¿Para qué tanta bata?

batas

¿Para qué tanta bata?

La vida horneada en el vientre materno buceaba despreocupada, e ignorante del largo y efímero futuro que me depara, vivo acotado en una piscina de líquido, donde burbujeo feliz en un mundo de contraluz rosado sin prever peligro alguno, soy un feto asido de los manguitos inflados por el cordón umbilical que se despreocupa del universo exterior que le rodea. Alguna tímida patadita busca los límites más allá de su universo, aunque rápidamente se vuelve hacia la tranquilidad tras oír un sonido meloso del exterior. 

La pileta progresiva y, peligrosamente se va estrechando, la respiración maternal se acelera sin yo saber por qué. Algo sucede, pero no sé el qué, con lo tranquilo que estaba yo, a qué viene tanto retorcimiento, inquietud, y respiración soliviantada. No entiendo nada de lo que dicen: 

  • ¡Ya viene! 

  • ¡Corre, Mariano, ya está aquí el bebé! 

Que trajín, por el amor de Dios, que vaivén más tonto remueve la calma de mi estancia. las palabras suaves, los canturreos melódicos se han convertido en un estrés desatado digno de un pollo sin cabeza. 

  • Ay mariano, contracción cada diez minutos, Mariano, coje la canastilla, si es que no me puedo fiar de ti. 

  • No me pongas nervioso, Antonia. 
  • ¡Nervioso! si eres el hombre tranquilo, ya lo decía mi madre, ¡no tiene sangre, hija! ¡no la tiene! 

Ruidos, tropezones e improperios, así se desata mi primer estado nervioso, y que no auguraban un futuro exento de repetirse, entre el oleaje amniótico tuve que sujetarme la nariz con los dedos, y desear tomarme una biodramina como mi primer fármaco, que sería uno de tantos de los que después me tendría que atiborrar. 

  • ¿Llamo a tu madre? preguntaba el pobre Mariano. 

  • ¡En la tuya me voy a cagar! replicaba la tal Antonia, que yo aún no sabía quién era. 

Entre gritos, enmudecían las disculpas de Mariano, a trompicones y tras dos portazos de aúpa siguió la disputa con la tal Antonia por todo lo alto, y Mariano seguía contra las cuerdas, mientras sujeta tembloroso el volante. 

  • ¿Qué esperas para arrancar, un permiso del ayuntamiento? le espeto la de la voz cantante. 

  • Me estás poniendo nervioso, no acierto con la llave, ¡relájate, amor! 

  • ¡AMOR! “relajao” que eres un “relajao”. Suerte tienes que no está mi madre, que te iba a dar “pal pelo a ti”, o arrancas ya, o lo tengo aquí mismo. 

El tsunami iba al alza tras cada giro brusco, tras cada volantazo. Ya me empezaba a caer mal también a mí el tal Mariano. No sé, si mi abuela tenía toda la razón, pero que era un conductor pésimo lo descubrí antes de nacer. La frenada en la puerta de urgencias pediátricas fue antológica, y después de la misma, los sapos y culebras que salían de la boca de Antonia ahogaban cualquier sonido exterior. Me trajeron al mundo con el alma en vilo, y en un estado de nervios que me hacían levantar medio labio inferior y temblores en el ojo derecho, era ya un bebé digno para recetarle un Lexatin. De mis dos progenitores, me quedo claro quién era la dominante y cual el sumiso. A este sainete se sumaron nuevas voces que no conocía y que también aumentaron el tono y las formas de la Antonia. 

  • Pero esta mujer ya está dilatada, ¡cómo no la ha traído antes! ¡madre de Dios, que padres, que padres! en ese momento me dio pena por primera vez el Mariano. 

  • ¿Va a entrar al parto? le preguntaron. 

  • sí, si se puede. pues venga coja esa bata verde, y el gorro, y si puede ser no moleste mucho. 

  • No, no, lo que ustedes digan, contestó. 

En esos momentos Antonia parecía ya un buzón abierto el día de recogida del correo del barrio. Yo no sabía si reír o llorar, el contraste de luces y ruidos que asomaban por la compuerta abierta de mi hogar me tenían en un sin vivir. Se distinguía en el fondo del paritorio y arrinconado en una esquina, y blanco como una lápida la figura contrahecha del Mariano que no decía ni mu. 

  • Me vas a dar la mano, o espero que llegue mi madre, le espetó la Antonia de muy mala leche. 

Mariano a cada minuto languidecía más, tomando un color verde típico de un lechuguino, mientras oía que los gritos de mi madre aumentaban peligrosamente de volumen. La que después supe que le llamaban la matrona, tampoco se quedaba atrás en el volumen incontrolado de las cuerdas vocales. 

  • ¡Es primeriza, no!, preguntó, si, contestaron prudentes en coral el resto de los invitados a mi nacimiento. Y, refiriéndose a mi padre, pero sin ni siquiera mirarlo, ordenó a todos, que si el flojo se cae lo dejen en el suelo. 

Finalmente, y tras unos azotes, amortiguados con más grasa que un bocadillo de panceta me depositaron en una cuna de plástico más que usado, me marcaron con una cinta de papel en la muñeca. 

Con lo tranquilo que estaba yo hasta hoy, relajado a la media luz rosada del vientre materno. Estos hechos acaecieron en el Hospital de la Esperanza, y eso iba necesitar yo, mucha esperanza y paciencia, el primer día solo fue el preludio de algo que no debió suceder si me hubieran preguntado antes. 

El lechuguino, que fue el mote que le quedó desde ese día a mi padre se mantuvo entre risas tendentes a risotadas toda su vida, y así desde muy temprano aviste una infancia poco mejorable al nacimiento. Mi familia materna rezaba para que el escuálido recién nacido no tuviera una carga de genes importante del ya famoso lechuguino, pero la genética es la genética y no se puede luchar contra ella.  

Las visitas a borbotones de los primeros días iban menguando con el tiempo, y con ellas la hipocresía de familiares y vecinos, que a media voz loaban lo guapo que era el chiquillo, los más sinceros se contenían con un pues es “majo” el bebé. En esos momentos yo estaba en proceso de adaptación de aquel manicomio. 

Gracias a Dios, la vida corre rápido. Tarde en echar a andar según decían los demás, ahora creo que no debía haber empezado nunca a hacerlo. El tacataca que el lechuguino ilusionado trajo después de trabajar, nublo un día soleado ante las críticas incisivas de Antonia. 

  • ¿Pero cómo compras nada antes de consultarme?, ¿Qué te ha costado?, Mariano tu no sabes de esto, y mientras acababa de el esto y en dirección a la cocina se le oía ni de esto ni de nada, que mala leche tenía la condena. 

Con voz tibia el pobre intentaba argumentar. 

  • Si es el último modelo me han dicho, y ella desde la cocina contestaba hiriente. 

  • Si, claro, el último modelo que les quedaba por vender te ven la cara Mariano, te la ven, te tengo dicho que tu solo trabajar lo demás ya me encargo yo, o mi madre. 

Él en ese momento me miró con una mueca, buscaba complicidad, y fue entonces cuando le hice mi primera caída de hombros en solidaridad con mi inevitable genética. lo cierto es que el tacataca era bastante feo, era de aluminio, con sillón y respaldo de skay marrón y una almohadilla frontal blanca con unos caballos pálidos y un cuerno arco iris en cada uno de ellos, aunque mi padre se empeñara sin convicción alguna en que eran unos unicornios, todos pensamos siempre que eran caballos con un cuerno.

Mientras mi madre hablaba sola en la cocina, el Mariano me subió a horcajadas al último modelo del instrumento de desplazamiento, y mis pies no llegaban al suelo, ahí quedó al descubierto que yo era paticorto. En ese momento el lechuguino empezó a sudar, y yo por lástima que me daba también empecé a perlar húmeda la frente, hice esfuerzos sobrehumanos para intentar llegar al suelo y así hacer felices al par de desgraciados, lo intente con todas mis fuerzas para que me vieran deslizándome grácil por el frío y granítico suelo manchado de pintas negras sobre un blanco roto, les juró que lo intente, que apreté mis exiguos atributos con fuerza contra el skay, pero, solo conseguía arañar el pavimento con las uñas de los dedos gordos. Mariano y yo nos volvimos a mirar y con los ojos deseamos que mi madre no saliera en ese momento de la cocina, se avistaba tormenta en el horizonte, y así fue. Realmente la imagen vista con la perspectiva del tiempo era tragicómica, un padre sudando, y yo con más cuerpo que piernas dejándome las uñas para salvar la situación. 

Los domingos siempre venía mi abuela materna, y Antonia ya tenía redactada toda una lista de agravios que necesitaban de su apoyo, no solo era perder en la pugna con mi padre, algo que no iba a suceder, sino para hacer más sangre en la herida del lechuguino. Si en algo ganaba mi abuela a mi madre, era en el desdén de la mirada al observar a aquel hombre que nunca supo cómo acabó en semejante fregado familiar. 

Los años iban pasando, lentos, y sufridos, pero el tiempo nunca fue un aliado para nosotros, y tampoco nunca se detenía en favor de los lechuguinos genéticos. Antonia madre de la otra Antonia, ósea mi abuela, se apuntó por derecho propio de conquista a mi primer día de colegio.  

Me ataviaron entre las dos con la típica bata de rayas abotonada bajo un cinturón de damisela, el cuello cerrado se cernía sobre un pescuezo escueto que holgaba en una imagen de chupachup peinado con raya al lado, e inundado en medio litro de colonia Myrurgia, la bata colgaba casi hasta los tobillos, como si fuera el vestido de una aparecida en una película de miedo. 

  • Mama, no te parece larga la bata, dudaba mi madre. 

  • Hija mía qué culpa tenemos nosotras de las achuras del niño, si hubieras elegido mejor al padre, otro gallo te cantaría. 

En esos momentos hubiera querido sumar problemas auditivos además del obvio de ser paticorto, yo al principio no me lo tomaba a mal, de hecho, eran mi madre y mi abuela, ¿qué mal iban a querer para mí?  

Aunque lo peor estaba por llegar, y llegó, pónganse en situación, ocho y cuarenta y cinco de la mañana, y ante nosotros un enjambre de madres, abuelas y niños, algunos lloraban, otros ya socializan entre ellos con cara de mala hostia, estos eran los que mi abuela llamaba espabilados, no sabía dónde meterme, algunos a mi paso me miraban colgado de las manos de ellas, intuía muy malas intenciones en esas miradas, me sentía como bambi antes de entrar en “prision break”. No sé porque a ellos las batas les ajustaba mejor, no les bailaban tanto como a mí, ni como el peinado de moda anti piojos dejaban agraciados esos rostros malignos. 

Llegó el momento, sonó una sirena estilo ataque aéreo, y todos a correr más allá de la verja de esa buena idea que llamaban el colegio, mientras yo no me soltaba de las garras de las dos arpías, más vale malo conocido que bueno por conocer pensé, pero las dos soltaron mis manos al unísono, y mi madre me empujo de una palmada en el omóplato hacía la arena del circo romano, y mi abuela la acompañó con un pescozón, algunos de mis “compañeros” se agarraban llorando a las faldas de sus madres, y los otros, a los psicópatas les habían dado luz verde para correr y amargar la vida a sus semejantes, yo no sabía que era peor, si aguantar a aquellas dos, o salir corriendo a un destino incierto parecido al desembarco de Normandía. Total, que me solté tembloroso, y eche a andar cariacontecido, los que lloraban me miraban mal, y los hijos Hanibal lecter , ya desde dentro de la cárcel afilaban los puños con media sonrisa rompiendo la comisura de los labios y enviando un mensaje de terror, que por lo poco sería una sentencia de ocho años para mí.  

El mundo se convirtió en un ecosistema autosuficiente de batas a rayas en blanco roto y azul oscuro deambulando entre unos pocos adultos frustrados al iniciar un año más.  

Los maestros que así les llamaban, no daban un duro por ninguno de nosotros, y esbozaban una sonrisa falseada de cinismo ante los caretos de nuestros padres que aguardaban al otro lado de la verja. Los orcos de metro treinta, endosados en bata entallada corrían como locos atropellados a la orden de “formar filas”, ni que les fueran a dar un premio, he visto correr con menos brío a los caballos en Royal Ascot. Fue la primera vez de todas que alcance la fila entre los tres últimos, siempre competía con un niño gordito que le blanqueaba la camiseta a través de los huecos tensados de los botones de la ya famosa bata, el otro era un colibrí con un tic nervioso en un ojo, una mirada que en infinidad de ocasiones le metió en serios problemas con los orcos durante la insidiosa hora del patio, ese guiño incontrolado cruzando los ojos azules peinados con trenzas rubias de la niña hecha a medida de una muñeca desataba una batida de gruñidos contra él, se abría la veda a los veloces percherones que arremetían blandiendo los puños, y en un instante, bajo una nube de polvo se encontraba debajo el pobre Emilio más conocido como el «vista larga», él intentaba explicarse, pero por más que lo intentara más se enardecía de testosterona la turba del planeta de los simios lampiños. He de confesar que respiraba de tranquilidad al no ser la primera opción a víctima del triunvirato de los últimos de la fila, los adultos que en teoría eran quien nos tenía que cultivar la mente miraban con desdén, y ahora creo, y casi estoy seguro de que habían perdido ya toda esperanza en el ser humano. 

Aún recuerdo la sonrisa ignorante, y las palabras todavía más de mi madre a la hora de comer. 

  • Te ha gustado el colegio, cariño. Después de unos segundos de incredulidad le dije. 

  • Mamá tú no sabes donde me has enviado, lástima que aún no hubiera leído “Papillon” para así poder describir el penal en el que me había depositado, pero va la tía, y cambia la sonrisa estúpida por unas carcajadas hirientes que me marcaban estigmas como los latigazos de agua sagrada en el cuerpo del demonio, esta mujer no se entera de nada pensé. 

Y mi abuela detrás de ella con la cantinela. 

  • Ojalá tu abuelo hubiera tenido tu oportunidad, desde los once años en el campo, y tú te quejas, teniéndolo todo. 

Ahí pensé, si fuera por mi abuela, nos mandaría con la bata a mi padre y a mí a Alcatraz, llegue a creer que estaba compinchada con los orcos del colegio la vieja, de hecho, me la imaginaba vestida de cuero marrón claro, con una melena rubia, e incitando a la tropa de batas listadas a batir con palos el cultivo de panizo, para así atrapar a los que no alcanzamos el nivel exigido de valentía y físico imponente. 

Pasaban los días, los meses, y los años lentamente, letanía entretenida en agudizar la inteligencia para sortear el camino de espinas hacía la pubertad, y mientras tanto, mi madre seguía en la bobería, mi abuela con cada arruga nueva subía un estadio de mala leche, y mi padre, pobrecito, seguía en un colegio vital sin visos de finalizar nunca, a veces escuchaba las voces de mi madre y de mi abuela desde la cocina. 

  • Muchacha, tu no ves que el niño este ha salido a él. y ella contestaba. 

  • Ay, mamá es solo un niño, estoy casi segura de que cambiará. 

  • Que va a cambiar, replicaba el “Zaius” casero de extrarradio barcelonés que me toco como abuela. 

Y tenían razón, no cambie, además de todas las taras que me veían, también se debían pensar que era sordo, con lo tranquilo que estaba yo meciéndome sobre mi cordón umbilical, mientras navegaba en el líquido amniótico, que placentero era oír el eco de palabras ininteligibles. 

Jordi Rosiñol. 

 

jrosinol

Nacido en Barcelona, catalán al cincuenta por ciento y por igual de orígenes murcianos. Desde la emigración forzada por la necesidad tras la Guerra Civil, soy el primer retornado de mi familia al mencionado origen. Autor: «Nunca pinto sueños o pesadillas. Pinto mi propia realidad» Frida Kahlo — premio con el relato «Urgencia humanitaria» en el I Concurso de Microrrelatos Navidad 2017 de Molina de Segura. — Finalista con el relato «Hipocresía» en el I Premio Espacio Ulises 2017. — Seleccionado con el relato «El cine de las sábanas blancas» en la antología de relatos «Ulises en el festival de Cannes» Playa de Ákaba 2017. — Seleccionado con el relato «La ventana a la libertad» en la antología «Cosas que nos importan» Playa de Ákaba 2017. — Seleccionado con el relato «La batuta mágica» en la antología «Las 7 notas musicales» Defoto libros 2017. — Columnista habitual desde 2015 en «Periodista Digital» dirigido por Alfonso Rojo. Anteriormente colaborador con opinión en «Crónica Global» y diversos medios regionales y locales. — Articulista de opinión en el Semanal Digital dirigido Antonio R Naranjo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *