Niños privilegiados, niños desdichados

niños ricos y pobres.

 

Niños privilegiados, niños desdichados

   Durante estas fechas es frecuente encontrar en las calles, o en algunas de ellas, a niños que estrenan sus nuevos juguetes. Muchos de los cuales han sido regalados por familiares, tíos, abuelos o la consanguinidad cercana. Esos niños disfrutan a plena holgura de esos juguetes que, con tanto ahínco, han deseado. Y, quizás, pasado un tiempo, recuerden esos momentos cuando jugaban con ellos junto a su amigo Pepito o Pepita, incluso, dentro de unos años –ahí está  la cuestión– si, esos juguetes consiguen sobrevivir al paso de los años, tal vez signifiquen un valor importante en la nostalgia infantil. Aunque los susodichos niños, privilegiados, si se admite la definición, ignoren lo que en otras partes del planeta supone no tener un juguete anhelado. Quizás no. No sepan semejante valor, pues en Occidente, madre de todos los saberes que impregnó Europa y medio planeta, la mayoría de los chiquillos desconocen la ausencia de juguetes por circunstancias sobrevenidas.

   Es algo que no se muestra. En los medios de masas, por el día de Reyes, se exponen noticias donde los chiquitines abren con estupor sus regalos, destapan los envoltorios casi en un ataque de felicidad material e, inmediatamente, marchan al parque a estrenar lo que sus majestades han depositado en casa. Luego está la otra cara de la moneda; y no me refiero a la  ingesta basura que acarrea los papeles de regalo, las cajas o los embalajes. Ni tampoco a los arquetipos que adecúan a los niños y niñas regalos tan trillados como coches, muñecos, patinetes, cocinillas ni muñecas de Pinypon. Ajustando los «micromachismos» y naderías de perspectiva de género, porque, claro está, cada crío juega con lo que le sale de los compañones. O con aquello que tiene la fortuna de llegar a sus manos.

   Me refiero a esos otros párvulos que, ignorados por medio mundo, se fabrican sus propios juguetes con simples bidones de plástico, cajas de cartón, cacharros, latas o enseres diversos, manufacturados con rudimentarios materiales cuya finalidad satisface, con grandes méritos, su júbilo. Niños que ante la falta de recursos por el hogar donde viven, no pierden la necesidad de jugar. Tal vez chiquillos como aquéllos carezcan de pamplinas materiales; pero aprenden a satisfacer una necesidad indómita: jugar. Me repudia cuando, por el día de Reyes, en muchas noticias se muestra a niños en plena catarsis provocada por los regalos que les han traído los Reyes, olvidando, casi silenciando, la voz de esos otros niños que a edades tempranas malviven en condiciones hostiles. En los países en vías de desarrollo la infancia tiene poco, o escaso, valor; algo también parecido en los países –no ya capitalistas– sino acomodados, cuyo derecho a la infancia se pisotea casi a diario. Es costumbre, a ciertas edades, que los impúberes dispongan de teléfonos móviles, perfiles en redes sociales, fundidos en una sociología del todo lo quiero, y lo quiero ahora, maldito sea.

   La diatriba es que se convierte a todos esos chiquillos, directa o indirectamente, en generaciones nada agradecidas con lo que tienen a su alcance. Así son las reglas y, para colmo, se tolera. De manera que al llegar a la adolescencia, una de las cosas más requeridas por los púberes es frecuentar un centro comercial, el esnobismo creado por determinados influencers que, financiados por marcas de ropa, establecen lo socialmente sublime y todo lo que está en boga. Otro motivo que implica un menoscabo a los derechos de la infancia son las industrias de los videojuegos y su fuerza conquistadora; existen videojuegos incluso para niños de cinco años. La cuestión es, cuanto antes, conseguir que los menores se emboben frente a las pantallas. Por eso me pregunto, a la vista de niños criados de esa forma, de qué manera se les propicia el derecho a disfrutar de su infancia, de qué forma se les estimulan la imaginación y las hazañas para crear mundos con los que solazarse. Qué tipo de ciudadanos serán al día de mañana. Algunas personas creerán que detrás de todo eso está la permisividad y el confort de los padres. Que son éstos quienes no los educan para la frustración ni la escasez, criando a sus vástagos en el valle de las ensoñaciones. Y me temo que no. Que el problema es más visceral, porque no se establecen términos medios. O lo tenemos todo o no tenemos nada.

   Hasta hace no mucho se podía ver en la calle a grupos de niños jugando a los tazos o a la rayuela en las plazas y jardines; pero ahora lo más tendente es que, con diez años, un niño tenga una cuenta de tick tock o comparta en sus redes sociales fotos con afán de protagonismo, pues cada vez más el Trastorno Histriónico de la Personalidad se desata entre menores hasta límites verdaderamente enfermizos. Inclusive se normaliza. Y no difiere esto por regiones, ya que en los países del primer mundo los menores caen abismalmente en las garras de las aplicaciones más absurdas con el propósito del más ruin divertimento. El contraste es bien visible. Como puede saberse, en el Brasil, Honduras, Venezuela, Perú, o, en Extremo Oriente, la infancia no es algo protegido.  A edades tempranas, por omisión y escasez de medios, los chavales heredan trabajos pesados, duros, y hasta peligrosos. Muy conscientes de lo que es la penuria y la hambruna, desarrollan artimañas que son admirables. Saben obtener provecho de las situaciones más calamitosas, llegando, en casos de gran necesidad, a emplear armas o navajas. Creo que todos nos percatamos de la vulnerabilidad que afrontan los infantiles en otros lugares del orbe, pero quizás no hacemos más que ignorarlo continuamente. Preferimos vivir en nuestra burbuja individual cegados por nuestro sucedáneo más reciente como es materialismo del que, antes o después, todos somos presas.

   El día de Reyes, fecha en la que recordamos las sorpresas que nos deparaban de pequeños, no es más que el reflejo de los dos tipos de niños que pueblan la tierra: niños privilegiados y niños desdichados. Aunque, por las tornas a las que se inclina la vida, por el hecho de ser niño ya es una suerte. La desgracia viene más tarde. Cuando ya se es persona adulta.

 

Luis Javier Fernández

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Luis Javier Fernández

Es graduado en Pedagogía y máster en Investigación, Evaluación y Calidad en Educación por la Universidad de Murcia. En 2019, finaliza sus estudios de Doctorado en la misma institución. Autor de la novela 'El camino hacia nada'. Articulista, colaborador en medios de comunicación, supervisor de proyectos educativos y culturales. Compagina su vida entre la música y la literatura.

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