
I
TARRAGOYA
El cartero real llegó poco después de finalizada la oración de la hora sexta. Aquel mes de septiembre aún era excesivamente caluroso al mediodía. Si bien, las tormentas vespertinas, tan habituales de esa época, hacían las noches frescas y muy llevaderas en la serranía caravaqueña.
Nuño de la Bureba descabalgó antes de llegar al caserío de Tarragoya. Una torre de unos catorce metros, de planta cuadrangular, era el edificio principal que, con fines defensivos y dentro de la red de alerta de la fortaleza de Caravaca, había sido levantada más de un siglo antes, si bien y como quiera que tras la batalla de Los Alporchones de 1452, la zona había quedado bastante pacificada, estaba más singularizada como una parte más de la residencia agrícola.
El año anterior, con los dineros que don Alonso Fajardo le dio al momento de su despedida al partir a Al-Ándalus en busca de refugio desde las costas de Benidorm, el caballero don Rigoberto de Majarazán había solicitado a la Orden de Santiago la constitución de un censo enfitéutico sobre las tierras del paraje de Tarragoya, dentro de la encomienda santiaguista de Caravaca y se había establecido en ella con su esposa Raquel y con sus padres y hermanos que eran labriegos de los cercanos terrenos de Majarazán. Acababan de terminarse de edificar las estancias destinadas a cuadras, el granero y lagar; y, estaba avanzada la zona residencial, que los enfiteutas habían decidido disponer junto a la torre y en la que ya se podían utilizar varios de sus cuartos de la planta baja.
Salieron a su encuentro unos sirvientes de la casa, a quiénes se identificó Nuño como cartero real. Preguntó por don RIgoberto. Portaba una misiva real de carácter reservado.
Uno de ellos, tomó las riendas del caballo de Nuño y lo llevó a un cercano abrevadero que se nutría de las aguas del arroyo que pasaba por la rambla de Tarragoya y que era refugio transumante de ganados que utilizaban la cercana cañada real. Desaparejó a la caballería y depositó en las cercanas cuadras la impedimenta.
El otro fámulo acompañó al cartero real al interior de la torre, cuya planta baja albergaba la cocina y el comedor, en su subsuelo estaba el sótano que había servido de aprovisionamiento temporal, hasta la puesta en funcionamiento del granero y lagar, y en la actualidad estaba destinada a polvorín y dormitorio de la escasa guarnición (dos soldados) con que contaba el lugar.
La primera planta correspondía al dormitorio común de la familia y, la segunda, que era el antiguo cuerpo de guardia, había sido habilitada como dormitorio de don Rigoberto y doña Raquel.
Precisamente, cuando llegó el cartero real, doña Raquel se encontraba disponiendo el traslado de sus enseres personales y los de su esposo al nuevo edificio, casi contiguo a la torre, en el que se instalarían definitivamente. Dejó estos quehaceres y descendió hasta la planta baja, donde Nuño de la Bureba aguardaba mientras tomaba un refrigerio que se le había servido: queso de oveja y un vaso de un refrescante ajoblanco aderezado con trozos de melón.
Al verla bajar por la escalera que, adosada a la pared, circundaba la planta, Nuño se puso respetuosamente en pie.
—Buenas tardes, señor ¿Qué se os ocupa por Tarragoya? —saludó doña Raquel al cartero, al que había reconocido inmediatamente.
—Que Dios os bendiga. Soy Nuño de la Bureba, cartero real. Busco a don Rigoberto de Majarazán. He de hacerle entrega de un despacho del rey —respondió.
—Mi marido está ausente. Ha marchado temprano esta mañana a Caravaca a entrevistarse con el comendador de Santiago, por asuntos del censo que grava a estas tierras. Regresará, Dios mediante, antes de anochecer.
—Habré pues de aguardarle. Si fueseis tan amable de disponerme un modesto alojamiento donde esperar su llegada…
—Se os alojará debidamente, dentro de la precariedad que nos permiten el estado de las obras de la casa. Además, es seguro que haréis noche, pues para cuando don Rigoberto pueda recibirle, habrá oscurecido.
