
La revolución por la revolución.
Aleluya!! Por fin alguien me recomienda la lectura del que dicen es uno de los libros más excepcionales del habla castellana. Me lo recomienda el sacerdote Don Manuel Belda y lo escribe el que fuera patriarca de Venecia y papa de la Iglesia y de la sonrisa, ALBINO LUCIANI. Cuarenta cartas forman el conglomerado de este libro epistolar, cartas que él mismo dirige a los más dispares e influyentes personajes de la historia y la ficción literaria: Dickens, Mark Twain, Fígaro, Mr. Pickwick, Petrarca, Goethe, San Bernardino de Siena, Hipócrates, Chesterton, Pinocho, Teresa de Ávila, Marconi, Quintiliano, Penélope, María Teresa de Austria…
ILUSTRÍSIMOS SEÑORES, que así es como se titula esta obra magistral, hecha a mi parecer, con la predisposición y los cimientos de la intelectualidad pero sobre todo desde la cercanía y desde la humildad, se puede y se debe leer con absoluta libertad de elección dependiendo de si la carta y su destinatario llaman a la puerta de nuestra avidez y curiosidad y nosotros, aun sin saber muy a ciencia cierta con quién nos vamos a encontrar, osamos a abrirla. Osadía que no es tal, porque el personaje acude a nuestro encuentro con la recomendación y salvaguarda de Albino Luciani.
Y como fiel amiga de la sabiduría popular del que quien no arriesga no pasa el río, he invitado a Albino como huésped a mi casa y le he recogido una de sus cartas: LA REVOLUCIÓN POR LA REVOLUCIÓN. Es el título de la carta que A.L, dirige a Fígaro, el de las Bodas, aquel que desde las tablas y desde la cárcel salta a la plaza gritando :”Señores!, la comedia ha terminado. ¡La revolución se pone en marcha!». Y estalla, en efecto, la Revolución francesa.
Después de un silencio consciente, el remitente se dirige a Fígaro con una mención a los millones de jóvenes que hacen ahora por todas partes lo que él mismo hizo ya dos siglos atrás: compararse con la Sociedad, y encontrándola decrépita, rebelarse y echarse a la calle.
No quiero dejar la oportunidad de reflexionar en el concepto de REVOLUCIÓN. Sin ánimo de resonar ni dogmática ni enciclopedista, me interesa mencionar a Nicolás Copérnico y aludir, -como aludía el gran Azorín en sus obras a sus clásicos sin la mayor pretensión que la de enriquecer y engrandecer el relato-, a los orígenes del sustantivo revolución, que lo inquirimos de la obra de este astrónomo ilustre, cuando habla de un movimiento rotatorio natural de las estrellas, lo que llevaría a inspirar, el concepto natural de los ciclos políticos.
Incido también en el hecho irrefutable de que nada tienen que ver la Revolución francesa, el movimiento hippie, la revolución del 68, el movimiento feminista y todos los movimientos sociales reivindicativos de la Igualdad, de la Fraternidad, de la Libertad, de la Justicia Social y del Progreso con los energúmenos excesivamente ruidosos y violentísimos, eso sí, encapuchados hasta las cejas – llamémosles por esto gallinas, insolentes y cobardes- que se echan a las calles con la única premisa de destrozar lo que no es suyo, porque no saben lo que vale un peine y porque no saben lo que cuesta ganarse el pan diario, como se lo ganan todos los empresarios de bien y todos los comerciantes honrados y valientes que son los que han sacado y están sacando este país nuestro adelante.
La gente buena no mete ruido pero convendría observarla con más detalle y detenimiento; personas buenas como tú que me estás leyendo ahora o como yo, que te estoy escribiendo. Albino reflexiona en su carta sobre este particular: alude aquí a un individuo medio loco que rompe a golpes de bastón la vitrina y los objetos de una tienda. La calle, escribe, Albino, se llena enseguida de curiosos, que miran y comentan. Poco después llega a la tienda un viejecito con una caja bajo el brazo, se quita la chaqueta, saca de la caja pegamento y herramientas y con paciencia infinita se pone a recomponer tiestos y vidrios rotos. Termina después de varias horas. Pero esta vez, concluye Albino, nadie se detiene a mirar, a ningún curioso le interesa este trabajo para terminar precisando que es fundamental mostrarse muy abiertos y comprensivos hacia los jóvenes y hacia sus fallos. Porque tienen “como tenía Fígaro, una palabra que decir al mundo, una palabra digna de ser oída con respeto” incide Albino.
No hay nada para invitar a una reflexión, como concluir un texto con preguntas al aire. Albino interroga al final de esta carta y lo hace de manera procelosa como un torbellino pero muy concienzudamente. Pregunta si los jóvenes desean la fraternidad. Si los jóvenes tienen sed de autenticidad. Si los jóvenes están contra el autoritarismo y el despotismo. Si los jóvenes se oponen al formalismo. Si los jóvenes quieren la libertad religiosa. Y Albino requiere de nuevo la voz de Fígaro y le pregunta incluso con tono inquisitivo y revolucionario: «Fígaro, ¿qué dices a todo esto?», esperanzado en encontrar una respuesta del barbero.
Porque Albino tiene esperanza. Y no una esperanza cualquiera. Tiene esperanza en nuestros jóvenes. Como aquel que se detiene ante el viejecito que repara los cristales de una vitrina, Albino hace un llamamiento a la Sociedad a detenerse también poco a poco y con paciencia, en los jóvenes a los que padres y educadores preparan y llenan lagunas y rectifican ideas. En los jóvenes que aun siendo admirables, raras veces se sienten observados y admirados como el viejecito de la vitrina. En los jóvenes que aspiran conocimiento como esponjas, inspiran ideas y respiran talento. Nuestros jóvenes también tienen, como las tenía Fígaro, unas palabras que decir al mundo.
USUE MENDAZA

