El diablo Cojuelo. Por Gregorio L. Piñero. Cuentos Estivales.

Cuentos Estivales (XIX).

Gregorios Burete 1959

El diablo Cojuelo.

       Aquella noche se juntaron niños y adultos en la puerta de la casa del abuelo de mi pupilo. Había hecho la abuela Lola unos rollos de anís, acompañado de una copa de mistela, para celebrar la festividad de Santa María Magdalena, a cuyo patronazgo está dedicada la Iglesia Mayor de Cehegín –me ha comentado mi pupilo, mientras hacía memoria.

       Y el abuelo Gregorio –continuó- les contó a los zagales la divertida historia del diablo cojuelo.

       El diablo cojuelo fue el primero de los ángeles caídos porque, por ser muy torpe, se puso en medio y fue arrollado por el resto, de modo que cayeron sobre él casi aplastándole, dejándole cojo. Así que, al quedar tullido, era el peor de todos los diablos, hasta el punto de que –como no culminaba ninguno de las faenas que le encargaban- Satanás, le dio un ultimátum:
– O consigues ganar un alma, o te expulsaré del infierno. -Le ordenó Belcebú, a cajas destempladas, al pobre diablillo. Y se puso manos a la obra.

       Buscó a una persona propicia y encontró a un labriego, que vivía solo. Y lo visitó.
-Te haré el hombre más rico del Mundo y te concederé tres deseos, si me entregas tu alma. –Contó el abuelo Gregorio.

       El labriego, lo meditó y aceptó el trato. -¿Me concederás los tres deseos que yo quiera?

       -Los que tú quieras. –Le contesto el diablillo.

       -Pues quiero –le pidió el labriego- en primer lugar una silla muy cómoda que el que se siente en ella no pueda levantarse hasta que yo lo permita.

       -¡Hecho! –Le replicó el diablo.

       -Quiero, también, un botijo que dé el agua más fresca posible y que, el que comience a beber agua de él, no pueda parar hasta que yo lo ordene.

       -Y, por último, quiero una higuera que dé los higos verdales más sabrosos posibles y que el que se suba a ella, no pueda bajarse hasta que yo lo diga.

       -¡Concedidos! Estos deseos son una nimiedad -afirmó el diablillo cojuelo. Cuando llegue la hora, vendré a por tu alma. Y se despidieron.

       Pasaron los años y cuando llegó la hora, el diablo cojuelo llamó golpeando la puerta de la casa del labrador. ¡Toc, toc!

       -¿Quién es? -Se oyó desde el interior.

       -Soy el diablo cojuelo, ha llegado la hora. Vengo a por tu alma.

       -¡Ah! ¡Sí! Pasa. Aguarda a que termine de preparar las maletas. Toma asiento. Y le ofreció la silla del primer deseo.

       -El diablillo –prosiguió el abuelo Gregorio- que ya no recordaba sus cualidades, se sentó en ella, despreocupado.

       Al poco, el labriego salió de sus aposentos con las maletas y le dijo: ¡venga! ¡vámonos!

       -El pobre cojuelo intentó levantarse, pero le era imposible. Por más fuerza que hacía, sus posaderas seguían adheridas al asiento de la silla, que parecía pesar una enormidad. Lo intentaba, pero no podía…

       -Y mientras lo contaba mi abuelo, amigo Cholo, gesticulaba simulando que era él quien estaba pegado al asiento de su silla. Y los niños nos reíamos a mandíbula batiente. –Me ha indicado mi pupilo.

       El diablo cojuelo, desesperado, recordó que sólo si el labrador lo autorizaba podría levantarse, así que le rogó que le librase de esa situación. -¡Pídeme lo que quieras! –le suplicó- pero déjame marchar.

       -¿Si te libero, te marcharás y no volverás nunca más? –le preguntó.

       -Te lo prometo. No volveré. Palabra de diablo. Pero déjame libre, por favor -le decía mientras trataba inútilmente de levantarse.

       -Pues vete y no vuelvas más. ¡Márchate!

       Y el diablillo corrió hasta los infiernos, donde hubo de dar explicaciones a su superior, el diablo Carnivale, el gran enemigo de San Juan Evangelista que, al conocer lo sucedido, le puso de chupa de dómine, lo arrestó sin chocolate en las meriendas durante dos meses y decidió hacerse cargo personalmente del asunto.

       -¿Qué es poner de chupa de dómine, tío Gregorio? –preguntó la Carmencica.

       -La chupa es un abrigo corto, y el dómine Cabra, como era tan tacaño, la llevaba tan roída y en tal mal estado, que cuando se dice de poner mal a alguien en su fama o corregir su conducta, se le pone como “chupa de dómine”.

       -¡Ah! –Exclamaron los niños, asombrados, que no sabían ni lo que era una chupa ni un dómine.

