La última conseja. Por Gregorio L. Piñero. Cuentos estivales.

Cuentos estivales (XXX).

GREGO Y BASI

La última conseja.

 

       -El fin del mes de julio llegaba y con él, mi estar en Burete. -Me dijo anoche mi pupilo.

       Y había un plato que la mama Lola bordaba, que a mí me gustaba mucho y yo le pedía con insistencia que hiciese. Aquella noche -continuó- hizo un gran lebrillo de Ajopatata e invitó a los vecinos. Como siempre las otras familias aportaron otros alimentos, como pan, olivicas o tomate. Y frutas. Que siempre nos olvidamos de ellas. Los melocotones en vino, por ejemplo, no faltaban en ninguna casa para postre. Y las ciruelas eran bocado imprescindible.

       El Ajopatata es un plato muy sencillo. Es un puré que se confecciona con patatas cocidas, abundantes ajos, pimientos secos y pimentón, aceite de oliva y la imprescindible “bacalá” (bacalao desalado).

       La dificultad está en saber combinar adecuadamente las proporciones, para que quede en su justo sabor. -Me aseguró, mientras se me hacia la boca agua.

       Tras la cena, el abuelo Gregorio comunicó a los demás que, al día siguiente, mi hermano Basilio y yo regresaríamos a Caravaca con nuestros padres y, por tanto, les dejábamos hasta otra ocasión en que pudiésemos volver. Porque, en cuanto el Basilín pudo andar, también pasaba sus temporadas con los abuelos en Burete.

       Y, entonces, el tío Antonio Guirao, que era el mayor de todos, se dirigió especialmente a nosotros y nos dijo:

       -A ver, zagales, espero que lo hayáis pasado muy bien en este humilde lugar. Ahora os iréis por ahí, a mejores sitios. Y conviviréis con otras personas. Pero no olvidéis que aquí, en este rincón serrano, se os recordará y se os quiere mucho.

       -Le contesté. Cholo, tímidamente, unas lacónicas “muchas gracias”, mientras que entonces, nos dijo:

       -Os aconsejo que no olvidéis todo lo aquí aprendido. Para bien y para mal. Tú, Basilín, procura ser menos belitre, porque a la próxima, te capo. ¡Jajajajaja! -Dijo el tío Antonio entre grandes carcajadas de todos, mientras el niño algo asustado, se escondía entre las piernas de su abuelo Gregorio, como si aquello no fuese con él.

       -Y tú, Gregorico, lleva cuidadico dónde te metes, que tienes especial tendencia al barro. Y me regaló un ramal de pleita que había hecho para mí.

       Con profunda emoción se despidieron de todos y, especialmente lo hizo mi pupilo del resto de los zagales: Marujica, Teresica, Marianica, Carmencica, Juanico y el Tián, con la esperanza de que pronto se verían. En unos meses como mucho.

       -Hasta que, Cholo, pasó el tiempo, falleció el abuelo Gregorio y no volvimos más a pasar largas temporadas allí, de donde también partieron los jóvenes para abrirse camino en la vida con otros oficios y profesiones, en las más de las veces ajenos a la agricultura y la ganadería.

       Por todo lo que te he contado, por todo ello, no puedo olvidar -me afirmó mi pupilo- a aquellas buenas gentes, aquellas bellísimas personas que tanto nos enseñaron en honradez y bondad. Siempre les estaré agradecido. -Ha terminado de decirme con lágrimas en los ojos, mientras tomaba mi cama y la trasladaba al dormitorio para pasar la noche.

       (Continuará).

Gregorio L. Piñero 

   (Foto: mi pupilo y su hermano Basilio. Álbum familiar).

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