General Invierno. De Mariano Velasco

General Invierno

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      Escribir novela histórica es algo que, al final, siempre reporta sorpresas. Y “General invierno” no iba a suponer la excepción.

      Cuando decidí iniciar la obra, lo hice con un propósito concreto: escribir un drama humano en el trasfondo de una guerra cruenta. Buscaba, además, trasladar algo de conocimiento histórico sobre el qué y el porqué de la División Azul, y sus campañas en Rusia. Pero como suele suceder, una cosa es lo que uno se propone, y otra cosa lo que resulta.

      Porque a lo largo del proceso de documentación descubrí hechos absolutamente estremecedores que cambiaron mucho mi percepción de lo que fue y significó aquella denominada por el mando, División Española de Voluntarios; bautizada extraoficialmente por los jerarcas de Falange española, como División Azul.

      Aunque en realidad, la unidad que se enviaría a Rusia, con sus correspondientes relevos, no fue tal División Azul, si con ello pretendemos considerarla como emanación unívoca del falangismo español. Porque la mitad de los voluntarios —y eso en la primera recluta—, procedieron de los regimientos de línea militares españoles. En las posteriores, el porcentaje; entre militares en cumplimiento del servicio obligatorio; otros componentes procedentes del bando republicano prisioneros en los campos y en las cárceles; además de meros delincuentes convictos y encarcelados, junto a extranjeros mercenarios; se elevó hasta el setenta y ocho por ciento del componente de la División.

      Y ello, porque el reclutamiento, ya desde el mismo verano de 1941, no fue tan masivo como se esperaba entre los falangistas. De modo que se encontraron problemas para alcanzar los algo más de diecisiete mil hombres que compondrían el primer reemplazo. Lo que motivaría que en los últimos cuatro días de reclutamiento se forzara la presión, y se buscara a los que les podía motivar la paga ofrecida —elemento vital en aquella España de posguerra— y personas no adictas al régimen, a los que se les ofrecía, a cambio del alistamiento, un mejor trato, tanto a él como a sus familiares encarcelados, o una mejor consideración de su persona a su regreso del frente.

      El primer contingente, así formado, alcanzó la cifra de diecisiete mil novecientos cincuenta y un hombres, de los cuales, aproximadamente la mitad procedían de las milicias falangistas. El resto fueron soldados de reemplazo del Ejército, y liberados de los campos de concentración a cambio de su alistamiento “voluntario”. Un conglomerado de hombres, ideas y costumbres, cuya convivencia resultaba incierta y su posible eficacia en combate, dudosa.

      Sin embargo, la unidad cuajó, logrando un cuerpo unido bajo la realidad de españoles que combatían junto a un ejército —el alemán— a cuyos componentes pronto aprendieron a despreciar por su insoportable racismo y crueldad. De modo que el ideal primigenio cambió, progresivamente, del idealismo para unos, y la obligación para otros, a la mera idea de vivir para regresar. Y este fue, a grandes rasgos, excepción hecha de la oficialidad, el objetivo final que guio a los hombres de la División.

      Así, pues, este proceso de creación literaria me ha servido, entre otras cosas, para modificar mi opinión. O al menos para atemperarla. Una opinión, sobre un acontecimiento histórico español, que me había formado con evidente falta de información. Porque la División Azul, y lo que significó, todavía hoy supone una apreciación dividida en el imaginario español: amada por unos, como valientes patriotas defensores de la libertad; y denostada por otros, como combatientes fascistas, casi criminales de guerra en su actuación.

      Pero lo cierto es, como suele ocurrir en este país, que los posicionamientos generalmente van acompañados de mucho “corazón ideológico” y de muy poca “razón empírica” y conocimiento de investigación. Y es que, entre el negro y el blanco, siempre hay una enorme escala de grises.

