El efecto Brexit
En esta mañana de resaca electoral, son muchos los que se afanan en criticar el resultado de las elecciones y echar la culpa a los electores; hasta hay quien se avergüenza de ser español. Son muchos los que opinan que es mejor abandonar una España así, y otros los que quieren que la abandonen; y en todo ello hay un error que al que suscribe acojona.
¿Por qué los españoles somos tan débiles? ¿Por qué se quieren ir los que han perdido? El juego de la democracia obliga al respeto de los demás y a luchar por vencer en las urnas. Pero no acaba ahí nuestra desdicha. Los que se supone que han ganado, que aún habrá que ver qué han ganado, porque el Parlamento sigue estando muy dividido y la última palabra no está dicha, quieren que los que han votado opciones contrarias se vayan. Pues lo llevamos claro. Eso sí me avergüenza como español. Las elecciones han arrojado un resultado, han sentado en sus escaños a una serie de parlamentarios. Pero ahora el Congreso decidirá quién debe ocupar la Moncloa, y bien podría ser que la ocupará el PP, pero sin Rajoy ni su corrupta cúpula. Rajoy no ha ganado las elecciones, ni todo el PP es corrupto. ¿Quién debe de depurar a los corruptos en el Gobierno? La oposición, que deberá abstenerse o pactar. Abstenerse si el presidente es quien ellos eligen o pactar para votar al presidente/a que ellos elijan, e incluso decidir algún ministro o elegir ministerio, porque este no va a ser un gobierno de rodillo, gracias a Dios. ¿Pero qué solución da abandonar el país? Ninguna. ¿Qué solución da el derrotismo? Menos.
Como ya he aseverado en alguna ocasión, Rajoy no ganó las elecciones de 2012, las perdió Zapatero estrepitosamente, y, por el sistema de vasos comunicantes, si uno baja otro sube. El PP recogió los frutos de una cosecha que el PSOE no supo sembrar. ¿Qué ha ocurrido ahora? Que el pueblo español, sabio, aunque siempre vilipendiado por quien pierde las elecciones, no ha querido correr el riesgo del Reino Unido, donde la insensatez ha imperado y ahora están como un pollo sin cabeza, no saben si anular el referéndum, darlo por nulo, disolverlo y que cada uno de los cuatro reinos que lo componen corran a su suerte, o tirarse al mar en sus barcos de recreo y pedir asilo político en Megaluz, Mallorca. El voto protesta tiene esas cosas; que protestas, pero te pegas un tiro en el pie. Y eso es lo que más ha podido en el ánimo de los españoles en la jornada de reflexión, y por eso han elegido la menos mala de todas las opciones; y he ahí el núcleo de la reflexión poselectoral. ¿Qué opciones teníamos? Ninguna. Pablo Iglesias representa el voto protesta, el voto peligroso por su estridencia, el voto sorpresa. No condena el terrorismo con decisión, pero tampoco apoya a las víctimas; no quiere a Europa, pero tampoco aboga claramente por abandonarla; no condena los atentados yihadistas, pero cae en el error de intentar explicarlos, que infunde más desasosiego que justificarlos; no sabe si Maduro es su amigo o su enemigo; no sabe si Irán ha financiado su partido, o no. La cuestión es que su discurso parece el de la Parrala; que sí, que sí, que sí; que no, que no, que no. Albert Rivera es otro indeciso que no ha sabido transmitir seguridad y se le ha visto el plumero. Por tocar pelo ha hecho pactos con el PSOE, y eso lo ha hundido en la miseria. La gente, siempre que sea gratis, prefiere el original a la copia; y votar es gratis. Tampoco ha estado muy acertado en cuanto a la catalanización encubierta que el nacionalismo catalán viene desarrollando, subrepticiamente, en Aragón y Valencia, y que se extiende, lenta, pero decididamente, por el noreste murciano. Y por último vamos a la joya de la corona de los ineptos: Pedro Sánchez. ¿Alguien puede contestarme si este hombre es separatista, españolista, europeísta o qué es? Nadie que reflexione dos minutos podrá contestarme. Éste no es nada, es alguien sin ideas, mejor dicho, con una sola idea: llegar a la Moncloa. Los barones de su partido no lo apoyan, sus militantes no están seguros de él, su verdadero discurso está tan oculto que ni siquiera él sabe dónde lo guardó la última vez que lo abrió, si es que alguna vez lo tuvo. ¿Se dan cuenta ahora de por qué la abstención ha hundido a la izquierda y al centro? Porque no tienen discurso. Y les juro que en ninguno de estos renglones hay una defensa a Mariano Rajoy. Pero se ha mantenido, no ha defraudado a sus votantes y éstos lo han encumbrado; no hay más. No ha defraudado a sus votantes tanto como los líderes de izquierdas y centro, que verdaderamente son los que tienen que hacérselo mirar, ni a un sector de la población que, aunque no tiene por qué ser de derechas, no quiere experimentos. Un sector que, como dijera Corcuera, sabe que los experimentos es mejor hacerlos en casa y con gaseosa. Algo que los británicos han venido a recordarnos con su histórico error.

Amigos de izquierdas, separatistas y cualquier otro que piense que es mejor abandonar. España no es su enemiga, ustedes son tan españoles como el que más. Quédense, convénzanse de que aquí cabemos todos o no cabe ni Dios, como cantó Víctor Manuel, hagan patria, que eso no significa cantar el «Cara al sol» ni alabar a Franco. Eso ya lo hacen los fascistas. Impriman con cordura el nivel de cordura, valga la redundancia, que este país necesita, y dejen ya de mirar para atrás. Olviden las banderas republicanas y las ideas del siglo XIX, el republicanismo que no tiene nada en que superar a la monarquía parlamentaria, pues la maquinaria es exactamente la misma, y vamos a hacer patria, que el enemigo está a las puertas.
Antonio Marchal-Sabater

Excelente artículo, Antonio. Gracias por compartirlo.