       -Así que Carnivale, a la mañana siguiente –prosiguió el abuelo Gregorio- se llegó hasta la casa del labriego. ¡Toc, toc!

       -¿Quién vive?

       -El gran Carnivale, Duque de los Infiernos. Vengo a que cumplas tu promesa y llevarme tu alma.
Abrió la puerta el labriego y, tras saludarle, le pidió que aguardase un poco, para preparar sus maletas. Y le invitó a sentarse.

       -¿Tú crees que soy tan imbécil como el diablo cojuelo? ¡Que me siente! –dice y se queda tan fresco- ¡Para no poder levantarme!

       -Perdona. No quise ofenderte. Aguarda un poco que enseguida estoy preparado.
Mientras esperaba al labriego, el lugarteniente de los Infiernos reparó en un botijo que estaba sobre una repisa en una esquina de la habitación. La noche anterior había cenado bacalao frito con tomate y, la verdad, tenía algo de sed. Así que, sin pensárselo dos veces, tomó el botijo y comenzó a beber de su fresquísima agua.
Salió el buen hombre de su dormitorio con las maletas y vio al diablo bebiendo agua sin parar. –Ya podemos irnos, le dijo. Estoy preparado.

       -No puedo, glú-glú-glú, dejar de be –gluglúglu- ber. ¡No puedo! Glú-glú-glú -contaba el abuelo Gregorio, mientras simulaba la escena con un botijo imaginario. ¡Me ahogoooooglúglúglú! Y los niños reían sin freno.

       -¿Si autorizo a que dejes de beber del botijo, te marcharás y no volverás nunca más? –le preguntó el labrador.

       -¡Siiiiiiií! ¡Glú-glú-glú! –contestó Carnivale, mientras –sin parar de beber- se le iba inflando su vientre como un globo. -¡Lo que tú quieras!

       El buen hombre, le retiró el botijo al lugarteniente infernal y , éste, en cuanto pudo tomar resuello, se volvió de carrera a los infiernos, desolado. ¡Es peor que nosotros los diablos! –Pensó al regresar a casa.
Enterado el Gran Satanás de cómo estaba el asunto de la captura de esa alma, encolerizó. Arrestó a Carnivale a dos años sin poder venir a la tierra en su tiempo de carnavales y decidió ir al día siguiente, personalmente, a capturar el alma prometida.
Así que fue dónde el labriego, golpeó su puerta y le gritó: ¡soy Lucifer! ¡el Príncipe de las Tinieblas! He venido a por ti. Sal, que nos vamos.

       -Pasa a dentro –le dijo el labrador- no te quedes fuera, puedes sentarte o tomar un poco de agua…
¿Pero tú te crees que yo soy tan idiota como el diablo cojuelo o Carnivale? ¡Venga hombre! A tu casa no entro. ¡Sal tú! ¡Ya!

       -De acuerdo, en unos minutos estaré preparado –le contestó.
Mientras contemplaba el paisaje, Satanás vio una higuera hermosísima, con unos higos verdales admirables y, sintió la curiosidad por probarlos. Se subió a la cruz del árbol para poder acceder mejor a los mejores higos, que estaban un poco más altos y, cuando salió con las maletas el buen labrador, trató de bajarse de la higuera, pero no le era posible.

       -¡Vamos! Ya estoy listo –le dijo el buen hombre.
Pero el Ángel Caído no podía esta vez caer. Estaba como soldado a la higuera y no podía más que mover las manos. Hacía esfuerzos inútiles para tratar de descender.
-¿Vamos o qué? –preguntó con cierta sorna el labriego.

       -No puedo bajar! ¡También me has engañado a mí! ¡Pídeme lo que quieras pero permíteme el poder bajar! –Le dijo humillado Satanás.

       ¿Si te dejo bajar te marcharás y nunca más os acordaréis de mí y me releváis de mi promesa de venderos mi alma? –Le preguntó investido de carácter.

       -¡Siiiiiiiii! ¡No te molestaremos más!

       -Pues vete a tus infiernos y no salgas más de ellos. Los diablos sois malvados, pero no lo suficientemente inteligentes.

       Y Satanás se precipitó a sus calderas maléficas y el buen hombre salvó su alma gracias a su inteligencia. Porque el mal es la negación de la inteligencia –concluyó el abuelo Gregorio.
Y los zagales, entre el regocijo y risas arrancadas con el cuento y su moraleja, se fueron a la cama sabiéndose más seguros. -¡Y nosotros también vamos a la cama, Cholo! Que mañana temprano hemos de dar un largo paseo –me dijo mi pupilo. Y le hice caso y me acosté.

 

Gregorio L. Piñero

(Foto: el abuelo Gregorio y Gregorito, mi pupilo. Burete. 1959).

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