      Yo descubrí, escribiendo sobre estos hombres, la gama de grises. Y me identifiqué con ellos, porque soy una persona dolida y precaria, un hombre que lleva heridas en su interior desde el principio mismo. Por eso estoy pasando toda mi vida adulta vertiendo palabras como sangre en el papel. Así que escribo porque estas letras me sirven como muletas para mantenerme erguido y poder moverme por el mundo. Conozco, pues, lo que necesito para sentirme satisfecho en mi momento actual. Y ya no ansío el aplauso o la aprobación externa, sólo deseo aprovechar el tiempo para hacer las cosas que quiero hacer; ser capaz de analizar y reflexionar sobre aquello que descubro o encuentro, y tener la humildad de modificar mis ideas y postulados a tenor de ello, ya que, si no constituye toda la verdad, o mejor dicho, lo que yo puedo creer la verdad —¿Dónde se encontrará la objetiva verdad?—; al menos considero honestamente que se le puede acercar. Así que no me preocupa en exceso justificar la razón de escribir estas obras ¡Simplemente me hacen feliz! Y todo lo demás parece sobrar.

      Tal vez por eso, en este momento, me viene al recuerdo uno de los comentarios realizados por un lector sobre uno de mis libros anteriores: Siroco. Venía a decir que buscaba una novela bélica, y lo que se vino a encontrar, durante dos tercios de la obra, fue un alegato izquierdista. Sin embargo, otro lector, en comentario a Mancha Roja, la calificó como una obra que rezumaba intención —en el sentido de pensamiento conservador— por cada uno de sus poros.

      Y esta es mi realidad: la de ser capaz de conseguir la suficiente honestidad como para narrar los acontecimientos históricos de acuerdo, no con mis primarias convicciones, sino con la luz objetiva de los hechos avalados por la documentación. No es un mal resultado ¡Creo yo!

 INTRODUCCIÓN HISTÓRICA 

      El 23 de agosto de 1939, Alemania y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) firmaron un Pacto de No Agresión, que en lo fundamental suponía el reparto del suelo polaco en sendas zonas de influencia entre ambas potencias.

      El día 1 de septiembre de 1939, apenas diez días después, la Alemania nazi dio inicio a la invasión de Polonia, creando con ello el auténtico casus belli que daría comienzo a la II Guerra Mundial.

      En junio de 1941, las tropas alemanas y sus aliados ocupaban victoriosas la mayor parte del suelo europeo. Ensoberbecido del poderío de sus tropas, el Führer dio orden de dar comienzo a la “Operación Barbarroja”, la invasión de la URSS. Sus ejércitos rebasaron las líneas de demarcación establecidas en suelo polaco mediante el Pacto de No Agresión. Con esta ruptura del tratado, la Alemania nazi declaraba de hecho la guerra a la URSS, con la única excusa oficial de acabar con el comunismo internacional.

      En España, la noticia, comunicada la tarde anterior al ministro de Exteriores, Serrano Suñer, y a través de éste y de forma inmediata, al Jefe del Estado, general Franco, causó un estado de euforia generalizada, tanto en el Gobierno, como en el Estado Mayor del Ejército. Lo que motivó que, a la mañana siguiente, el mismo día del ataque inicial a la URSS, Serrano Suñer, ofreciera al embajador alemán, Von Stohrer, la cooperación española en la guerra contra el comunismo y la Unión Soviética.

      La Falange española se movilizó en su totalidad, pues no en vano, era pilar básico de su credo político la lucha contra el comunismo hasta conseguir su extinción. Por ello, animada por sus líderes, el día 24 de junio de 1941, ante la sede de la Secretaría General del Movimiento, una manifestación multitudinaria de falangistas reclamaba la apertura inmediata de un reclutamiento de voluntarios.

      Las posteriores deliberaciones del Consejo de Ministros, asesoradas por el generalato, a través del Estado Mayor, acordaron participar en la guerra contra los soviéticos mediante la contribución de una división de infantería y una escuadrilla de aviación, que lucharían encuadradas en las unidades de la Wehrmacht y la Luftwaffe, respectivamente.

