Las dos Españas. Por Ángel Medina

Las dos españas

LAS DOS ESPAÑAS                                                

 

“Ya hay un español que quiere

vivir y a vivir empieza,

entre una España que muere

y otra España que bosteza.

Españolito que vienes

al mundo te guarde Dios.

Una de las dos Españas

ha de helarte el corazón.”

 

 

Los versos de nuestro poeta y filósofo, el inmortal Machado son como un bisturí que rasga con la palabra desnuda. Mas, siendo demasiado serios tratemos de expresarlos con cierto desenfado.

Hay relatos de difícil comprensión cuando se quiere ahondar en su literalidad. En el momento que dos partes se oponen diametral y visceralmente, los argumentos de una son rechazados con un “tú más”, y así no hay manera de entenderse. Por eso, en ocasiones hay que arroparlas con ciertas pinceladas poéticas. Y es que la política se ha metamorfoseado no pocas veces en un espectáculo grotesco.

 

Los conceptos derecha e izquierda nacieron de la insurrección francesa. Los diputados de la Asamblea se dividieron en dos grupos enfrentados. De un lado estaba la “Gironda”, que se situó a la diestra del Presidente, y del otro la “Montaña”, a la siniestra. Los primeros deseaban restaurar el orden monárquico, en tanto que sus oponentes se decantaban por el revolucionario, concluyendo con la época del Terror.

Parece como si los líderes se hubiesen vaciado de ideas, y tal predijo Marx, lo que impera es la miseria de las ideologías. Así, la actual política se ha convertido en un enfrentamiento de valores y contravalores, de buenos y malos. En suma: antagonismos por la supremacía. Todos dicen servir al pueblo, pero mucho viven a su costa. Es el reclamo del poder.

 

El bipartidismo ha acabado por engendrar una serie de abortos en cadena, que son los “sub-partidos”, los cuales procuran su propio clientelismo, generándose no poca confusión a la hora de configurarse un vencedor. Los perdedores unidos pueden alzarse con la poltrona y los que ganan, perderla. Si el bipartidismo ha concluido agotando el sistema, la alternativa no es mejor. Se impone saberse qué y a quién se elige. Pero antes de los comicios, no después. Tal vez por eso, empieza a especularse con retomar el mal menor, es decir, optarse entre dos y no entre una docena de banderías. Los acuerdos de los bloques han de adoptarse antes de las elecciones, constituyéndose en uno solo, ofreciendo cada cual el programa resultante de la suma de sus integrantes. Después, allá cada cual con su sufragio.

Así las cosas, se alumbró a una nueva facción, virginal y pura, que respondía a las siglas “P.U” (Política útil)

Y como no estoy- ni creo que ninguno de ustedes, sean del país de la piel de toro o cualquier otro de la geografía mundial, ya que los problemas no difieren mucho en el fondo- para muchos experimentos, pues el país no avanza desde los tiempos  en los que se decía que en España nunca se pone  el sol,  en parte por las políticas aplicadas y quienes las administraban, amén de que tanto galos como anglófilos hicieron todo lo posible por perjudicar los intereses patrios, con mayor razón y pese al escepticismo por los modernos salva patrias, tragándome mi incredulidad y dudando (una vez más) de si sería algo diferente, acudí al mitin inaugural.

 

Antes, quien tenía que convencernos con su programa acudía elegantemente vestido y aseado. Ahora, los tiempos han cambiado, y el orador bien puede ser un sujeto que viste vaqueros descoloridos y agujereados, con aspecto canalla y sin rasurarse. Y tras estudiar al auditorio, comenzó a desgranar el rosario de promesas que todos esperamos y deseamos oír. (sic)

Sus primeras palabras fueron “puedo prometer y prometo”, -de la traducción latina sic erat scriptum-, que un eximio gobernante acuñó en sus mítines durante la primera etapa de la Transición española.

