La insuperable Realidad. Por Catalina Ortega

 

Estoy tan convencida de que la realidad supera a la ficción como de que Dios aprieta pero… no suelta. ¡Aaaggg! No me gusta la ficción. Me inclino, siguiendo a Verlaine, por primero vivir y después contar. Cuento:

Recuerdo, como si fuese ayer, aquel día que salí de compras acompañada de mi hija Abril. La niña iba loca de alegría. Estrenaba el vestidito blanco que su importante padre, siempre viajando de congreso en congreso, le había traído de Ibiza.

gritoDe lo contado hasta ahora nada parece extraño. Fue al abrirse la puerta del ascensor de El Corte Inglés cuando de repente surgió lo inesperado: Tropezamos con una joven de aspecto «pintoresco» que llevaba de la mano a una niñita exactamente igual a mi hija, incluso, vestida como ella, de tal manera que hubiese parecido que estábamos reflejadas frente a un espejo, de no ser por las evidentes diferencia físicas y de looks entre ambas madres. Tras unos instantes, que me parecieron siglos, en los que nos miramos las cuatro con ojos desorbitados y bocas al punto de la luxación maxilar, comprendimos que el padre de aquellas niñas mellizas de diferentes madres era el mismo señor: mi marido, el amante de la mujer «pintoresca».

¡Qué podíamos decir! Yo, ni pío. Me quedé muda de asombro. Fue la rubia enjoyada de pies a cabeza quien rompió el silencio gritando una palabras ininteligibles con acento ruso (creo) acompañadas de una escandalosa música metálica surgida de sus abundantes joyas, al agitar violentamente los brazos. Pensé que aquella música era mi réquiem. Creí morir de susto. Lo único que entendí, de aquel chaparrón de palabras, fue que mi marido me iba a pedir el divorcio para casarse con ella e irse a vivir con su hija que, por lo visto, también se llamaba Abril.

–¡Tranquila, tranquila! –atiné a exclamar intentando tranquilizar a la rusa, más que nada por evitar un joyazo letal–. No es preciso que mi marido me pida el divorcio, dígale que se lo regalo. Adiós, pendón.

Cogí a mi Abril, con su vestidito blanco, en brazos y batiendo mi larga melena, en orgulloso gesto, le di la espalda a la rusa y me alejé de allí con pasos firmes y altivos a estilo militar de cinco estrellas, lo menos.

El alejamiento fue cortito, ya que la niña comenzó a llorar desesperadamente, llamando a su mamá ¿en ruso? –¡Matb, matbbb…!!–. Comprendí, entonces, que me había equivocado de Abril y volví presurosa sobre mis pasos. El reencuentro fue tan surrealista que la única salida de aquel atolladero fue la risa. Así acabó la historia: muertas de risa las cuatro. Las lágrimas habrían de esperar.

Catalina Ortega

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