
4 Percepciones de lo trascendente.
El clamor de Israel lo expresa el Salmo 27: “No me ocultes tu Rostro”. Mas, cuando le fue mostrado en la Historia lo rechazó. No negaban los portentos que veían, sino que los atribuían al poder de Belcebú. Cuando la fe se atrinchera en las tradiciones hasta acabar acomodada a la conveniencia del que cree, sea pueblo o individuo puede desvirtuarse e incluso acabar en radicalismos teocráticos. Se impone la “interpretación” del hombre. Así hablaron los garantes de la ley farisaica.
Una segunda visión muestra la percepción divina en la proyección de la insatisfacción humana por sí misma. Si el hombre anhela el saber, le atribuirá la Omnisciencia. Si se debate entre el bien y el mal, la Bondad Suprema. Si el poder, la Omnipotencia. Si es incapaz de amar, el Amor infinito. Se impone la superación de la carencia humana. Así habló el ateísmo por boca de Feuerbach.
Se ha hablado mucho de la naturaleza del pecado original por el que entró el mal en el mundo. En la modernidad nos ofrece su respuesta el existencialismo. En su obra―pequeña pero densa― “Las moscas”, la criatura Orestes habla con el dios Júpiter, y le dice: “Apenas me has creado he dejado de pertenecerte”. No se niega la existencia sino la sujeción. Así habló el descreído Sartre.
La desvinculación con lo sagrado sólo es posible sostenerse si el hombre es capaz de responder, no qué es esa realidad primera y última, sino si le es posible explicarse a sí mismo mejor, con o sin ella. Porque tres son los grandes interrogantes de la humanidad. ¿Qué puedo saber? ¿Qué debo hacer? ¿Qué puedo esperar? Así habló Kant en su tratado sobre “La razón práctica”.
¿Por qué existe “algo” y no “nada”? ¿De dónde viene y adónde va el hombre? ¿Por quién y ante quién somos responsables en última instancia? ¿Cuál es el sentido de la culpa? ¿Para qué hemos sido traídos al mundo sin “preguntársenos”? ¿Es la muerte el último fin del hombre?
¿Puede el nacido de mujer responderse a temas tan vitales para él sin contemplar el Misterio?
Para descorrer el velo del Misterio necesita el ser humano depositar de alguna manera en él su confianza. Nada le es seguro (¿acaso puede saber si su pareja le es fiel?) (¿habrá de negar la existencia del átomo porque le resulta imposible poder verlo?) Y es que su deseo de vivirse sólo puede ser respondido desde lo trascendente.
El hombre es consciente de su humanidad y también de su autonomía, pero ha de saber igualmente de su contingencia y ver cómo se “re-liga” con lo divino. Y esto sin renunciar a lo humano. Incluso, a ser posible, superándolo en el camino que va desde su origen simiesco al de la plena humanidad a la que es retado.
El cristianismo es, más que una religión de normas y preceptos un humanismo, porque pide al hombre aquello que le hace crecer en su humanidad, mirando el evangelio. Es un humanismo trascendente que le hace confiar en la eternidad (a lo que ningún “humanismo-humano” puede responderle), pero que implica la renuncia a sí mismo y su entrega a los otros.
Piénsese en estas cuatro maneras de relacionarse el hombre con el Misterio del que procede y al que ha de volver. Si por sí mismo no ha podido darse existencia es porque le ha sido dada. Sólo cuando la omnipotencia es amor se convierte en don para que la criatura pueda vivirse eternamente en ella. Esta es la razón del por qué ha sido el hombre traido al mundo sin contar con él, pero sí cuenta con su libre voluntad para aceptar el don que se le ofrece: la eternidad.
Como colofón hemos de contemplar todo lo dicho sin ignorar una escabrosa y última pregunta: el Mal. ¿Por qué existe el mal en el mundo?
El hombre podría haber sido creado como los ángeles, pero entonces no sería hombre. También como una computadora programada para sólo hacer el bien, pero entonces no sería libre. ¿No habrá desde su libre albedrío decidir si acepta el don de la eternidad?
Lo que no es Dios― aunque proceda de él― no puede ser perfecto. Es en ese desorden dentro de un orden creado donde convive el mal y bien. El mal (la imperfección) ha de combatirse y el bien construirse. La vida es el tiempo para cimentar esa decisión. En la negación se abraza la “nada” como respuesta. Y la nada nada responde. Sólo en el riesgo de asumir la libertad de la decisión encontrará el hombre respuesta a quién es realmente y cual su destino definitivo.
Ángel Medina