—Os agradezco enormemente vuestra hospitalidad.
Doña Raquel, Llamó a un propio para que acompañase al cartero a uno de los alojamientos del nuevo edificio, a fin de que se acomodase. Este le indicó dónde poder asearse y le informó que no restaría mucho tiempo en servirse el rancho diario en el comedor. Nuño asintió, mientras se despojaba del coleto y del jubón, quedándose en camisa. Lo que le produjo un gran alivio, dado el calor hacía aquella mañana.
Llamada la hora de la comida, a toque de campana, Nuño se acercó hasta la torre. En la planta baja estaba situada una amplia mesa en el centro de la estancia, con dos bancos corridos a cada lado, paralelos a lo largo del tablero, con capacidad para cuatro o cinco comensales cada uno y dos individuales en los extremos.
A Nuño se le había reservado un espacio en una de las puntas del tablón del asiento, junto a uno de los hermanos de don Rigoberto. Los padres de éste, ocupaban el lado de enfrente. Doña Raquel, uno de los extremos.
Después de orar y bendecir los alimentos, un criado fue llenando los cuencos con el refrescante ajoblanco del que ya había gustado Nuño al llegar.
Una gran sartén con gachasmigas, fue puesta al centro de la mesa, sobre una losa de piedra. Acompañadas de tocino y casquería variada de cerdo, frita en aceite de oliva junto con unos ajos tiernos, también fritos, completaban la guarnición, servida en unos cuencos de barro. Estaban exquisitas.
Las migas de harina de trigo eran el plato diario habitual por aquellas tierras. Se elaboraban diariamente a primeras horas de la mañana y con ellas se llenaban los cenachos que llevaban los labriegos y campesinos a los tajos de labranza y recolección. De origen pastoril, se acompañaban de todo tipo de guarnición al alcance de cada momento agrícola: frutas, verduras, tocino, hígadillos, asaduras, etc.
Los padres de don Rigoberto que, una vez rescatados de la morería, regresaron a Majarazán, se habían trasladado a la cercana alquería de Tarragoya, con su hijo, así como su hermano Tiburcio. La madre, Catalina, muy recuperada de su cautiverio, dirigía la cocina. Próculo, su padre, mucho más envejecido y perjudicado que su esposa como consecuencia de los años que pasaron en esclavitud, era el preboste formal de las fincas a su cargo, tanto de Majarazán como de Tarragoya si bien, en la práctica, Tiburcio era el que materialmente distribuía los tajos y organizaba las distintas sernas.
Tiburcio rompió el silencio reinante:
—Señor Nuño ¿lleváis muchos años de cartero real?
—Casi toda mi vida —contestó orgullosamente. Bajo el reinado de don Juan II, que Dios tenga en su gloria, padre de don Enrique IV; comencé mis servicios.
—Conocerá muchos sitios y lugares -le comentó Próculo,
—He cabalgado por todos los reinos cristianos de la península Ibérica y parte de Al-Ändalus —respondió el catero.
Nuño de la Bureba era un hombre enjuto y fuerte. No muy alto. De unos treinta y tantos años. De cabello moreno y tez bronceada, se sentía muy orgulloso de estar al servicio del rey como cartero.
Natural de la comarca burgalesa de la Bureba, cuando casó con Margarita de Catral, tomó en Toledo una casa en arriendo, donde vivía junto al hijo de su esposa, fruto de su primer matrimonio con el cartero real aragonés Porfirio y a quien Nuño prometió en matrimonio poco después de comunicarle el fallecimiento en acto de servicio de su marido. Lo contrajeron después de transcurrido el año de lutos de rigor. El padre de Margarita, reticente en un principio a dejar su ciudad natal, accedió al cabo a trasladarse con su hija y nieto, para —en su vejez— no quedar solo y sin apenas recursos.
—Os envidio —afirmó Tiburcio— por cuanto habéis conocido y aún conoceréis. Yo me limito a estas tierras y las de Guadix, donde con mi familia estuvimos apresados como rehenes.
—Sois muy joven, aún os queda mucho por ver y vivir —le afirmó Nuño.
