Melancolía hacia ninguna parte. Miguel Sánchez Robles

 

melancolía

 

Melancolía hacia ninguna parte.

 

   Quizás la tristeza misma sea un hogar donde todas las habitaciones dan a la misma ausencia, pero hay una melancolía que no viene ni va hacia ninguna parte, que no sabe qué quiere, ni procede en concreto de ninguna decepción o desgracia, ni de una enfermedad, ni siquiera de una pérdida. Una melancolía que es y se comporta como una bruma tibia de penumbra que se sienta a nuestro lado mientras desayunamos o miramos por la terraza de un ático las copas de los árboles con un vaso de vino blanco en la mano. Esa tristeza escucha la misma música y las mismas noticias que nosotros, apenas dice nada y ese silencio suyo te hace comprender y asumir que vivir es recibir un préstamo de amor y de belleza que un día tendrás que devolver.

 

Melancolía de existir

   Al contrario de lo que pudiera parecer, esa ‘melancolía de existir’ no radica en renunciar a la vida, sino en amarla tanto que nos duela, tanto, tanto, tanto, que queramos bebérnosla a puñados como el agua que nace en los manantiales que brotan a ras del suelo. Hay algo heroico en esa obstinación, algo de maravilla inigualable. Algo como lo que me ocurría de niño cuando terminaba el verano y yo quería más, siempre quería más.

   Toda melancolía es complicada porque no tiene brújulas y es solo un animal enfermo que avanza por el alma sin saber si está persiguiendo un recuerdo o el trasluz de un vaso de ginebra. A veces se detiene en mitad de tus venas y respira como si hubiera subido una montaña puntiaguda. A veces se sale nosotros y se pasea por las calles medio vacías del atardecer y cruza los parques con gestos de gacela recién nacida que apenas puede sostenerse en pie, extrañada de vivir dentro de un cuerpo del que escaparía para siempre. Se iría de ti, pero tú no la dejarías nunca irse. Tú la veneras y la amas porque tal vez sea la propiedad más preciosa que tienes. Se iría de ti diciéndote esos versos de Serguéi Yesenin: «Lo más importante es irse de aquí. A dónde consiga uno llegar es cuestión secundaria».

   A veces se comporta como una persona sin hogar que se pasea por todas las calles con los ojos llenos de un cansancio húmedo y murmura que la vida es un perro que envejece demasiado pronto

   Tu melancolía no va a ningún lugar, pero insiste en moverse como esas naves espaciales que se quedan sin misión para siempre, dando vueltas y vueltas en el silencio amniótico de la exosfera, saludando a la Muerte con sus paneles de aluminio y su arquitectura de ciencia ficción, cubierta de esa harina muy blanca que debe haber mucho en la Nada.

   Yo le pongo cara muchas veces. Sé cómo es. Conozco sus gestos, el color de sus ojos, el pico de sus labios, la chaqueta de ante que se pone… La he visto alguna madrugada inclinarse llorando sobre una fotografía en blanco y negro. La he visto encerrarse en los ascensores y pulsar sin resultado todos los botones. Incluso hay días en que se sienta en la silla lujosa del comedor en la que nunca se ha sentado nadie todavía, pone sus manos tiernas sobre el tapete de croché y lo mira como si fuera la superficie del mapa de un país que no existe, pone cara de lástima y levanta sus ojos hacia mí para decirme que no sabe volver, que no quiere volver. ¡Volver, siempre volver!

 

   Hacia dónde volver

   ¿Pero a dónde volver? Ese es nuestro problema, que no sabemos exactamente hacia dónde volver. Otros días, se mete en el bolsillo interior de mi abrigo azul marino y me toca en el pecho con una vieja pregunta que nadie me respondió de niño.

   La melancolía es también un idioma inventado que se habla y expresa con el gesto de los ojos. Cuando quiere, cita a Umbral: «Yo escribo porque algo dentro de mí está siempre de vuelta». Y después sonríe, ella que nunca sabe regresar de donde vino ni hacia dónde va. Ella que está perdida, tan perdida como tú, o más.

   Quizá esa melancolía no sea una enfermedad sentimental, sino un estadio superior de la vida. Por eso a veces nos susurra al oído: «Existir es una extraña tarea, muchacho». O te pregunta en voz baja, como lo haría Bukowski: «Y esa gran sensación de vacío que se queda en el cuerpo cuando alguien se mete en tu vida, te la rompe y luego se va. ¿Quién te la explica?».

   A veces se comporta como una persona sin hogar que se pasea por todas las calles con los ojos llenos de un cansancio húmedo y murmura que la vida es un perro que envejece demasiado pronto. Otras veces se desvive en sí misma y entonces inventa pasillos infinitos dentro de mí donde una palabra persigue a otra palabra como si fueran trapecistas de circo que no necesitan ninguna red.

   Esa melancolía no usa relojes ni mira la carta de los restaurantes ni les presta atención a las películas. Se aburre demasiado. Quiere siempre besar. Su dieta son cosas muy pequeñas, cosas como el olor que deja una camisa nueva cuando la sacas de la caja y le quitas ese papel tan suave en el que iban envueltas las camisas muy caras. Entonces se pone dulce e imposible, con ganas de llorar. Yo he aprendido a convivir con ella igual que se convive con un borracho lírico y excéntrico, con un huésped ingrávido al que uno le perdona su manía de escribir frases inacabadas en el vaho de los cristales de la salita de estar.

 

El puzle de la existencia

   Hay tardes en las que todos nos quedamos sin argumentos en medio de una cansada claridad y es entonces cuando esa melancolía ya no atina a avanzar y ni siquiera sabe si quiere seguir viva, y hay que inventar para ella pequeñas ceremonias para no se extravíe del todo. Ayudarla a atravesar esas tardes en silencio como una sombra que camina por un museo lleno de gente muerta que murmura desde los cuadros: «¿Quién será ese que pasa?». Pero cuando llega la hora del crepúsculo, esa melancolía se pone imposible, nerviosa, intensa, híspida. «Llévame allí», me dice, señalando un punto del horizonte en donde nunca hay nada. «¿Dónde?», le pregunto. Pero no me responde. Se encoge de hombros. Entonces le digo: «No te vayas, por favor. Quédate siempre conmigo. Ayúdame a mirar este rompecabezas que no logro entender. Ayúdame a aceptar que algunas piezas de mi alma fueron hechas para no encajar en el puzle de la existencia actual».

 

Miguel Sánchez Robles

La Opinión de Murcia.14 AGO 2026 

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