Diario de un náufrago (XIV) —200 Aniversario de la muerte del poeta británico JOHN KEATS— #JohnKeats200aniversario. Por Ángel Silvelo

Diario de un náufrago (XIV)

 

keats

 

Keats se despide de su amigo Brown por carta.

 

 

     Han transcurrido quince días desde que llegamos a Roma. Un tiempo que yo he consumido en vibrar con la belleza del entorno que me rodea y en disfrutar de la vida social que este forzoso exilio me ha deparado, donde las buenas costumbres solo se expresan fuera de las cuatro paredes de la casa en la que nos hospedamos; un lugar donde los romanos nos demuestran sus temores ante mi enfermedad esquivándonos hasta con la mirada. Soy consciente de que un buen ambiente a mi alrededor me ayudaría a soportar mejor el dolor, pero debo conformarme con el apoyo que Severn y el doctor Clark me profesan aunque, a veces, me gustaría compartir una sonrisa con alguno de los vecinos, nada más. Sin embargo, no les puedo recriminar su falta de simpatía hacia mi persona, porque presiento mi caída final; esa que levará el ancla de la nave que me llevará al definitivo averno.

     Algo dentro de mí está cambiando, aunque de momento no sé lo que es. Me encuentro bien, pero, como el olfato adivina la tormenta en una calurosa tarde de verano, mi instinto me dice que todo será diferente en poco tiempo. Tengo miedo de volver a sentir ese calor ígneo que se apodera de mí en los momentos en que mi enfermedad quiere acabar conmigo. «¿Miedo por qué?», me pregunto, si sé que estoy condenado a un temprano final. Pero del mismo modo que mis sentidos me dicen que mi cuerpo pronto va a cambiar, mi instinto de supervivencia se pone en guardia y se dispone a defenderse. Nadie muere porque quiere, ni siquiera los suicidas, por mucho que pidan a gritos ese último y ansiado deseo de conquistar la libertad; la última y definitiva.

     En una pequeña abertura dentro de la tempestad, mi mente divisa un esclarecedor haz de luz y piensa que antes de que llegue a mi seno la derrota de la primera gran batalla debo escribir a Brown, y de alguna forma despedirme de él, por si más adelante no pudiera hacerlo. «¿Por qué me tiembla el pulso solo de pensarlo? ¿Acaso es el terror que invade a mi espíritu ante las despedidas…? Una más», pienso.

«Roma, 30 de noviembre de 1820

     Mi querido Brown:

     Escribir una carta es para mí la cosa más difícil del mundo. Mi estómago sigue tan mal que me basta abrir un libro para que empeore… Sin embargo, estoy mucho mejor que durante la cuarentena. Tengo constantemente la impresión de que mi vida real ha transcurrido ya, y que estoy llevando una existencia póstuma. Sabe Dios cómo hubiera sido… pero me parece que… De todos modos no hablaré de esto. No puedo contestar a nada de tu carta, que me siguió de Nápoles a Roma, porque me da miedo mirarla de nuevo. Estoy tan débil (mentalmente) que no puedo apartar la visión de la letra de un amigo a quien quiero tanto como a ti. Sin embargo, sigo en la brecha, y en lo peor, aun durante la cuarentena, por pura desesperación amontoné en una semana más juegos de palabras que en cualquier año de mi vida. Un solo pensamiento basta para matarme: estuve bien, sano, alerta, paseando con ella, y ahora… La conciencia del contraste, la sensibilidad a la luz y a la sombra, toda esa información (en el sentido primero de la palabra) necesaria para un poema, son grandes enemigos de la curación de mi estómago. Ahí tienes, bribón: te someto a la tortura. Pero pon a prueba tu filosofía, como lo hago yo con la mía; de lo contrario, ¿cómo podría vivir? El doctor Clark me atiende muy bien; dice que no hay gran cosa en los pulmones, pero asegura que el estómago está muy mal. Estoy gratamente decepcionado con las buenas noticias de George, porque se me ha metido en la cabeza que todos moriremos jóvenes… Severn está muy bien, aunque lleva una vida tan siniestra a mi lado… Escríbele a George tan pronto como recibas esta, y dile cómo estoy, hasta donde puedas adivinarlo; y envía también una carta a mi hermana… Anda por mi imaginación como un fantasma… se parece tanto a Tom. Apenas me es posible decirte adiós, incluso por carta. Te hago la torpe reverencia de siempre.

     ¡Dios te bendiga!

     John Keats»

     ¿Qué le puede deparar a un hombre que nada más tiene fuerzas para despedirse de su amigo? Ya solo me queda esperar con dignidad el final, y como le he dicho a Brown en la carta, y al doctor Clark cuando viene a vernos a casa: ¿cuándo llegará a su fin esta vida póstuma que estoy viviendo? Vivir sin poder escribir no es vivir, y pasar los días sin poder ver a mi amada Fanny, tampoco, porque esas dos ausencias son tan esenciales que, por sí mismas, lastran el sentido más propio de mi existencia. La vida sin sentimientos que la alimenten día a día no es la mejor de las opciones, y sé que romper el lazo que me une a este mundo sería lo más adecuado, pero no soy capaz de acortar ese camino que me lleva al cercano final que me aguarda.

 

Extracto de la novela, Los últimos pasos de John Keats, de Ángel Silvelo Gabriel.

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