Nadie sabe cómo llegó a la ciudad Martín Nogales, Martinillo. De esto hace ya tiempo. Apareció con el frío y la niebla en la esquina de la antigua estación de autobuses con un suéter mugriento que le cubría todo el cuerpo. Durante meses subsistió entre cubos de residuos y bolsas de basuras. Su cara ancha y su boca entreabierta dejaban asomar una dentadura tan pobre y deforme como su aspecto. Padecía una extraña enfermedad por la que sus extremidades estaban acortadas, y se arrastraba por el suelo como un reptil. Su figura mostraba, a primera vista, cierto rechazo; pero en el gesto de su mirada, una cándida solicitud de cariño te obligaba a devolver una sonrisa.
Tumbado sobre unos cartones permaneció durante meses en el quicio de uno de los portales de la estación de autobuses, hasta que un encargado supervisor, conmovido por su estado, le facilitó un cuartillo en uno de los costados del ruinoso edificio. Una habitación reducida, sin ventana. Los empleados de la limpieza le tomaron cariño y le facilitaron una colchoneta, una almohada, una manta y una vieja silla de ruedas, que le arregló Esteban el mecánico para que pudiera subirse a ella; su reducido tamaño no le permitía ni siquiera sentarse en una silla.
Con su escaso lenguaje cuenta que lo trajeron en una camioneta desde otra ciudad, en la batea, sobre un cargamento de patatas. Recordaba haber tenido un hermano de nombre Genaro, y parece ser que también una hermana. En algunos momentos de melancolía, añoraba el lugar de donde llegó; hablaba de calles y rincones como si fueran su casa. De Paco, que le cantaba y le daba un plato de comida. Y de las olas grandes de la “falora” del puerto, decía.
La silla de ruedas fue todo un cambio radical en su modo de vida. Se acabó el arrastrarse hasta la esquina del bar de la estación de autobuses para mendigar, se acabaron los puntapiés y los insultos que recibió del encargado del bar temiendo que espantara su clientela. A pesar de su aspecto, mostraba la cualidad de caer bien a la gente. Cantaba canciones populares que el público le pedía y entonaba con su voz de tenor; aunque siendo corto su lenguaje, era agradable su canto.
Por el callejón donde daba su cuartucho, todas las mañanas esperaba a Franchesco con el camión de la basura; hacía sonar el claxon y Martinillo brincaba desde el suelo, como un resorte, y gritaba: ¡Piii, piiiii! Su mirada de coral negro con sonrisa permanente transmitía la gratitud de sentirse vivo. Ahora, con silla de ruedas, se le presentaba la disponibilidad de explorar nuevos espacios, descubrir la ciudad desde otra perspectiva. El tiempo y esfuerzo de antes para desplazarse hasta la esquina del bar, ahora era una insignificancia.
Tras idas y venidas encontró en el mercado de abastos, a pocas manzanas de su refugio, un modo de ganarse la vida y obtener algún que otro ingreso. De los fruteros siempre sacaba unas pocas piezas. De los mayoristas de flores conseguía las que desechaban y, en una caja, las transportaba hasta los jardines de la Plaza del Mar. Allí, con paciencia, arreglaba y componía ramos que vendía en el cruce de semáforos a los conductores de los vehículos. Se remetía entre los coches con el tiempo medido para ofrecer sus claveles y voceaba con un estribillo:
–¡Flores pal novio, pala novia, pa tu mujé!¡Flores pa tu madre, que mu güena é!
No se sabe si por su apariencia o por su gratitud, despertaba compasión; el caso es que sacaba un modesto jornal con la venta de las flores. En el cruce del semáforo transitaba todo el día. Hasta que no pasaba Franchesco con su camión de la basura y hacía sonar el claxon, y Martinillo brincaba como un resorte, y gritaba: ¡Piiii, piiiiii!, no daba por concluida la jornada.
Los Jardines del Mar no eran un edén de jardines. Eran unos jardines urbanos como los de cualquier ciudad, en medio de todo. Pillaba de paso para cualquier cosa. Si querías ir de compras, venía bien pasar por allí. Si ibas a la oficina, lo mismo. Por el lugar circulaban viajantes, marineros, amas de casas con carro de la compra, pedigüeños, forasteros perdidos con plano en mano, pensionistas de bastón, manteros, carteristas y una panda de esnifados de pegamento que hacían la ronda como aves de carroña buscando el olor putrefacto de alguna víctima que destripar. En estas rondas andaban tras la pista de Martinillo, observando como su negocio de flores marchaba bien. Comenzaron pidiéndole unas monedas de favor, siguieron las peticiones y aumentaron con las exigencias: aparecían de pronto, le rodeaban y le movían la silla hasta que soltaba el jornal del día.
–A ver la hucha de hoy cómo viene. ¿Estará llena, estará vacía? –Y zarandeaban la silla como si fuera un olivo en la cosecha de las aceitunas.
Aquella tarde, de regreso camino de la estación, con las primeras luces lo siguieron; como lobos detrás de su presa, acechando en cada vuelta hasta descubrir su refugio, aguardaron a las sombras para confundirse con la noche; sólo brillaban sus colmillos ávidos. Entraron por un agujero en la pared del desvencijado edificio al interior de la nave abandonada. Desde su cuartucho sintió los pasos depredadores, notó las vibraciones de odio y codicia. Su instinto de supervivencia y el pánico le hizo arrastrarse hasta un pie de escalera por la que trepó, sin resuello, hasta el descansillo con un ventanal; buscó refugio en el quicio del ventanal, sintió las voces de los lobos, presentía el terror, ahora eran hienas reclamando su nombre: –¿Gusano, gusaniiitooo, sal que tienes visita…! –aullaban.
Martín se arrebujaba como una paloma trémula a los ojos del azor buscando el rincón más profundo, el pozo más oscuro; en su agitación, un falso movimiento le hizo perder el equilibrio; lo precipitó abajo, al fondo de un contenedor de basura en el callejón. Allí permaneció oculto, musitando un llanto oscuro de sus ojos negro coral hasta que el pánico lo durmió y el sueño calmó su miedo.
A la mañana siguiente, como todas las mañanas, Franchesco cargó el contenedor del callejón, tiró de la palanca del prensador y sonó el claxon.
Tienes mi voto
Sí, un buen relato, sin duda. Y el final también lo es.
Me gustó mucho.
Enhorabuena.
Podía ser peor, me refiero a la vida del protagonista de esta historia. Algo de solidaridad se encuentra.Suerte Tristán.
El final,como la adversidad se cobra su pago según las circunstancias o su capricho. A fin de cuentas no debemos olvidar que forma parte de la realidad al igual que la fortuna. Su capricho narrativo me parece el más adecuado, porque en el fondo el lector suele inclinarse siempre esperanzado quizás a lo contrario.Le deseo un final mas feliz para su relato ,Tristán y felicidades.
Buen relato, corto pero aportando lo necesario: adecuado ritmo y fuerza dramática. A mi juicio, el final es el apropiado, nos agrade o no. Un cuento de perdedores no puede acabar en boda. ¿O sí? Sinceramente, me hubiera gustado leer algo más, se queda un pelín corto para tan buena prosa.
Enhorabuena, Tristán
Un duro relato. No hay triunfadores sólo víctimas.
Suerte!
Buen relato y dignamente escrito. Lastima del final y su concesión a la truculencia efectista.
La vida en la calle… con todas sus aristas
Reconozco que el relato de Martinillo me ha atrapado y he leído de tirón hasta ese amargo final. Y no me suele gustar lo que se recrea en la desgracia y despierta la compasión, así que le achacaré el mérito a un buen hacer narrativo. Felicidades.
Buen relato, tocando la fibra sensible al límite, hasta el -para mí- innecesario final que roza el morbo.
Muy buen relato, me ha encantado a pesar del regusto amargo que me ha dejado en el estómago. Voy a desayunar y a sacudírmelo de encima, que no es forma de enfrentarse a la vida con las tripas revueltas.
Duro relato que parece sacado de las mejores escenas del neorrealismo italiano de posguerra. El autor no da puntada sin hilo y, al final, todo tiene relación. Muy bien escrito, con ritmo.
¡Esto es un relato! Tiene todo lo que debe tener un buen relato. Muy bueno.
¡Enhorabuena y suerte!
Muy trágico ¿no? Se ve que en esa ciudad no regía la Ley de Dependencia, ni Cáritas,ni los servicios sociales. Pero está bien escrito. Me gusta.
Iba a plagiar el comentario a ese señor/a que está encima de mí( Pérfido creo) en todo lo que opina de su relato porque no encuentro otra forma de decirle que me parece bastante bueno.
Dese por enterado concursante.Suerte y enhorabuena
Muy bueno tu relato. ¡Enhorabuena!
Vaya forma de finiquitar un relato en tan solo la última línea. Breve y contundente, como un disparo entre ceja y ceja. Una historia de perdedores (probablemente unos más que otros) para la que hubiéramos deseado un final más feliz del que acontece. Buen escrito.