-No me gusta ser orgullosa, Simón. No me lo permitas.

-Estás en tu derecho.

-¿De portarme como una bruja? Me olvido de tus hijos…

Mayordomo, secretario y marido, por este orden, de una caprichosa estrella de los best-sellers. De la más hipócrita. Simón no responde. Camina hacia el mirador, un cigarrillo mediado, el pijama flojo. Se entretiene oteando con los prismáticos la fauna matutina del Paseo de los Ingleses. El humo le achina los ojos. Trasiego de jubilados trotones y morenos, ciclistas de ambos sexos con una baguette asomada por el cestillo, octogenarias charlando con su perrita lulú, patinadoras piernilargas de indolencia calibrada al milímetro. Turistas, en noviembre, pocos, pero muchas palmeras y pinos y acacias y gaviotas. Reina la armonía del lujo civilizado y un punto ruinoso de Niza. Conteniendo las olas, el puerto deportivo con su plantación de mástiles y gallardetes. Al este, Montecarlo.

Risueño, Simón le hace notar a Lydia lo espléndida que surge la mañana y que tal vez luego salga a correr. Se siente con ganas de pisar la suave comba de la bahía con sus zapatillas voladoras. Y, como añadiendo algo insustancial, comenta:

—No se trata de orgullo. Te entiendo, cielo. Mis hijos no querrán gastarse un euro para comprar el pasaje y acudir a tu presentación. Tranquilízate, ni disfrazada y con una escoba sabrías portarte como una bruja. ¡Por Dios! ¡Pero si eres un amor! Te preocupas en exceso. No les invites porque nos responderían con otro desaire.

Lydia anota en la agenda con su Montblanc, las gafas diminutas sobre la punta de la nariz. Al escuchar a su marido tuerce el gesto en una mueca esquinada que falsifica una sonrisa. Chasquea la lengua. Sabe que Simón miente, que quiere a sus hijos con locura y mataría por volver a abrazarles, pero también que le debe mucho a ella. Por supuesto que se ha acordado, aunque sin la menor intención de invitarles. Sus hijastros, ese par de mequetrefes soberbios… ¿Qué se han creído? Faltaron a la boda de su padre sin un motivo de peso. Se juró que aquél iba a ser el último desprecio.

En realidad Simón le debe todo. Cuando se conocieron era un donnadie divorciado con menos luces que un grillo, incapaz de redactar ni un correo electrónico. ¡Y con dos hijos! ¿Fue su atractivo físico? ¿Su labia? ¿Esos ojos de gladiador? O… ¿su disciplinada aplicación en la cama…? Crucero, Caribe, boda. En fin…

Sobre el mantel de hilo, en la mesa, café, dulces, fiambre, un frutero lleno, periódicos… Y la novela recién editada, con la foto en la solapa de una cincuentona de melena flamígera y labios neumáticos, dispuesta a seducir al lector y al mundo entero. Debajo el resumen de un currículo literario de alto voltaje. Junto al libro un portátil. Lydia mira el reloj y conecta la webcam. En la pantalla aparece un maduro encorbatado que saluda: Michel, su agente en París. Bonjour à tous les deux! Le anuncia que la barcaza-restaurante está lista, catering, música, avisada la prensa… ¡Y el sábado por la noche, hechicera de las letras, tu belleza, tu inteligencia y tu prosa, al unísono, sobrevolarán los históricos pretiles del eterno Sena junto con los rendidos aplausos a tu talento!

A Lydia le suena a trovador barato, a verborrea delirante, aunque reconoce que se gana la comisión y ¡qué leche, me encanta que me adulen! Su marido, entretanto, ha dirigido los prismáticos hacia la gacela con diadema de auriculares que se detiene sudorosa frente al hotel, en la terraza del Chantecler; se relame, ahí llega puntual, como cada mañana. Hoy está para comérsela cruda. La joven inicia unos estiramientos gatunos, dirige la vista hacia la palaciega belleza del Negresco, con su cúpula rosada y las balconadas de hierro vegetal centelleando al primer sol. Puro cromatismo luminoso. Tan retratado. Simón mueve los prismáticos hasta que ella percibe los tres centelleos consecutivos desde el ventanal del quinto piso. La señal le provoca una sonrisa de inocente malicia y un leve asentimiento. OK, Simón, sé que me estás observando, y te deseo, y te espero; esta noche consigue librarte un par de horas de esa enloquecida y no te arrepentirás.

La enloquecida se ha maquillado apenas levantarse, envuelta en el albornoz de toalla piensa en el sábado, y me tocará discursear, y agradecer de corazón el esfuerzo a los colaboradores de mi nueva obra. ¡A esos botarates lameculos! En primera fila estará Michel. Desde la pantalla del ordenador suena la voz de éste, gesticula, le advierte a su pupila que mande enseguida el correo con la lista de invitados. Mi princesa, incluye a los críticos en nómina, y no olvides ninguno de los que cuentan de verdad en el Elíseo, nunca se sabe quién puede ayudarnos a promocionarte. El resto déjamelo a mí. Sabré estar a la altura de mi escritora favorita. Concluye:

— ¡Tenemos en ascuas a las editoriales extranjeras que fabrican las mejores sopas de letras —exclama con el pulgar en alto—. Lydia, guapísima, no imaginas la gente tan importante que me telefonea!

Simón, de espaldas, escucha la voz de Michel con fastidio. Se ha desentendido de la calle y medita sobre Lydia y él, sin siquiera mirarla, ¡qué me importa esta tipa!, deja resbalar su vista por las franjas plateadas del mar y por unos cirros viajeros como colas de caballo desperdigadas en el cielo. La mandíbula y los puños comprimidos, porque antes de salir a correr me espera el paseo del caniche y acercarme a la farmacia por su ración de ansiolíticos. Dispara la colilla con rabia, abajo, hacia el estanque de los nenúfares, y casi le acierta a una garza que se sostiene impávida sobre una sola pata, como un monje zen.

Lydia, sola frente a la webcam, apoya la yema del índice en el labio inferior. La señal pactada. Michel, en la pantalla, saca el móvil y se lo muestra, luego presiona el botón Enter. Una vibración en el bolsillo del albornoz de la novelista. Móvil en silencio. SMS. Carpeta de mensajes. Buzón de entrada. Nuevo mensaje. Y el móvil dice que el sábado consigue librarte un par de horas de ese imbécil y no te arrepentirás.

Rafael Borrás Aviñó

 Rafael Borrás Aviñó

letrasrafaelborras@gmail.com

Colaborador de Canal Literatura en la sección “ Desde mi sillín”

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