Amuleto. Por Byron Villagómez

 Amuleto

   Miraba con ansiedad su reloj de pulsera a cada instante. Pronto sonaría la primera campanada y aún no tenía el amuleto entre sus manos. El auditorio estaba lleno, no existía ni una sola butaca vacía, y todo el público lucía expectante en medio de la tenue oscuridad que el efecto de las luces producía en el ambiente. Volvía a mirar su reloj; las agujas parecían dar vueltas cada vez con más velocidad, y sentía sus nervios elevarse al tope con cada segundo transcurrido. Inconscientemente, al fijarse en los complejos adornos del reloj, por un instante se abstrajo de la realidad y recordó el instante en que se hizo de aquel elegante Bulova de las manos de su hermana, ya mucho tiempo atrás. Trajo a su mente aquel momento en que, tras alcanzarla en la parada de autobuses, luego de perseguirla en lamentable trote por varias cuadras, logró detenerla por un instante e insistirle con exagerado gesto que se quedara. Su hermana la miró directo a los ojos con cierta soberbia, pero la identidad que las unía en lo profundo la llevó a derramar dos lágrimas que se estiraron sobre tu tez hasta acariciar las comisuras de sus labios. Sin bajarle la mirada, hurgó entre su bolso hasta encontrar el reloj plateado, reluciente, adornado en su contorno con formas sobre relieve indescifrables, como si se tratara de alguna pieza de una vieja basílica. No cruzaron ni una sola palabra, y su hermana se despidió tan solo con una leve y melancólica sonrisa, casi no más que una mueca en sus labios, y con la entrega de aquella joya, cuya verdadera procedencia nunca se sabría. Tras retornar a la ansiedad del momento, recordó que ya diez años habían transcurrido sin que hubiera vuelto a ver a su hermana, y, aunque le guardaba siempre sentimientos contradictorios, cada vez que salía al escenario imaginaba que ella estaba ahí viéndola actuar, orgullosa y en primera fila.

   La primera campanada sonó y la directora le insistió en que se uniera al grupo para la acostumbrada ceremonia cabalística previa a cada obra. Se sintió entonces bastante desdichada, porque no podría realmente imbuirse en la cadencia del canto ligero que todo el grupo entonaba como parte de ese ritual. A diferencia de otros directores con los que había trabajado antes, que de una u otra forma al final de cuentas siempre dejaban a todos en libertad de que hicieran su propio ritual en soledad, esa directora gustaba de llevar a cabo una corta pero intensa ceremonia grupal, ya que decía que cada puesta en escena significaba una transformación comunal e integral para todos quienes la componían. Algunos de sus compañeros no se sentían tan a gusto con esta idea, pero igual lo hacían por respeto aunque sobre todo porque sabían que finalmente estaban logrando cautivar al público tan difícil de aquella ciudad, y hacer algo grandioso al mismo tiempo. Ella en cambio se sentía a gusto con ese ritual, lo apreciaba en toda su magnitud, y pensaba que así se compenetraba aún más consigo misma y su personaje. Por ello es que sintió tanto malestar de no poder tener sus pensamientos en paz en aquel momento, por no poder ser realmente parte del ritual porque su mente estaba en otro lugar.

