La chaqueta del rey Melchor. Por Catalina Ortega

 La chaqueta del rey Melchor

 

Cuando llegan estas fiestas, se me hace un nudo en la garganta que no se desata hasta que El Corte Inglés no descuelga el último adornito navideño. Así viene ocurriéndome desde que supe la verdadera historia de la chaqueta del rey Melchor.

***

–Buenos días, Manuel. ¿Dónde has dejado tu chaqueta?

Repetía esta pregunta cada mañana cuando me cruzaba con Manuel, el arrumbador, que tiritaba en mangas de camisa sin encogerse, sacando pecho. Mediaba helado el mes de enero. Él sacudía los hombros en silencio y, sonriendo, me pellizcaba la mejilla sin contestar. Ambos seguíamos nuestros caminos: al duro trabajo en la bodega, él; hacia la escuela, yo. Al atardecer, volvíamos a cruzarnos. Ya, en aquella hora, Manuel, completamente borracho, ni me veía. Cantaba a voz en grito con la dislalia propia de la borrachera.

Era costumbre que los arrumbadores de las bodegas, entre empujón y empujón a las enormes botas de madera, bebieran  traguitos de vino o de coñac, para aliviar el dolor de espalda que la faja de tela recia, enrollada a la cintura, no conseguía mitigar. En el caso de Manuel, el vino, además de servirle de anestesia, le hacía olvidar el frío.

La curiosidad es algo definitivo en mí. Tras varios días de preguntar a Manuel por su chaqueta sin obtener respuesta, le seguí hasta su casa. María, su esposa, sentada en una silla de enea, preparaba el brasero de picón avivando la lumbre con un soplador de palma, echando, de cuando en cuando, puñaditos de alhucema sobre las brasas. Mil virutas de fuego perfumado, en lluvia inversa, caldeaban la tarde de enero de la calle Arrumbadores, n.º 6. –María, ¿por qué Manuel no lleva chaqueta?

María me miró un segundo con esa mirada de resignación que tienen los desposeídos de la fortuna, forzando una leve sonrisa, y siguió agitando el soplador sobre las brasas.

–El jornal es escaso –me dijo–, y mi Manué quería que su niño tuviera turrón y pavo, como los ricos. Y no dio pa más. El día de Reyes no quedaba ni un real, cogió la chaqueta, se fue al Monte de Piedad y la empeñó: doscientas pesetas le dieron por ella.

Mientras hablaba María, sin levantar la mirada del fuego –la alhucema al vuelo gritando sus chisporroteos–, se abrió de par en par la puerta de la casa dejando ver la humilde mesa con mantel de hule de cuadros rojos y blancos; el botijo de agua, en el centro, cubierto por un pañito de croché y… apareció, de pronto, el chiquillo de Manuel mordisqueando una rebanada de pan con manteca colorá, tirando orgulloso del caballo de cartón-piedra que le había traído el rey Melchor.


Cuando nos cruzamos a la mañana siguiente, ya no pregunté a Manuel por su chaqueta.

–Buenos días, Manuel… –balbuceé con voz apenada, y él, experto en mentiras que salvan, sin dejar de sonreír, me mintió con toda sinceridad:

–¡Alegra esa cara, Catillaaa…, que ya viene por ahí la Primavera! –gritó entusiasmado «el rey Melchor»–. ¡Ya se va notando la caló! ¿No la sientes?

–Sííí, Manuel –susurré tragándome la mar interior que a veces nos rebosa del alma–, ya estoy sintiendo tu calor.

Y se alejó feliz, tiritando, con la enorme sonrisa del color azul que presta, a los labios, el frío insoportable del hambre en Navidad.

                                                                                                 ***

En estos días, todo me huele a alhucema y el pensamiento se me vuela al recuento imaginario de millones de padres que, cual «el rey Manuel Melchor», cruzarán las heladas mañanas sin su chaqueta, abrigados por el calor de un corazón de padre capaz de convertir enero en un cálido mayo en flor.

Catalina Ortega

VN:F [1.9.22_1171]
Rating: 10.0/10 (2 votes cast)
La chaqueta del rey Melchor. Por Catalina Ortega, 10.0 out of 10 based on 2 ratings