El primero fue la nariz. Todo el mundo opinaba que era igualita a la de mi padre, y según el refranero popular, ese capricho de la genética constituía una razón de peso para estar orgullosa. Pero no, no lo estaba. Y sí, pesaba bastante.
El primero fue la nariz. Todo el mundo opinaba que era igualita a la de mi padre, y según el refranero popular, ese capricho de la genética constituía una razón de peso para estar orgullosa. Pero no, no lo estaba. Y sí, pesaba bastante.