
¿Quién dice la gente que soy yo?
La teología es para abrir caminos. Pero los caminos se hacen andándolos personalmente.
La mente humana consta de una parte consciente y otra más profunda que es el inconsciente. Lo consciente― según Freud― es la parte visible del iceberg que flota en el pensamiento, pero que oculta la mayor sumergida que es el inconsciente. En el consciente se da la razón. Lo verificable. El “ya”. La duda razonable de todo. En el inconsciente se da lo sensible, lo utópico, el anhelo de lo posible. El todavía “no”. Es donde se gesta el principio de la necesidad de la confianza.
En el hombre se da una ambivalencia. De una parte, la duda constante, el no tener seguridad de las cosas hasta poder comprobarlas. Dudar incluso de la vacilación. De la otra, la necesidad de confiar durante el recelo para no perderse en la desconfianza. Como ser pensante ha de tener consciencia de que para soportarse a sí mismo ha de existir una verdad que lo sostenga.
Como decía Ionesco, caminamos por la tierra apoyándonos en el que nos precede, dando todos vueltas y más vueltas en la rueda de la soledad acompañada. Inmanencia. La única respuesta para poderse dar razón de la existencia es elevar la mirada hacia el cielo. Buscar más allá de los confines humanos. Trascendencia.
El Pueblo vivía de la expectativa. De lo que se le anunciaba ocultamente y trataba de comprender. Los profetas y la razón. El hombre sabe de la insuficiencia de su saber, y por eso, aunque reconoce la divinidad como infinitud de los anhelos humanos, en su empeño en descorrer el velo le puede ocurrir como a aquel “Ícaro” que quiso acercarse al sol demasiado y construyó para ello unas alas de cera, y al aproximarse se derritieron viniendo a caer en el abismo de la soberbia del saber. Por eso, convencido de la futilidad del intento grita en su peregrinar: “Muéstranos tu Rostro”. (Sal, 27)
Dice el prólogo del cuarto evangelio: “La Palabra por la que todo fue hecho era Dios. Vino al mundo y no la conocieron”. Lo que para el hombre fue imposible subir hasta los cielos, el cielo se abajó hasta entrar en la tierra.
En esto consiste el misterio de la “Encarnación”: en que la Omnipotencia―que no podemos ver, pero sí reconocer su huella― ocultó su poder creador mostrándose como Amor. Pues el ser humano no tiene capacidad para comprender el poder omnímodo, lo cual le conduciría primero a la vesania y después a la muerte, pero sí tiene necesidad de ser amado y de amar. La libertad de poder amar es lo que le lleva a la búsqueda del Misterio de saberse amado, a pesar de sí mismo y sus límites.
(Para hacernos una vaga idea acerca de esa “huella” creadora ―la obra de su autor―pensemos en las dimensiones del Universo, tomando como referencia la velocidad de la luz (= 1.079.252.848,8 k/h). La estrella más cercana se encuentra a unos 4/5 años luz. Desde el sol a la Vía Láctea 27.700 años luz. La Vía Láctea mide un contorno de unos 100.000. El Universo 9.000 millones. Algo inconcebible para la razón humana que no cabe en ella. Pero, lejos de la admiración no hacemos sino situarnos en el límite del comienzo. ¿Qué hay fuera de ese espacio infinito? ¿Nada? ¿Y qué es nada? Sólo pensarlo puede resultar mareante.
Vino al mundo para que lo humano pudiese ser injertado en lo divino. Porque, una cosa es el “saber”, que es hijo de la cultura, y otra el “conocer”, lo cual implica que se desvele por sí mismo al mundo lo que es objeto de nuestro deseo de penetrar en su esencia.
La encarnación implica una nueva imagen del Creador y del hombre. Ya no necesita ser entendido como el que habita en el Tabernáculo con las Tablas de la Ley, cuyo solo nombre inspira terror, sino el Padre que cada día sale al camino esperando la llegada del hijo pródigo, que lo abandonó y vive el desamparo de su propia suerte.
Este es el mensaje del cristianismo, que más que una religión puede entenderse como un humanismo trascendente. El hombre no tiene ya que gritar con Michelet en la hora de su muerte aquello de “¡Mi “yo”, que me lo arrebatan”, sino “en tus manos encomiendo mi espíritu”!
La Palabra vino al mundo y no la conocieron (Jn 1)
El pueblo hebreo aguardaba la llegada de un Mesías liberador que le devolvería la libertad y encontró un Hombre que predicaba la no violencia y el amor a los enemigos, y aquello debió resultar algo inaudito. Su familia más cercana llegó a tenerlo por loco. (Mc 3) Sus enemigos, los que procuraron su muerte reconocieron los signos que le acreditaban (= milagros), pero lejos de creer decían que los hacía en nombre de Belcebú. (Mt 12) Fueron necesario concilios para tratar de conocerlo. Unos decían que era más divino que humano y otros que más humano que divino. El más cercano de sus discípulos lo negó tres veces. Los seguidores le abandonaron en la hora de su muerte dejándole en la más completa soledad (Mt 27). Incluso el N.T (Mt 11,27) dice: “al Hijo sólo lo conoce el Padre”.
Para conocerlo realmente no basta la sabiduría humana que puede tener apoyo en el saber teológico y filosófico, sino más bien el “seguimiento”. Esto es, hacer lo que manda (Jn 13) (= practicar el bien)
Decía Kierkegaard: “Calla. Enmudece, pues estás ante el Absoluto. Al anunciarlo cae de rodillas ante lo inefable, lo inexpresable. Porque la Palabra hablada es inefable.
Le preguntaron al Cristo: “Muéstranos al Padre”, y él respondió: ¡Quien me ve a mí lo ve a él”! Los signos que os muestro puedo hacerlos porque está en mí y yo en él.
En lenguaje antropológico ese Hombre ha alcanzado el punto omega en la creación y por tanto vive cumpliendo la voluntad divina. Él es el misterio desvelado. El rostro de lo humano que ha de recuperar el hombre y el rostro de lo divino que llega. Esta es su identidad. El Misterio de la omnipotencia se muestra al mundo en forma humana.
El judaísmo lo desvela de manera parcial, pues parcial es lo que muestran de él los profetas. El islam venera al Ser Supremo que está fuera del mundo. En cristianismo cree que lo divino se ha acercado al hombre y no hay que buscarlo en el “cielo”, sino en la tierra y entre los hombres. En este Hombre el fracaso de la muerte se transforma en victoria con la resurrección, primicia para la humanidad.
A modo de conclusión.
El hombre está dotado de inteligencia y libertad para decidir libremente su destino. De una parte, está la “nada” que termina con la muerte. De otra la gracia y el perdón que es superior a su pecado y le conduce hasta la eternidad. El camino es el seguimiento del crucificado.
Ángel Medina
