente, lo que hace especial a este concurso es que puedes conocer las opiniones de los lectores, algo que nos sucede a menudo a quienes no somos el ojito derecho de los editores.
Por supuesto, no todas las opiniones que vas a recibir son alabanzas, pero para eso uno ya tiene a familiares y amigos.
Lo que no podemos hacer es imponer una especie de «censura», porque acabaríamos con lo mejor que, a mi entender, tiene este certamen.
Por si hay alguna suspicacia, la opinión de Auster no es precisamente la mejor que ha recibido mi cuento (tampoco la peor), pero la conidero igualmente valiosa.
Saludos a todos.
Anónimo:
interesante reflexión la tuya. Muy interesante. La tendré en cuenta.
Y por supuesto que no quisiera que nadie se sintiera desilusionado por un comentario. De hecho defiendo la escritura como acto terapeúico y saluble, como placer, como el simple gusto de emborronar cuartillas (que es lo que yo hago). También tengo que decir que si alguien deja de escribir por una opinión negativa es que realmente no le gusta escribir. Hay que diferenciar el gusto de escribir de la literatura. Y aquí ya entran, como siempre, los gustos, porque a mí por ejemplo Carver no me entusiasma como cuentista, y habrá a quien le encante.
Me parece bueno que intercambiemos opiniones sobre estos temas. Creo que enriquece el concurso. En cualquier caso, repito que tendré en cuenta los comentarios de Fernando y procuraré medir mis palabras a la hora de comentar.
Saludos.
WELMA:
Valientes comentarios los tuyos.
Aunque tengo que decirte que no estoy barriendo nada para mí, en todo caso, lo que consigo con mi actitud es todo lo contrario.
Y sí, soy amable, aunque mis formas literarias no son tan buenas como yo quisiera (me temo que me queda mucho por aprender).
Saludos.
Valentina:
Gracias por la comprensión.
No sé si mi cuento será de los mejores o no, pero desde luego ha dado mucho que hablar, por lo tanto me doy por satisfecha 🙂
De los cuentos que he leído hay algunos que no me han gustado en absoluto, pero por respeto (que no por censura) evito expresar mi opinión de ellos.
De entre los grandes cuentistas que han existido y existen se le olvido a Auster nombrar al GRAN AUSTER.
Tierna, tierna, tierna. Es agradable comprobar como hay una buena cantidad de relatos en este Certamen que hacen referencia a ancianos y a niños, las dos caras de la misma moneda. Mucha suerte.