A la banca la obligaría a conceder préstamos con bajos intereses. A los representantes públicos les exigiría que hubiesen cursado la carrera de politología, ser tecnócratas experimentados y someterse a un examen previo que lo acreditase. Nada de advenedizos puestos a dedo por los partidos, a los que nadie conoce, y cuyo único mérito es la fidelidad a su amo. Fin a la corrupción. Había que acabar con los mangantes. Los salarios de los servidores públicos habrían de reducirse. Demasiada gente en la casta ganando pingües sueldos para lo mal que gestionan el país. Revocación de las leyes nefastas que dividen a los españoles, promulgadas por anteriores gobiernos (¿en qué cabeza cabe, tras haberse superado durante el periodo de la transición los enfrentamientos de guerra civilista, retomar el tema y volver a traer rencores superados?). ¿Y qué decir de la alianza de civilizaciones, que conducen a que esas culturas ajenas a las de Occidente- y que nos han costado dos milenios en consagrar a duras penas- penetren en ellas como el cuchillo en la mantequilla, sin renuncia o merma en las suyas propias? (Por si no se entiende y entre otras medidas, si 50 millones de almas viven en Europa, adquieren la nacionalidad y procrean más que los nativos ¿no acabarán imponiéndose?

 

Algo importante: el obligado cumplimiento de las promesas electorales. Nada de ofrecer soluciones y traer calamidades. Nada de recibir una economía saneada y entregar paupérrimas las arcas del Estado. Por eso, los gobernantes, una vez finalizado su mandato deberían ser sometidos a juicio para reconocérseles los méritos (no hace falta la concesión de un marquesado o ducado alguno, que puede interpretarse en estos tiempos como facha), o por el contrario ser enjuiciados por un tribunal popular.

 

(Hasta aquí, y como introducción, he de confesar que no me desagradó lo que decía, aunque no pude evitar preguntarme, que, de ser así, serían escasos los aspirantes a estadistas)

 

  • Nuestro partido va a cambiar las cosas- prosiguió impertérrito, y hasta diría que envalentonado, al observar la sonrisa boba dibujada en la mayoría de los rostros- ¿Cuál es el principal problema que tenemos los españoles? ¿El paro y la precariedad en el trabajo? ¿Las hipotecas y los desahucios? ¿Acaso la corrupción imperante en y de los partidos y sus correas de transmisión? ¿Los jóvenes sin porvenir? ¿Tal vez los hijos, que no pueden abandonar la casa de sus padres para independizarse? ¿El endeudamiento con Bruselas que tenemos y que nos va a venir, como consecuencia del virus? ¿Será el problema de las Autonomías, que ni derechas e izquierdas saben solventar, pero que nos cuestan millones de euros, y todos nos preguntamos para qué sirven realmente? ¿Será la inseguridad ciudadana y la violencia doméstica? ¿El feminismo radical y rancio? ¡No! – se le escapó un grito agónico, torciendo el gesto- El obstáculo que se interpone ante todo es el de la división de la Patria (que no se interprete como una apropiación de la derechona)- precisó el término- en dos corrientes ideológicas. Mejor dicho, en tres- puntualizó-: los nacionalistas, los conservadores y los progresistas.

Pues bien- prosiguió desbrozando su programa-, nosotros hemos concebido la solución.

 

El unánime clamor de un sonoro ¡Ooh! Inundó la sala.

 

  • Para ello dividiremos el mapa del país en tres partes. El primero para las dos autonomías históricas que realmente pueden ser consideradas nacionalistas (el resto, sabemos que se adhirieron para no ser menos en el reparto de la tarta), a las que concederíamos lo que machaconamente vienen pidiendo, aunque para ello habrían de devolver a las demás todo lo que han recibido del Estado para su industrialización desde la unificación de los reinos que configuraban el país allá por la Edad Media.

El mapa restante se dividiría en dos partes, practicándose políticas de droits et gauches, viniendo a convertirse durante los cuatro años siguientes en dos naciones con economía propia.

Llegado a este punto del discurso algunos comenzaron a cuchichear e incluso fueron abandonando el local, pero el “espartano” prosiguió desgranando su programa como si tal cosa.

 

  • Cada bloque agrupará en torno a sí a sus afluentes ideológicos, de manera que al elegir se sabrá qué ofrecen cada uno, y también qué es lo que se vota, ya que las corrientes radicales estarán integradas antes de los comicios, y no después, alterando la voluntad del sufragista, que vota a uno y resulta ganador la suma de perdedores. ¿De qué sirve proclamarse de izquierdas si se vive como nuevos burgueses? ¿De qué de derechas, si se mantienen las desigualdades?

