
El verano que volvió Sherezade.
Al poco de adentrarnos en El verano que volvió Sherezade, a medida que pasan las páginas, vamos descubriendo que estamos ante una bonita historia de nostalgia, de esas que, cuando llegamos al final, probablemente nos dejan pensando y, sobre todo, con un agradable sabor de boca. Porque aunque lo que cuenta tenga también sus nubarrones grises —como los tiene el verano cuando una tormenta se empeña en oscurecerlo todo—, hay algo en esta novela que nos resulta inevitablemente cercano.
Porque todos fuimos jóvenes alguna vez. Todos hemos tenido un lugar al que hubiéramos querido regresar siempre. Todos hemos tenido a alguien entre las manos que, por una razón u otra, se nos escapó casi sin darnos cuenta. Tal vez fue demasiada timidez, quizá no estábamos preparados o, simplemente, fue un poco de todo. Y aun así, con el paso de los años, al recordarla, nos hemos repetido una y otra vez lo tontos que fuimos.
Porque quizá estuvo mucho más cerca de lo que pensamos. A una frase. A una invitación. A un saludo espontáneo. A ese pequeño gesto que nunca llegamos a hacer y que, con los años, se convierte en una de esas preguntas que ya no tienen respuesta. Y ahora, cuando miramos atrás y volvemos a acordarnos de ella, descubrimos que el tiempo no ha conseguido borrarla.
Eso es, en cierto modo, lo que representa Sherezade en esta emotiva historia: alguien que permanece escondida en algún rincón de nuestra memoria, asentada entre la nostalgia y la idealización, esperando que llegue el momento de volver a ella. Alguien a quien recurrimos en esos días de invierno lluvioso en los que todo parece más triste y el verano todavía queda demasiado lejos.
Me gusta encontrar, mientras avanzo por las páginas, esa idea de que la vida, de vez en cuando, sabe concedernos una segunda oportunidad. Y hay algo reconfortante en ello, especialmente cuando la tristeza por algo que se fue no nos deja mirar más allá de un recuerdo que, con los años, se ha ido deformando. A veces necesitamos que algo vuelva para comprender que quizá nunca se había marchado del todo.
Por eso Jairo, el protagonista de esta nueva historia, se convierte en un afortunado. Volver a tener delante, muchos años después, a aquel amor secreto de la adolescencia es una de esas circunstancias que pocos tienen la oportunidad de vivir y que todavía menos saben cómo gestionar.
Jairo, además, convive con un Trastorno Obsesivo Compulsivo que lo lleva a pasar horas realizando rituales que necesita repetir para sentir que todo está bajo control, que las cosas sucederán como él ha previsto. Pero entonces aparece una canción de los noventa sonando en cualquier lugar y algo cambia. Una melodía puede ser suficiente para recordarle que quizá está ante esa oportunidad que llevaba décadas esperando, aquella que comenzó a fraguarse cuando ambos tenían veinte años y la felicidad parecía enorme simplemente porque delante quedaba toda una vida por vivir.
En esta novela conviven en armonía la angustia y la obsesión con la tranquilidad y la dulzura. Una cosa parece compensar a la otra. Allí donde el miedo aprieta, aparece la calma. Donde la obsesión ocupa demasiado espacio, llega alguien capaz de devolverle a Jairo una parte de sí mismo que parecía perdida.
Y quizá ahí está una de las grandes fuerzas de Sherezade. Sin proponérselo y sin necesidad de grandes discursos, su presencia va debilitando poco a poco la esencia envenenada que Mariela dejó en el alma de Jairo y que lo mantiene prisionero desde que ella se marchó.
A Sherezade le basta con estar. Con esa presencia sosegada que, sin hacer demasiado ruido, le enseña al protagonista que a veces aparecen historias bonitas que también nos merecemos. Historias que llegan para recordarnos que la vida vuelve. Que no todo está perdido y que, si alguna vez lo estuvo, quizá pueda regresar para acompañarnos de nuevo.
Como la brisa cálida de Friol acariciando la piel de alguien que necesita sentirla más que nadie. Una brisa que es presente, disfrute y también tacto. Porque en esta novela hay recuerdos, pero también hay piel. Hay pasado, pero también hay un presente que pide ser vivido.
El verano que volvió Sherezade es también una historia muy reconocible para quienes vivimos nuestra adolescencia en los noventa. Y ahí Jordi Cicely despliega buena parte de la cultura pop que marcó aquella época y que parece haber quedado guardada en algún lugar de la memoria colectiva de quienes crecimos entonces.