      Inmediatamente las delegaciones provinciales de Falange fueron autorizadas a actuar como centros de reclutamiento. Pero, apenas unos días después, el 28 de junio de 1941, la recluta voluntaria fue encargada al ejército, que habría de realizarla entre la tropa en activo en aquellos momentos.

      En un primer momento, la respuesta fue inmediata, seleccionándose un contingente compuesto por seiscientos cuarenta y un oficiales, dos mil doscientos setenta y dos suboficiales, y quince mil setecientos ochenta soldados, que se encuadrarían en la división de infantería. Por otro lado, se seleccionaron veintiocho oficiales y suboficiales, y ochenta y un cabos y soldados, que conformarían el componente de la escuadrilla. En total, dieciocho mil ochocientos uno, voluntarios.

      Con Alemania se acordó que todos los expedicionarios serían equipados y entrenados, previamente a su entrada en combate, por sus fuerzas armadas, de modo que los divisionarios combatirían con uniformes alemanes.

      La primera expedición partió el 13 de julio de 1941. Después se sucedieron las salidas desde la madrileña estación de Madrid-Príncipe Pío, y de otras capitales de provincias, hasta que el día 23 de julio de 1941, se completaría el total de la expedición. Su destino fue el campo de instrucción y entrenamiento de Grafenwörhr, en Baviera.

      Por su parte, el día 24, partiría la escuadrilla con destino a Verneuhen, en las proximidades de Berlín.

      Posteriormente, las tropas de la división de infantería conformarían la 250 División de la Wehrmacht. El día 31 de julio de 1941, en su campamento de instrucción, prestarían juramento de fidelidad al Führer.

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      El precio humano que pago la División Azul, aunque resulte muy difícil cuantificar dada la enorme dispersión de las fuentes y sus diferencias de datos y apreciación, resultó muy alto. Una unidad que en total agruparía a unas cuarenta y cinco mil personas, se estima que tuvo unas veintidós mil bajas, entre muertos, heridos, congelados, enfermos y desaparecidos. Algunas fuentes, como la Fundación División Azul, eleva las cifras a unos veinticinco mil quinientos divisionarios. Lo que significa que el número de bajas se elevó hasta el cincuenta y seis por ciento. Es decir, uno de cada dos divisionarios, pagó con la vida, la salud o la libertad, su incorporación a la División. ¡Pocas veces una unidad del Ejército español sufrió un precio tan alto!

      A cambio, se le atribuye un nivel de eficacia en combate elevadísimo. Se calcula que produjo unas cincuenta mil bajas al enemigo, lo que la situaría en balance de acción destructiva, en una proporción de dos a uno frente a las tropas del Ejército soviético.

      Los cadáveres de los divisionarios no fueron repatriados. Y aún hoy, la mayoría, reposan en suelo ruso, dispersos en más de cien enterramientos; desde grandes cementerios, hasta tumbas individuales esparcidas por el campo. De hecho, solo la mitad de los fallecidos en combate fueron formalmente enterrados. El resto quedaron en fosas comunes o por enterrar.

      Tan solo, cincuenta años después, en agosto de 1995, se firmó un convenio con una empresa alemana que posibilitó que los restos de los voluntarios españoles recibieran definitiva sepultura en el cementerio alemán de Pankovska, en Nóvgorod. Allí reposan, pues, una parte importante de los divisionarios que murieron en Rusia. Pero, pese a todo, la inmensa mayoría de los fallecidos aún está por localizar, y por tanto, pendiente de exhumar. Triste fin para unos idealistas que, equivocados o no, lo dieron todo por su patria, por su país; hasta inclusive lo máximo que podían dar: su propia vida.

      Y es que, como dijera un oficial español en referencia a las particulares acciones de los divisionarios: “Los españoles saben morir por sus ideales, pero no saben vivir con ellos”.

PORTADA Y CONTRAPORTADA GENERAL INVIERNO

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mvelasco56

Creo que escribo desde que tengo recuerdos; aunque tampoco sé cómo y cuando se iniciaron esos recuerdos. Será parte del código genético que heredé.

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