
Aquella querida niña.
Recuerdo mis primeros pasos,
indecisos, tambaleantes,
hacia mundos soberanos
donde una fortaleza severa
imponía su criterio, en vano.
Las cadenas de mi mente se arrastraban;
serpientes de cascabel inocularon veneno
por mis venas,
en un ambiente
de apariencia
cálida y serena.
La niña que luchaba por sus sueños,
por dejar en el mundo un rastro,
yacía enterrada;
mi espíritu cobraba
aquel rostro iracundo.
Lástima de mí misma sentía,
entre la cobardía y el valor me debatía,
esperando una tormenta
que hiciera germinar la cosecha
que mi alma agradecería.
El vacío se apoderaba de mi ser;
ahora me veo y me acepto.
El repudio hacia aquella niña
era palpable, mas en este instante,
con mi esencia, al fin, conecto.
Aquella querida niña,
siempre incapaz de apreciarse;
mis ojos de adulta recobran
una mirada madura
sobre esa silueta frágil,
que tiempos mejores augura.
Mónica Arias Llorens
