Cuando llego a casa me espera en la cocina, listo y preparado para nuestro paseo. Mientras me cambio de ropa me mira impaciente y siempre es el primero en salir. Por el camino yo ando más despacio que él; pensando en el trabajo me acuerdo de cosas que se me olvidaron a lo largo del día y tomo nota mentalmente para apuntarlas al regreso. Los dos ya no somos jóvenes, pero él no ha perdido un ápice de su curiosidad por explorar y descubrir. No se suele mantener a mi lado; baja al arroyo, desaparece entre los árboles y cuando regresa a veces trae lo que le ha llamado la atención: hojas, setas, piedras…
Si el tiempo lo permite paseamos durante una hora o algo más, luego toca cenar y ver un rato la televisión. O así era al menos antes de que se jubilara. Ahora quita la mesa, se mete en Internet y muchas veces ni lo siento cuando se acuesta a mi lado. Mi hermana dice que es normal, que las convivencias derivan en eso, pero a mí me gustaría tener una compañía más alegre y vivaz; cualquier día voy a la perrera y adopto un chucho.
Dorotea Fulde Benke
Blog de la autora

Consigues llevarnos a nosotros por donde quieres. También nos convertimos en perritos tuyos que te acompañan en el paseo. ¡Qué bueno! Me encanta tu forma de escribir.
Un beso.