Caballos en la niebla. Por Dorotea Fulde Benke

Caballos en la niebla

 

Caballos en la niebla.

   Entre la niebla, un centauro; un ser improbable; un hombre alto y desgarbado, inmóvil entre unos caballos que lo observan curiosos. Sus cuerpos echan vapor; al rato, sus cabezas vuelven a descender en busca de una pizca de hierba. El se mantiene quieto entre ellos, las manos apoyadas en sus grupas. La niebla se espesa y una pared blanca va cercando el pasto, separándolo de su entorno, del bosque, del camino…

¬† ¬†‚ÄĒ¬°Ven! ‚ÄĒle llama el enano que ha seguido al amigo desde la casa, a trav√©s del campo, por el sendero de la hondonada‚ÄĒ ¬°Ven!

¬† ¬†Los caballos levantan las cabezas¬† y una yegua vieja se adelanta. Anda despacio, se para, olfatea, y luego avanza confiada, resoplando. El enano siente encogerse a√ļn m√°s su escasa estatura; el caballo que se aproxima le parece enorme, una impresi√≥n incrementada por el pelaje de invierno del animal, al igual que por el vaporcillo que su cuerpo exhala. Sin darse cuenta, retrocede hasta topar con la cerca.

¬† ¬†¬°Ven!¬† ‚ÄĒvuelve a llamar al amigo‚ÄĒ, Te he tra√≠do una manta.

¬† ¬†El hombre alto, que hasta ahora no se ha movido, sacude la cabeza. De su pelo lacio caen gotas. Los caballos en cuyas grupas se apoya, se desperezan y siguen a la yegua. Dejando al hombre atr√°s todos est√°n yendo despacito hacia la cerca del pasto, donde el enano espera agarrando la manta que ha tra√≠do. De pronto un golpe de viento remueve la niebla,¬† empuja y rasga sus velos, saca tiras y las pone a bailar. En medio de la pradera, el hombre mira con extra√Īeza sus manos, ahora desocupadas, luego se toca el cuerpo y la ropa que est√° chorreando de roc√≠o y -¬Ņc√≥mo no?- de niebla.

¬† ¬†Por tercera vez llama el enano. Pero su voz ha perdido firmeza. Teme a los caballos por cuesti√≥n de tama√Īo; nunca se adentrar√≠a voluntariamente en su pasto, y ahora los tiene encima. Lo olfatean, sus belfos de terciopelo lo empujan suavemente buscando algo dulce como lo que traen los ni√Īos cuando vienen a montar.

¬† ¬†‚ÄĒYa voy.

   Por fin contesta la voz quebrada, destemplada del amigo. Su paso largo y rápido lo acerca enseguida a los animales cuyo círculo alrededor del enano se está estrechando. Los caballos lo atienden con las orejas vueltas hacia él.

¬† ¬†‚ÄĒQuitaros ‚ÄĒsusurra y se abre paso‚ÄĒ, marcharos, que no hay nada.

   Coge la manta que le ha traído el otro y se la cuelga por los hombros. Luego aparta con autoridad los caballos y estos se retiran. Los amigos caminan hacia la puerta del pasto mientras la niebla vuelve a subir desde el prado y se enreda en sus piernas.

   En el camino a casa, también el enano tiembla de frío; con torpeza los dos comparten la manta que cuelga entre ellos, sesgada y desigual, convirtiéndolos en un solo ser legendario de una mitología sin inventar todavía.

 

Dorotea Fulde Benke

Blog de la autora

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *