No llores por mí, Argentina.
Los pelos de punta. Así me contaba mi papa que se sintió cuando escuchó a su admirada Paloma San Basilio en Madrid allá por los años 80 cantar su “No llores por mí, Argentina”. Me hubiera hecho muy feliz acompañarlo en ese preciso momento para poder contemplar su emoción. He sabido siempre de la devoción de mi papá por su cantante preferida. No le dio tiempo a él de ser consciente de la mía (de mi reciente debilidad) por el pueblo argentino.
Esta debilidad mía no sabría muy bien cómo explicarla; si bien precisamente pueda traducirse en algo que llamamos “química”. No sabría explicarme. No conozco Argentina, he visto fotos de Buenos Aires, de la avenida obelisco que la hace si cabe más larga e imponente, de sus románticas librerías donde una desearía toparse con el escritor y periodista Martín Caparrós, con el que osaría intercambiar algunas palabras, (conociéndome no tardaría mucho en dirigirme a él…) , he leído a Borges y a Cortázar y a Alejandra Pizarnik, sentí muchísimo el fallecimiento del gran Héctor Alterio que recaló exiliado en España en 1974 y he soñado con, para mí, el inigualable Ricardo Darín, que por cierto, pude leer hace muy poco que ha escogido mi idolatrada Jaén como su tierra adoptiva. Tengo frescas noticias sobre el reciente y goloso primer Premio de Aena de Narrativa hispanoamericana a la escritora argentina Samantha Schweblin por su libro “El buen mal”. Y de siempre he adorado la vena actoral de Cecilia Roth. La película que le valió su primer Goya a mejor actriz, “Martín (Hache)” fue una coproducción hispano argentina que sintetiza nuestras intensas relaciones culturales. El Director de cine exiliado Federico Luppi dijo una vez en la voz de su personaje “El que cree que pertenece a un país es un tarado mental. La patria es un invento”.
El legado actoral, musical (el empresario argentino Jorge Álvarez durante su exilio en España fue productor de discográficas como CBS respaldando algunos proyectos de Antonio Flores, Mecano y Joaquín Sabina, entre otros) y sobre todo literario que nos deja Argentina es ilimitado y tremendamente rico tanto por los que se marcharon y huyeron de la dictadura franquista como por los que vinieron a nuestro país por el golpe de Videla.
Si bien es cierto que tengo una aprehendida y comprobada propensión a imitar la entonación, forma de hablar y expresiones de las personas con las que paso tiempo y me encariño y siendo persona con una ligera tendencia a expresar lo que está sintiendo (para bien o para mal…), cuando conozco por vez primera a alguien de Argentina en estos encuentros fortuitos de cualquier parcela de mi vida, no sabría explicarles pero un duende me recorre el cuerpo y algo me dice que todo está bien, distender, que suelte la tensión acumulada y entonces frente a una pareja argentina que me habla por vez primera, me siento como quien dice “como en casa”. Y no tardo ni un minuto en confesarles mi debilidad por el pueblo argentino, a cuya confesión ellos con ese carácter indiscutiblemente amigable y hospitalario y abierto y con ese acento suyo tan naturalmente “argentino” también se relajan y ríen amigablemente con mi repentino e inesperado halago. ¿Será que hemos compartido momentos muy difíciles?. ¿Las crisis políticas, sociales, económicas, el corralito, la crisis de la burbuja inmobiliaria?. ¿Será que compartimos uno de los idiomas más universales?.
Ahora mismo divago online por las librerías más afamadas de Buenos Aires donde, si algún día vuelvo a cruzar el charco, me será posible también saborear el aroma de un buen café o tal vez hablar y codearme con sus libreros y dirigirme a ellos con el “vos” con acento argentino. Seguro que algún fenómeno químico prende dentro de mí y haga que me sienta como en casa. Que al final qué es la vida si no un “quid pro quo”. Mi papá me lo recalcaba con noble intención: “Cariño, la vida se trata de eso”. Hoy por ti. Mañana por mí.
USUE MENDAZA

