Burbuja de plata. Por Nina

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Celia era guapa pero no lo sabía, y sólo se dio cuenta muchos años después, al revisar fotos antiguas en las que en su momento, se encontró horrorosa. Era inteligente pero, como todo el que padece de una timidez exagerada, incapaz de mostrarse tal y como era realmente, y por ello, demasiado callada: Sufría al imaginarse interviniendo en cualquier conversación ante desconocidos, lo que a menudo la hacía parecer torpe y poco interesante. Unos padres demasiado estrictos la habían convertido en una persona temerosa e insegura, y las cosas más simples se le antojaban arriesgadas. En el trabajo apenas se atrevía a salir, como sus compañeros, a tomar algo a mitad de mañana: sabía que podía hacerlo, pero tenía miedo a que algún imprevisto la hiciera retrasarse, y a que se le llamara la atención; era hipersensible y no habría podido soportarlo. Su falta de autoestima la llevaba a sentir que le estaba prohibido lo que todos hacían con naturalidad y desparpajo. Pero aquella mañana, él la llamó por teléfono para citarla a tomar un café, pues tenía que comentarle algo: no podía esperar. Y Celia corrió, por una vez, despreciando el peligro.
Estaba ya en el bar, y bajo el brazo llevaba unas carpetas que ella sospechó -sin llegar a creerlo, desechando al momento esa idea ridícula-, que no eran más que una coartada. Le habló con una fingida seriedad que su mirada, demasiado alegre, y demasiado intensa, desmentía; en su boca, comunicados, citas, reuniones, fotocopias… sonaban a palabras de amor. Celia escuchaba sujetando la taza con fuerza, para que él no notara el temblor de su mano, e intentaba desviar la mirada de los labios de él. Se llenaba los ojos con su rostro y escuchaba sin captar el mensaje, tan claro… Sin atreverse a entender, cuando él interrumpía su discurso mesurado y solemne para decirle al vuelo: “… qué pestañas tan largas…”, se encogía de hombros levemente con una sonrisa que expresaba: “Oh, no me lo tomo en serio, ya sé que es una broma, una galantería intrascendente que dices sólo por ser amable y amistoso”. Porque era un hombre tan inteligente… era tan guapo: el más guapo del mundo. Era perfecto: imposible que se hubiera fijado en alguien como ella. Pero de todas formas, se sentía feliz como una loca. Los sonidos -el tintineo de la cucharilla al golpear el plato, el agua que manaba del grifo- le parecían más dulces y armoniosos que nunca; el sabor del café, delicioso; los colores más claros y profundos, la luz más deslumbrante y cegadora. En el extremo de la barra, de espaldas al resto de la gente, escuchaba sus risas y sentía que todos eran cómplices, que todos la querían, que estaban de su parte, y que saboreaban ese instante con ella, compartiendo su deseo de que se prolongara para siempre. Y sin embargo, en el barullo de voces, risas, bromas, entrechocar de vasos y de platos, de camareros y clientes moviéndose y gritando, las miradas prendidas una a otra sin poder desligarse, ellos estaban solos, como en una burbuja plateada, en un mundo impecable y luminoso. Al marcharse, no pudo calcular cuánto rato habían pasado juntos. Por una vez, tampoco le importó.
A partir de aquel día, durante varios meses, él se estrelló una y otra vez contra el muro de incredulidad que ella había construido para protegerse de toda frustración, de cualquier desengaño. Buscó excusas para verla y hablarle, organizó encuentros casuales, la telefoneó con cien pretextos… A veces, llegaba a estar tan cerca de romper su coraza, que parecía que todo iba a resolverse con sencillez, con la facilidad con que la que ocurren de ordinario estas cosas. Pero al fin su constancia se quebró luchando inútilmente contra el temor de Celia a perder su estima -de la que no dudaba-, y quizás su amor -si es que éste existía-. Su inseguridad y sus complejos la bloqueaban y le impedían comportarse con naturalidad: intentaba no destrozar la imagen ideal que quizá él pudiera cobijar en su corazón, y no podía soportar la idea de que sus palabras lo decepcionaran, o la hicieran parecer aburrida, o vulgar. De manera que él acabó por confundir la temerosa reserva de Celia, sus monosílabos y respuestas lacónicas dirigidas a no dañar, a preservar esa increíble fantasía sobre ella que, por error, él había llegado a imaginar, con frialdad e indiferencia.
Llegó un día en que él se sintió vencido y terminó por pensar que las miradas de amor que había sorprendido alguna vez -aunque Celia intentaba reprimirlas para no descubrirse y quedar en ridículo-, sólo habían existido en su imaginación. Desapareció de su vida, y ella se hundió en un abatimiento más profundo que de costumbre al comprender que lo había perdido… por el miedo a perderlo.
Una vez superada la primera y más honda tristeza, no lamentó demasiado lo ocurrido. Lo tomó como una etapa de su vida que la había ayudado a crecer, a comprender que tenía un problema y que debía superarlo. Acabó por recordar aquello como algo que tuvo que ocurrir de esa manera porque era inevitable. No merecía la pena lamentarse. De cualquier forma, aunque con el tiempo corrigió su timidez, olvidó sus complejos, y tuvo otros amores, decidió que lo que convenía a su carácter eran los sentimientos sosegados, tranquilos y apacibles, y procuró protegerse de todo lo que pudiera despertarle sensaciones de exaltación o vehemencia, pues sabía que era incapaz de enfrentarse a ellas con serenidad. Era mejor mantenerse en un terreno neutro y resguardado, a salvo de emociones demasiado violentas.
Muchos años después, sin proponérselo, se encontró frente al bar, y la curiosidad la empujó a entrar de nuevo. Todo seguía igual, algo más viejo pero bien conservado, y se sentó a una mesa de cara a aquel rincón al final de la barra y junto a la ventana. Aún era muy temprano, y ella era el primer cliente del día. Con un gesto distraído llamó al camarero, que, ocupado fregando la vajilla, se hizo el remolón. Se volvió sin prisas, mirando perezosamente a través de los cristales y, de repente, la burbuja de plata, flotando y ahuecándose en el aire, estalló ante sus ojos. Y volvió a verlo todo tal y como ocurrió: los ojos de él, sus labios, la expresión de su rostro, el sabor del café, el sonido del agua, la luz deslumbradora, el color de los árboles que aquel lejano día apenas intuyó tras la silueta de su perdido amor… Por fin, el camarero se acercó: ¿Qué desea, señora?… Pero ella, con los ojos entornados, apenas escuchaba. Don Gerardo, dijo él, mirando a su jefe, que trasteaba la máquina del tabaco y se hacía un lío con monedas y cartones. Y al comprobar que no lo había oído, repitió varias veces, curiosamente, cada vez más bajo: Don Gerardo… hasta que consiguió llamar su atención golpeando una silla contra el suelo: Don Gerardo… dele vuelta al cartel, que lo que es hoy, ya hemos echado la mañana… Llame usté al 112, dese prisa…

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Nina

Un comentario:

  1. …Soy yo, tal cual…

    Te felicito

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