Tras la comida, se trasladaron a sus respectivos cuartos para reposar un poco en la hora más calurosa del día.
Los jornaleros tenían por costumbre en verano hacer un descanso a la sombra, tras del almuerzo de la hora sexta, pero en la casa, la siesta se trasladaba a después de la segunda comida del día, que se retrasaba algo más.
Pasó Nuño las horas más calurosas en su cuarto y, sobre las siete de la tarde salió a dar un paseo por los alrededores.
Mientras unas gallinas y algún que otro gallo picoteaban insectos por los alrededores, admiró la robustez defensiva de la torre y las avanzadas obras de la alquería. A un costado, las cuadras y corrales en la planta baja de un edificio que era también granero en la primera planta y lagar en su sótano con amplias tinajas para vino y orzas para el aceite.
Al otro costado, el edificio residencial. En la planta baja, acogía varios dormitorios y una amplia estancia central que se destinaría a comedor, junto a una sala de mediano tamaño para despacho de asuntos. En la primera planta varios dormitorios más, especialmente el principal de Raquel y Roberto.
—Buenas y amplias estancias —se dijo Nuño— las de esta noble alquería. Se aprecia que los moros ya no incordian la zona. Si bien, en el peor de los casos, tenían los residentes la torre donde refugiarse.
En esas estaba, cuando un criado se le acercó para avisarle de que don Rigoberto había regresado y que le recibiría en el comedor de la Torre. Nuño se apresuró para llegar a su cuarto, se arregló el sayo y el jubón —las formas eran muy tenidas en cuenta en las entrevistas con los destinatarios de la correspondencia— y colgó al costado su zurrón de cuero en cuyo interior portaba el despacho real, sellado y lacrado.
Don Rigoberto se encontraba en pie junto a la mesa central. A su lado estaba su esposa. Vestía los hábitos de caballero en rojo y blanco acuartelados a izquierda y derecha y arriba y abajo, opuestos. Eran los colores heráldicos que había elegido cuando fue armado caballero por don Alonso Fajardo. En el de su izquierda, lucía bordada una cruz bermeja de cuatro brazos como don Alonso le había pedido que hiciera. Raquel vestía un traje de terciopelo rojo, con ribetes de oro en escote y mangas. Resaltaba su vientre de embarazada de siete meses.
Al llegar, Nuño inclinó la cabeza ante el caballero.
—Señor: soy Nuño de la Bureba, cartero real. Tengo el encargo expreso del rey don Juan II, de haceros entrega de un despacho que solo vos debéis conocer.
Don Roberto comprendió inmediatamente que la presencia de sus esposa era un inconveniente, por lo que le rogó que saliese de la estancia. Doña Raquel, asintió y les dejó a solas.
Nuño entregó sus credenciales de trotero y el pliego real al joven caballero, que lo desprecintó y leyó en silencio, junto al candelabro que iluminaba el centro de la mesa.
Nos, Enrique, rey de Castilla, León, Murcia …, nos dirigimos a vos, don Rigoberto de Majarazán para requeriros que, con la mayor presteza, vengáis a Toledo donde nos entrevistaremos a su llegada por asunto de alto interés para Nos y nuestros reinos.
Guardad el máximo sigilo y venid sólo. Os haréis acompañar únicamente por mi fiel Nuño, en el que podéis confiar.
Toledo, en el dia de San Bonifacio, cuatro de septiembre de mil cuatrocientos sesenta y cuatro.
Yo el Rey
Don Rigoberto se estremeció. ¿Qué deseaba el rey de él, un modestísimo caballero? Era necesario apresurarse. Así que llamó de nuevo a su mujer y le informó de que el rey le reclamaba en la corte, por lo que partirían a la mañana siguiente.
—El negocio del pago del canon del censo enfitéutico está resuelto —informó a su esposa don Rigoberto— desde esta mañana, que lo aboné íntegramente. No habéis de preocuparos por eso.
Cenemos y acostémonos pronto. Mañana muy temprano acompañaré al cartero hasta la corte.
(Continuará…)
Gregorio L. Piñero Sáez