 

El dicente derramó su mirada de águila miope por encima de las conchas de sus gruesas lentes, al tiempo que un par de abueletes con cara de aburridos desfilaban en busca de la puerta.

 

  • Si confían en nosotros ya no tendrán excusas por el incumplimiento del programa, pues no podría achacarse a la odiosa oposición. Unos conservarán como unidad monetaria el euro y otros retornarán a la peseta. También podrán elegir entre mantener las relaciones con Occidente, y a la cabeza los yanquis, o con el Este y el mundo islámico. Optarse por la enseñanza privada- mejor preparación- (¿si no, por qué mandan los políticos a sus hijos a los colegios privados?) y la pública (más igualitaria). Y otro tanto con la Sanidad (bien se ha visto de las carencias al paso de la plaga bíblica) También, decantarse por la protección de la vida en sus diferentes etapas o “vender” el producto para incrementar el caladero de los votos.

 

El eco de sus palabras fue interrumpido por el ronroneo de unas mujeres con caras estiradas y el consiguiente movimiento de sillas, que, puestas en pie profirieron en delicadezas contra el conferenciante, dejando aún más vacía la sala.

 

  • Optarse por un modelo de familia: la tradicional, esto es, padre y madre, o la otra, compuesta por dos madres o dos padres. Prohibirse o legalizarse las drogas. Diferentes sistemas económicos: propiciarse el ahorro, la inversión para el futuro, o una política de gastos, hipotecándose a la Nación (después vendrán los acreedores y exigirán ser pagados, y no pudiendo respondérseles se declarará al Estado en bancarrota, y por consiguiente su rescate, elevándose el endeudamiento). Elegirse entre laicismo (¿qué es la historia del materialismo dialéctico sino el fracaso del proyecto humano?) y la religión. Uno de los bloques se decidirá por la sociedad del libre mercado, esto es, el mundo liberal, y el otro por el de la privatización, asumiendo el Estado el papel de garante, cercenando la creatividad a costa de la seguridad (hasta dónde puedan, como ha quedado acreditado con los sistemas comunistas) El Pueblo está exhausto de pagar impuestos, pero ¿hasta qué punto son rectamente administrados? Uno los incrementará y el otro podrá reducirlos, a expensa de aumentar el endeudamiento externo o poner freno a los gastos necesarios.

 

Llegado a este punto observé que el resto de los concurrentes habían hecho mutis. Entonces, el “melenas” clavó sus pupilas en las mías, interpelándome.

 

  • La gente no tiene ya fe en los que les mandan. Lo que nosotros proponemos, no es sólo desterrar el pluripartidismo, tan letal como se ha visto, donde cada cual busca sus propios intereses, sin importarle el costo para el resto del País, sino ir más allá y poder prescindir incluso del bipartidismo, quedando al final un solo bloque para así cohesionar la Nación bajo una misma bandera, un mismo credo y una sola lengua. Pero, ¿usted no se va?- me miró con cierta extrañeza.

  • Dígame una cosa: ¿qué pasaría después de los cuatro años? – quise saber la conclusión.

  • Lo tenemos todo planificado- me respondió categórico- Al término de ese tiempo se valoraría la situación actual de cada uno de ellos, y en consecuencia, se reunificaría el país bajo la égida y la política del que mejores resultados hubiese obtenido. Esto es, una sola España unida y potente.

  • Estamos solos- recorrí rápidamente la sala con mirada de lince- Déjeme preguntarle una cosa. ¿Usted se cree todo lo que ha dicho? ¡Dígame la verdad!

  • Yo no. ¿Y usted? – me sorprendió con su laconismo.

  • Confieso que me ha hecho dudar. La situación es tan frustrante que la gente necesitamos un poco de esperanza, aunque sepamos que nos engañan.
  • Pues eso mismo es lo que me digo yo para estar aquí. Ya ve que los políticos somos todavía de alguna utilidad, a pesar de vender humo tantas veces.

 

Ángel Medina

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