   Su amuleto la había acompañado desde niña. Cuando estaba en la edad en que ya podía escribir fluidamente, empezaron a hacerle las infaltables preguntas acerca de lo que quisiera ser cuando fuera grande. Su réplica durante muchos meses siempre fue la misma, que nunca iba a ser grande. Sin embargo, esa respuesta cambiaría de súbito una noche de abril. Sus padres habían decidido llevarla a ella y su hermana por primera vez al teatro, a una obra complicada que seguro en su corta edad no entenderían, pero que sus padres pensaban serviría para que muy tempranamente pudieran comenzar a apreciar ese tipo de arte. Entonces, al final de aquella velada, ella descolocó y dejó perplejos a sus padres cuando, tras ofrecerles una interpretación insospechada pero profunda y detalladamente bella de la obra, les dijo que de grande quería dedicarse a la actuación. Ante ello, su madre no pudo evitar sonreírle como lo hizo cuando la tuvo por primera vez en brazos, y su padre complementar la emoción con alguna sutil broma sobre el esfuerzo y la dedicación. Valga decir, todo ello ante la celosa y silenciosa mirada de su hermana. Fue entonces que, tras llegar al hogar, su madre se dirigió a uno de los cajones del semanero de su habitación y, por debajo de unos camisones, sacó una cajita de madera, color azul oscuro, y en la cubierta con la figura en escarcha de una minúscula bailarina. Se la llevó ante su presencia, y le preguntó sobre qué creía que había en el interior. Ella se quedó absorta por un instante, asombrada por la perfecta figura de la bailarina, y luego contestó que debía ser algún recuerdo de la abuela. Su madre se quedó una vez más sorprendida ante su asombroso acierto, y le explicó que en efecto su abuela había sido una gran danzarina y que en cada presentación siempre llevaba una pulsera dorada, que decía era su amuleto de la buena suerte. Sus ojos brillaron ante la emoción de poder ver esa pulsera, y aún más por intuir que seguramente todo esto significaría que pronto pasaría a sus manos. Entonces abrió la cajita y pudo observar el brillo reluciente de aquella pulsera, una alhaja minimalista, sin otro adorno más que las diminutas iniciales de su abuela grabadas en la cara interior. Naturalmente, aún le quedaba muy grande como para empezar a usarla desde entonces, pero de inmediato se imaginó llevándola en cada momento cuando ya le calzara bien. Así, su madre le entregó la cajita, pero le insistió en que no era cualquier adorno, sino un amuleto único y maravilloso para usarlo en ocasiones muy especiales. La idea de usarlo en cada momento se esfumó de su mente anta tal advertencia, pero el tiempo luego determinaría que esa prenda que su abuela usó únicamente cada vez que se presentó al ballet, ella la usaría solamente en cada obra en la que actuaría.

   La segunda campanada retumbó en sus oídos, en el momento preciso en el que el ritual cabalístico terminaba. Miró el reloj inútilmente una vez más, y su ansiedad era insoportable, ya que al no tener su amuleto le sería imposible actuar. Sus pensamientos daban círculos en su mente, y la idea de tener que abandonar el lugar de improviso, ante la mirada absorta de sus compañeros y el terror desgarrador de la directora, se apoderaba cada vez más de ella. Se sentía ya aprisionada ante la imposibilidad de salir al escenario. Tendría que alegar miedo escénico incontrolable, ese que incluso a artistas duchos y experimentados les invade, repentinamente, en alguna que otra ocasión, y les lleva a abortar su participación. Pero eso les es permitido a las grandes estrellas, pensó ella, y no a alguien que todavía estaba tratando de hacerse un espacio en el mundo hostil y a veces incluso violentamente competitivo de la actuación teatral. Defraudar de esa forma a su directora y a sus compañeros sería prácticamente archivar su carrera en esa ciudad, al menos por un largo tiempo, si no para siempre. Trató entonces de controlarse un poco. Le resultaba inaudito que, luego de haberse presentado más de cincuenta veces durante los últimos dos años, fuera esa la primera vez que no tendría su amuleto. La sola idea de pensarlo le hizo derramar unas lágrimas, que dañaron un poco su maquillaje y por ende le hicieron sentir aún más ansiosa y apenada. Había decidido minutos antes dejar de recriminarse por su descuido, pero no pudo evitar volver a pensar en cómo no se había asegurado con más cuidado de traer su inseparable amuleto.

   La noche anterior en su departamento, había dejado todo listo para al día siguiente no estar en apuros. El atuendo, el maquillaje, los pañuelos, la música que escucharía para relajase, el paraguas por si llovía. Todo lo había dejado listo, incluso a riesgo de perder un par de horas de sueño con tal de no dejar ningún cabo suelto previo al gran día. Entonces, recordó que su amuleto siempre estaba bien guardado en la caja azul con la figura de bailarina, tal y como se la había entregado su madre, y por eso no se molestó siquiera en revisar su interior, y simplemente la guardó en uno de los bolsillos ocultos de su bolso. Tras repasar nuevamente por unos segundos todos los posibles detalles, apagó la luz y se acostó a dormir. Al día siguiente sólo se ocupó de arreglarse rápidamente, tomar todas sus cosas, y dirigirse al teatro a preparar todo. Se reunió con sus compañeros, degustó un almuerzo muy agradable junto a ellos, bebió un par de copas de vino para aflojar los nervios, y luego de arreglarse un poco participó en el ensayo final que dejó a todos con buenas sensaciones. Luego cada uno se fue a su camerino a alistarse, y ella se tomó su tiempo para relajarse, compenetrarse más con su personaje, y alcanzar esa sensación de emotividad y concentración pasiva que le permitiera liberar todo su talento artístico tan arduamente trabajado durante años. Se puso con sumo cuidado su atuendo, se maquilló con toda precaución, y entonces se miró al espejo por última vez, satisfecha y entusiasmada. Con media hora por delante para el inicio de la obra, buscó en su bolso la cajita azul, la observó con paciencia y emoción por unos segundos, reparando en la brillantez plateada de la bailarina, y finalmente la abrió. Un abismo terrorífico se presentó ante a ella, como si al abrir la caja de repente se encontrara en la entrada de un hoyo negro del cual no tendría escapatoria. Desde ese momento perdió toda su calma, buscó incesante y desesperadamente en su bolso, luego entre su ropa, y por último en cada rincón del lugar y de sus pertenencias. Nada. No podía ir y volver de su apartamento a buscar allí su amuleto porque el tiempo era demasiado corto. Intentó tranquilizarse por un momento y pudo encontrar un teléfono de monedas en el pasillo de los camerinos. Llamó a una de sus vecinas, una con la que se llevaba bien y mantenía una relativa confianza, y le pidió de favor que buscara una pulsera brillante en su habitación, que para entrar podía usar una llave escondida cerca de la puerta. Pero la respuesta de su vecina la dejó a un mismo tiempo desconcertada y desolada. Una mujer, de su edad más o menos, había salido de su departamento apenas unos momentos antes, golpeado a su puerta, y dicho que si ella llamara le dijera que su pulsera estaba en camino. Su vecina no pudo averiguar nada más porque la mujer se retiró de inmediato y sin siquiera despedirse.

 amuleto

En cualquier momento sonaría la tercera campanada, y parecía inevitable ya que tendría que presentarse sin su amuleto. Se sentía incompleta. Se sentía desgarrada. Sentía que no podría interpretar su personaje como correspondía, que sería una actuación menguada, insulsa, desfavorable, y llena de errores. Sentía que fracasaría, que por primera vez en su carrera quedaría en ridículo y sería criticada duramente. Imaginó el escenario fatal luego del final, con todos sus compañeros sonriéndole forzadamente y su directora mirándola con una mezcla de rabia contenida y tristeza insoportable. Todo eso lo visualizaba y se recriminaba. Nuevamente, ante la evidencia de lo insuperable, se preguntó ¿quién es esa mujer que se llevó mi amuleto? ¿Cómo diablos entró a mi departamento? ¿Dónde está mi amuleto?

   Entonces, sin poder refrenar todo su temor, pensó que era momento de afrontar la realidad. Justo antes de que sonara la tercera campanada, asomó su mirada por entre el telón para observar por última vez al público, antes que la total oscuridad lo hiciera imposible, y notó ese brillo dorado que tanto anhelaba en su muñeca y que ahora lo veía rutilando sobre uno de los apoyabrazos de alguna de las butacas. Sintió un vacío pavoroso y abisal en su estómago, y trató de enfocar su mirada aún más en dirección a ese brillo. Hizo todo el esfuerzo posible para poder mirar mejor lo que sucedía. Pensó en ese instante que su directora quizás sí accedería a retrasar unos segundos la obra hasta tratar de recuperar el amuleto. Pero luego pensó que quizás no era más que una alucinación, una mera ilusión creada por su desesperación. Entonces una tenue e inesperada luz se posó sobre la butaca desde la cual provenía el aparentemente imaginario brillo dorado, y pudo notar esa inconfundible mueca que nunca había olvidado. Esa mueca que en un parpadeo se transformó en susurro. Pudo así, en el preciso instante en que sonaba la tercera campanada, leer de sus labios: «aquí está tu amuleto, hermana mía».

   Y la obra empezó.

Byron Villagómez

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2 comentarios:

  1. Un final emocionante para una historia de desencuentros.

  2. Los amuletos como algunas personas, son referentes tantas veces al emprender una actividad que su presencia o su recuerdos suelen ser la primera respiración de la acción.
    Gracias por el relato y por dejarnos leerlo Byron. Bienvenido a esta comunidad.
    Saludos

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