El bar Manolo. Por Gregorio L. Piñero. Cuentos estivales.

Cuentos estivales (LX)

EL BAR MANOLO-COLLAGE

El bar Manolo.

      Me contó mi pupilo anoche que, al final del mes de agosto, sus padres pasaban unos días en el caserío, antes de regresar a su domicilio. En los primeros años con la inversa de la ida: taxi a Murcia y ferrocarril a Caravaca. Desde que dispusieron del Seat 600, por las mañanas iban a las playas a tomar un baño. Singularmente a El Mojón y Lo Pagán.

      En un principio iba él solo, pero fueron aumentando los pasajeros infantiles conforme pasaban los años, al crecer notablemente las familias.

      En aquellos 600, Cholo, como decía un chiste muy popular, cabían hasta cuatro elefantes. Era curiosísimo cómo podíamos amontonarnos los zagales en los asientos traseros, unos sentados sobre otros, sin que no que estuviésemos incómodos, sino que nos parecía comodísimo. Y, también era parte de la aventura. -Me dijo, con tono de añoranza mi pupilo.

      Tras el baño, era parada obligada el “Bar Manolo”, en la encrucijada de calles hacia la Plaza de la Iglesia y la carretera de El Mojón, frente a la Plaza donde estaba el Cuartel de la Guardia Civil de San Pedro del Pinatar. Su propietario obviamente era Manolo. Hombre simpático y afable, de semejante edad al padre de mi pupilo y que compartían una gran amistad. Sólo verlos entrar, despachaba cañas de cerveza bien fría y disponía un plato de langostinos del Mar Menor que, por entonces, aún no estaban carísimos, como lo están ahora. O de “cancros” (nombre genérico tanto de cangrejos como de nécoras) también del Mar Menor y que, en proporción al tamaño de la laguna, alcanzan un tamaño más pequeño que el de sus semejantes del Mar Mayor, pero que son mucho más exquisitos. Era una tapa de respeto que servía Manolo, mientras que elaboraba los verdaderos aperitivos de sus especialidades de sepia o calamar a la plancha, sus incomparables mejillones al vapor y su inolvidable ensaladilla rusa.

      Los niños tomaban un refresco (Mirinda o Fanta) y, a veces, un bolito de cerveza. Que era un diminuto vaso con el dorado líquido espumoso.

      -El bar de Manolo, querido amigo Cholo, se ha mantenido abierto al público hasta hace bien poco, reformándose varias veces a lo largo de los años, manteniendo impregnados sus orígenes de establecimiento familiar y acogedor hasta su cierre.

      Al llegar a la casa, esperaba un espléndido arroz con pollo (de verdad, de verdad, campero) criado en los gallineros y ejidos del caserío, y que se alimentaban (como los gallinos de Burete) de salvado elaborado por las tías Agustina y María, con cereales de cebada y maíz; de los insectos que cazaban en el deambular por los alrededores y de larvas de moscas, picoteando los restos de los alivios humanos que tenían como frecuente lugar una parte de las paleras del ejido trasero, pues no sólo su destino era el de obtener su fruto, sirviendo también de lugar íntimo.

      Aunque -me cuenta mi pupilo- la casa contaba con retrete, que era una tabla de madera, con círculo central que se sellaba con una tapa de madera con asa, situado al final del pasillo y que recogía los residuos en un pozo ciego. A diferencia del de la casa de Burete, que estaba en el primer piso y las heces caían por una especie de chimenea, a la rasante del corral, con una puerta para su limpieza. Eran soluciones higiénicas del siglo XVIII, muy lejanas aún a las que aportó el agua corriente, pero preferibles al “agua va” de siglos anteriores.

      Llegaba el final de agosto. La abuela Encarna y la madrina Yeya, comenzaban a lamentarse de que mi pupilo tenía que marcharse y les dejaba tras aquellos agostos inolvidables.

      -No te vayas. No nos dejes. Decían mientras le abrazaban y besaban.

      -“¿Qué qui’és c’haga?” -contestaba mi pupilo resignado, con su media lengua infantil- “¡Si me tengo qu’ir!”

      Y acababa el mes, con la esperanza de que, no obstante, pronto se volverían a ver tras unos días, para disfrutar de la Feria de septiembre en Murcia.

      (Continuará).

 

Gregorio L. Piñero

               (Foto: Mi pupilo bañándose con sus padres y el “Bar Manolo” antes de su cierre).

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