Mercado del automóvil. Por Javier Revolo


Las luces potentes de la sala de exposiciones resaltan mis líneas aerodinámicas y el brillante
color rojo de mi fina carrocería, mis cómodos asientos son de una suave pero resistente piel
oscura, los controladores de velocidad y rpm se complementan con el sistema de navegación
GPS y la pantalla de entretenimiento e información de mi ordenador incorporado al tablero
de control. En fin, que gracias a la inmejorable visión de uno de los mejores diseñadores del
momento, y una de las más prestigiosas marcas del mundo, soy uno de los modelos
deportivos más cotizados y atractivos del mercado.
A él, sin embargo, le falta clase. De lejos se nota que es un advenedizo, con esos trajes
ridículos y corbatas de colores encendidos con los que cree que va a tener alguna
trascendencia social. Dice que vendió un cuadro “herencia de la abuela” para comprar el
apartamento y sacarme de la tienda. Debe ser lo único inteligente que ha hecho en su vida,
el idiota.
Antes del desastre, en el concesionario, esperaba con ansiedad las fuertes manos del hombre
de los ojos soñadores y cabellos al viento. Viajaríamos por largas carreteras, a la vera de
playas desiertas o por las de montaña, en las que cogido a mi volante sentiría el poder de mi
doble tracción. Bueno, eso decía el catálogo del ordenador de abordo, las fotos estaban ahí,
yo salía en todas ellas siempre con él. No había lugar a dudas.
Le encantaba el sonido del seguro de las puertas activado por el control remoto, sobretodo si estábamos en una calle llena de gente, sonreía con esa falsa autoestima, repugnante. Apuntaba con el llavero y le subía la adrenalina, como si lo que tuviese en la mano fuera una Magnum.
Sus amigos, igual de insípidos y engañados que él, parecían salidos de un ensayo de sociología escolar ¡Qué maravilla! -decían al verme- A uno se le ocurrió preguntar por el consumo de gasolina, luego se quedó pensativo, como si hubiese dicho algo fuera de lugar, y cambió de tema.
La que llegó primero fue la novia, después el cachorro. A los pocos meses se casaron. Fue cuando les oí hablar de tener un hijo y hacer cambios.
El pobre perro fue a parar en casa de la madre de ella, y a mí los días se me hacían interminables en el aparcamiento del edificio, acumulando polvo, hasta que una mañana se presentó una camioneta grande con un hombre joven que me hizo recordar al vendedor del concesionario. Me observó con detenida cara de aburrimiento, encendió el motor y solté mis mejores notas, creí que íbamos a dar un paseo. Me volvió a apagar. Poco después me trajeron aquí, otra vez bajo las luces de la tienda, pero esta vez con modelos pasados de moda, tan cansados como los ojos del miserable, ese tipo que no tenía nada que ver con el hombre del catálogo de mis sueños.

Javier Revolo
Sydney, Australia

Blog del autor

  •  
  •  
  •  
  •  
  •  

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *