Reflexiones catalíticas. Por Hijadecristalero

Ahora que tenía a los chavales casi convencidos de que un invierno sin calefacción nos vendría muy bien para endurecernos (más), mi madre nos ha traído una catalítica.

Una Bosch moderna, pero con su bombona de butano en la trasera (y otra de repuesto en la terraza), como las estufas que tenía mi abuela.

Encenderla y viajar en el tiempo ha sido todo uno gracias al olor, que yo asocio con el yugo y las flechas, porque mi abuela vivía en un piso de protección oficial que tenía la chapita sobre el portal.

A veces tengo la sensación de que yo estoy realizando el mismo viaje que ella, pero a la inversa. Ella salió de la miseria y acabó teniendo calefacción central y mucama –que pagaban los hijos-. Yo he vivido gran parte de mi vida en la clase media alta, y cada día que pasa bajo un escalón más en la escalera social. Por suerte, tengo en la manga el as de una cabecita que no para de idear y escribir cosas para llevar un poco de pan a la mesa, y lo mismo cualquier día paso de la pobreza al desahogo. Si no, habré muerto en el intento. Y mis hijos tendrán apasionantes historias que contar a mis nietos: la del abuelo que se rindió al los cuarenta y la de la abuela que murió luchando.

Mientras, vivo como mi abuela en el franquismo: contando las monedas, mirando mucho los precios e imponiendo disciplina familiar. No tengo piso de protección oficial, pero tampoco lo merezco: tengo estudios y un pequeño patrimonio, se da por hecho que debería saber ganarme la vida. Yo solita me lo he puesto muy difícil, no busquéis más culpables.

Pero hay mucha gente en este país que, por A o por B, no tiene ni educación ni patrimonio, sólo un currículum que a nadie interesa, y hoy se ven en la calle. Lozinski dice que lo bueno del Estado comunista era que te daba casa y te pagaba los recibos. El franquismo no era muy diferente: mi abuela nunca habría podido tener una casa en propiedad con lo que ganaba. Los dos sistemas nos venden seguridad a cambio de libertad.
En ninguno de ellos encajo.

La democracia nos da una teórica libertad y nos sube el precio de la vivienda, de la luz, del gas, del pan… mientras lo que ganamos cada día vale menos y la oligarquía se enriquece. Tampoco encajo en ella.

Me encuentro a diario con nostálgicos del franquismo y con nostálgicos de un sistema comunista que nunca conocieron. Con nadie que defienda las cosas tal y como están ahora.
No creo en la vuelta al pasado.
No creo en lo que tenemos ahora.

Ahora mismo sólo creo en la catalítica.
Hasta que se acabe la bombona.

Hijadecristalero

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Un comentario:

  1. Si la hija del cristalero no lo tiene claro, apaga y vámonos.
    Por desgracia, describes perfectamente lo que sentimos una gran mayoría de ciudadanos de este país. Nos han engañado a todos. Nos creímos protagonistas de los mundos de Yupi. Qué pena no haber encontrado a tiempo un buen limpiacristales.

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