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SALT, EL TABERNERO

 
SALT, EL TABERNERO

Se murió por la tarde, pocas horas después del solsticio de verano. Era muy mayor y desde que se vino de su granja en Utah había regentado durante más de cincuenta años la taberna del cruce de la carretera. Preparaba el mejor café para no dormirse uno al volante durante 24 horas y llenaba insuperables bocatas matahambres con lonchas transparentes de beicon. En su taberna “Bandera de Utah”, adornada tras el mostrador con una amarillenta bandera de aquel estado, recalaban además de los vecinos del lugar tanto los conductores de camiones de larga distancia como los trabajadores de las granjas del entorno.

Ante el impacto que el calor veraniego  pudiera tener sobre el cuerpo, el enterrador del pueblo trajo en seguida el ataud que el ahora fallecido había encargado hace ocho meses. Ya era de noche cuando -con temperaturas que seguían reventando el barómetro de la gasolinera- se puso a acicalar el cadáver con ayuda de una tal Polly, peluquera en paro y, aunque no lo supiera nadie, ni ella misma, hija ilegítima del muerto. Como toque artístico envolvieron el férretro en la vieja bandera de Utah que el enterrador trajo de la taberna. Al recogerla vio un sobre pegado a la pared que se guardó y con las prisas olvidó por completo.

Desde la sucursal bancaria avisaron a las cuatro mujeres de las que Salt se había divorciado a lo largo de su larga vida. Dos de ellas negaron conocerlo porque se habían vuelto a casar y otra estaba en la cárcel por estafa. Solo la cuarta dijo que vendría pero al subirse al autobús tuvo una mala caída, la ingresaron y no pudo desplazarse.

Participaron en el entierro ochenta vecinos y una veintena de camioneros de trailer que al final tocaron sus bocinas para despedir al personaje, sus bocatas y su café. El cementerio se embelleció brevemente con nueve coronas de plástico que el incansable viento racheado se llevó en cuanto la gente se fue a tomar unas copas en honor al difunto.

Al día siguiente el enterrador se acordó de la carta que se había guardado sin más. Poco a poco la curiosidad venció a sus intenciones más éticas y terminó por abrirla. La leyó una y otra vez, pasando de la incredulidad a una euforia algo maquiavélica.

En una noche sin luna fue en busca de Polly que nunca le negaba nada ni hacía preguntas incómodas porque quería seguir peinando y maquillando a sus clientes inmóviles, y entre los dos recuperaron la bandera de Utah con la que estaba envuelto el ataúd. El enterrador se la llevó a Salt Lake City donde la subastaron por una millonada porque estaba tejida con hilo de oro.

Quiso dejar todo atrás y vivir bien, convertido en hombre rico. Sin embargo no consiguió borrar de su memoria las instrucciones de la carta de Salt, el tabernero, y un día escribió a Polly para que se viniera con él. Acabaron casándose: ella, la auténtica heredera de la bandera, y él, un enterrador que jamás volvió a vestir de negro.

Dorotea Fulde Benke

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