Las referencias aparecen muchas veces en diálogos que, en principio, podrían parecer secundarios, pero que terminan contando muchísimo. Felicity, Doctor en Alaska, My So-Called Life (Es mi vida); personajes como el doctor Fleischman, Maggie O’Connell, Angela Chase o Jordan Catalano; el cine de Larry Clark y Kids; Martika, Alanis Morissette, Buffalo Tom, The Sundays, Mazzy Star… el Festival de Benicassim…
Todo ese universo sirve para construir una época, pero también para demostrarnos hasta qué punto los noventa forman parte de la historia que se nos está contando.
Porque parece evidente que Cicely vivió aquella década intensamente y, lejos de renegar de ella, la echa de menos. Y nosotros, casi sin darnos cuenta, terminamos contagiándonos de esa nostalgia. Pasamos las páginas y vuelven a nuestra cabeza aquellos colores chillones, aquellos videoclips de R.E.M. u Oasis que aparecían en la MTV, aquellas canciones que parecían pertenecer únicamente al verano.
Friol termina convirtiéndose así en mucho más que el escenario de la novela. Es también una especie de cápsula del tiempo. Un lugar donde viven aquellas canciones, aquellas series, aquellas amistades y aquellos veranos que parecían eternos cuando aprobarlo todo significaba que septiembre todavía quedaba muy lejos.
Pero quizá una de las notas más grises de esta historia sea precisamente comprobar cómo han cambiado los amigos y amigas que compartieron con nosotros aquellos días.
Y es aquí, donde el tiempo, tiene una manera cruel de demostrar que nada permanece exactamente igual.
Nos molesta que algunas personas no cambien nunca, pero quizá todavía nos cuesta más aceptar cuando lo hacen de una manera tan radical que, al volver a acercarnos a ellas, el impacto es enorme. Entonces no podemos evitar preguntarnos cómo pudimos confiar tanto, cómo pudimos querer tanto a alguien que ahora parece prácticamente un desconocido.
Eso sucede con Carlos, una figura que sirve también para introducir algunos de los momentos más turbios de la historia y para recordarnos que la nostalgia no siempre tiene que ser luminosa. Mirar hacia atrás puede ser hermoso, pero también puede obligarnos a enfrentarnos con aquello que preferiríamos haber dejado enterrado.
El verano que volvió Sherezade es una historia donde la obsesión y la nostalgia se dan la mano, donde los cambios conviven con las segundas oportunidades y donde la música de aquellos veranos se convierte en una banda sonora que acompaña besos, sexo, baños en el río y recuerdos que parecían olvidados.
Una historia que habla de lo que fuimos, de lo que perdimos y de aquello que, contra todo pronóstico, puede volver.
Porque quizá todos tenemos nuestra propia Sherezade escondida en algún lugar.
Alguien a quien no olvidamos del todo.
Alguien que pertenece a un verano concreto.
Y quizá, cuando llegue el momento, descubramos que algunas historias no terminan cuando creemos que han terminado.
Solo están esperando a que vuelva el verano.
El mismo verano en el que Mariela, por fin, ya no tiene sitio.

Jordi Cicely
(Lugo, 1978). Viajero incansable, escritor espontáneo y budista convencido, supo unir sus pasiones ―viajes, música y literatura― en una escritura intensa e influenciada por Jack Kerouac y la Beat Generation.
Comenzó a escribir a los 27 años, para calmar sus ataques de ansiedad, mas tarde abandona la escritura durante años, para retomarla en en 2015 después de irse a vivir al sur de Londres para trabajar en el aeropuerto de Gatwick mediante su blog literario «Cosas que te conté al oído«.
Es en este periodo cuando comienza a escribir nuevos relatos, algunos premiados en certámenes literarios internacionales , etapa que además coincide con el comienzo de la escritura de su primera novela “Mariela envenena mis sueños”.
Sus historias, casi todas pertenecen al mundo de las relaciones emocionales entre parejas, en el que el amor en todas sus formas y deformidades es el eje central, por lo que podemos ver temas como el desamor, los amores tóxicos, la obsesión, el duelo, las infidelidades, el apego o los reencuentros. En sus novelas además, introduce la cuestión de los trastornos mentales y la salud mental, que giran especialmente alrededor del amor. Toda su obra está contada en forma autobiográfica bañada de una intensidad sobrecogedora y una sensibilidad extrema.
Su novela “Mariela envenena mis sueños” publicada en 2022 por Editorial Fanes y que tardó cinco años en terminar, consigue un gran éxito de critica y venta, siendo una de las obras mas vendidas en Galicia de ese año, permaneciendo como tendencia durante mas de un año, lo que convirtió a Jordi Cicely uno de los nombres literarios a tener en cuenta en Galicia.
Casi cuatro años después publica su segunda novela “El Verano que volvió Sherezade«”, también editada por Editorial Fanes. En esta ocasión, esta nueva historia que transcurre en su pueblo natal de Friol.
