El anuncio más triste. Por Gregorio L. Piñero

Cuentos estivales.

BURETE-1959

El anuncio mas triste

     Aquella tarde hubo una fuerte tormenta en la zona y todos los zagales, y más de un adulto, se refugiaron en la casa del tío Sebastián y de la tía Ana.

     La tormenta estaba muy cargada eléctricamente y jarreaba agua con verdadera saña, poniendo en riesgo las cosechas. Hasta el abuelo de mi pupilo, ante el impresionante fenómeno, se acercó a la casa vecina a comprobar que su nieto estaba allí refugiado.

     Como él decía –me cuenta mi pupilo- al “tío porsiacaso”, le suceden menos desgracias.

     El atardecer devino en negro rápidamente, iluminándose el cielo con aquellos rayos y centellas impresionantes, seguidos de sonora tronería. -De todo eso que tanto te gusta a ti, Cholo. –Me dijo mi pupilo con una sorna que –francamente- no le veo la gracia. A mí las tormentas me dan mucho miedo. Y debieran también darle a él. Son estruendosas y muy peligrosas. ¡Qué caray!

     La tía Ana les preparó a los zagales unas buenas rebanadas del pan que ella amasaba y cocía en el horno moruno del cortijo. -Un pan como nunca más he probado. ¡Riquísimo! –dijo mi pupilo.

     Al pan se le bañaba con vino y se le espolvoreaba azúcar. Para los críos aquello era una merienda deliciosa. Y podían repetir, si el hambre perduraba.

     Estando merendando, entre llampos, centellas y truenos, que iluminaban unos y ensordecían otros la estancia, uno de los zagales le preguntó al tío Sebastián, que hacía pleita con esparto cocido, para no perder el tiempo, ¿qué fue lo que le pasó al Moreno?

     El Moreno fue un pastor, ya fallecido, muy querido en aquellos parajes. Agricultor, quedó viudo muy joven y al poco de casarse. Así que decidió trocar a las tareas del pastoreo, con el fin de estar aislado y dedicarse a la meditación. Era como un ermitaño. En los refugios en que se resguardaba se cocinaba sus migas de harina, de modo que pasaba varios días sin volver a la cortijada. Se dedicaba, entre tanto cuidaba a los ganados, a la oración y a la espiritualidad. -Hablo mucho con mi mujer, decía en sus regresos de la montaña.

     Una noche –continuó el tío Sebastián- también de gran tormenta, tras un gran rayo, vio ante él la presencia de uno de los vecinos, que estaba haciendo el servicio militar en Palma de Mallorca. Sobresaltado, el Moreno le preguntó -¿quién eres? ¡Si eres alma del Purgatorio dime qué quieres! –Le ordenó, seguro de sus creencias.

     Mi pupilo me dice que él, no recuerda el nombre, pero que aquella presencia se le identificó al Moreno y, rápidamente éste le reconoció pues le había visto desde que naciera. La visión le dijo que acababa de fallecer en unas maniobras militares. Le pidió que se lo dijese así a su madre, que le dijese que a todos y, especialmente a ella, les quería mucho, y que le ofreciesen una novena de misas por el descanso eterno de su alma, pues murió sin confesión.

     El Moreno, que lo reconoció en el acto, se levantó de junto la hoguera, yendo hacia la etérea imagen. -¡Dios bendito! –exclamó el pastor. ¡Qué prodigio es éste! No te preocupes, se hará lo que pides. ¿Necesitas algo más?

     El espectro le dijo que no, que dejaba este Mundo y partía hacia la eternidad. Que no se preocupasen por él, que estaba bien. Había llegado su hora.

     Puso inmediatamente el pastor sus pies en polvorosa, dejando al rebaño en el refugio del monte, sin reparar en otra cosa y, casi al amanecer, llegó al cortijo donde vivían los padres del soldado fallecido. Les contó el aparecimiento y todos quedaron muy impresionados, llenándose de dolor y prometiendo encargar las misas pedidas por el alma de su hijo.

     De modo que, cuando a los dos días, una pareja de la Guardia Civil llegó hasta la casa de los padres del fallecido a comunicarles que se había recibido un telegrama de la Comandancia Militar de Mallorca con la triste novedad de la muerte del soldado en acto de servicio, dejaron muy confusos a los agentes, pues les explicaron que ya lo sabían, ya que la noticia se la había anticipado su propio hijo.

     -El Moreno era un alma pura. ¡Un santo! -Terminó de decir el tío Sebastián.

     -¿Por qué les has contado esa historia a los zagales en una noche tan mala como esta de hoy? -Le inquirió con aires de reproche a su marido la tía Ana.

     -Porque me lo han pedido. Contestó el tío Sebastián, sin más explicaciones.

     Y los niños –querido amigo Cholo- quedamos de nuevo estupefactos de aquellos hechos, por un anuncio tan triste para unos padres. Y nos entró un poco de caguetica. Que todo hay que decirlo.

     Aunque teníamos una receta infalible: cuando nos acostábamos recitábamos la siguiente oración: “Ángel de la Guarda,/ dulce compañía,/ no me dejes sólo,/ ni de noche, ni de día”. Y, a continuación: “cuatro esquinitas tiene mi cama,/ cuatro angelitos que me la guardan”. Y nos dormíamos en la seguridad de que seres de bondad nos velaban es nuestro dormir.

     Por cierto, que decían aquellas gentes que el Moreno, el pastor, murió en olor de santidad. Sin duda, por lo mucho que le querían sus convecinos, lo fue. -Concluyó mi pupilo.

     Y hasta yo, que en esto del Más Allá, no tengo claras las ideas, he visto falsos espectros esta pasada noche entre las sombras del cuarto del dormitorio. Deseando estaba que amaneciera. Menos mal que, al menos, no hubo tormenta.

(Continuará…)

Gregorio L. Piñero

(Foto: mi pupilo en la que debió ser su primera lección de equitación. Con las riendas del caballo el tío Sebastián. Burete, 1959).

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