El perro aventurero. Por Gregorio L. Piñero. Cuentos estivales.

EL PERRO AVENTURERO

Aquella noche, la tía Ana presentó un gran lebrillo repleto de patatas al ajo cabañil con pimientos verdes, e invitó a la vecindad a cenar. Eran patatas nuevas, recién recolectadas. Nunca olvidaré lo riquísimas que estaban. –Me dijo mi pupilo.

; Al terminar de dar cuenta de ellas y de un tocino de veta en salazón desde la matanza del diciembre anterior, con magra entreverada, que era un verdadero lujo de exquisitez y para cuyo trasiego los adultos bebían un vino producido en aquellos campos, en un porrón, mientras los pequeños admirábamos con qué pericia hacían centrar el chorro en su boca y lo cortaban con un certero giro de muñeca, sin que ni una sola gota se derramara, el tío Sebastián, como anfitrión, nos puso a los niños en una mesa unos vasos con agua fresca y unas gotas de anís y de zumo de limón. Refresco que nos parecía un néctar de dioses y que no era otra cosa que un embrión de la clásica “paloma” levantina y que, consumida ya de adulto, confeccionada con un buen anís seco, es una verdadera delicia. –Dijo mi pupilo.

El tío Sebastián –continúo- era un hombre de algo más de cincuenta años, curtido en las labores agrícolas y especialmente afable. Con los zagalicos (como nos llamaba) se portaba especialmente bien. Y, aunque era severo a la hora de corregirnos, jamás se le oyó una palabra fuera de tono.

; -Tío Sebastián -dijo el Bartolico- cuéntenos una de esas historias que usted sabe.

-¡Siiiiiiií! Respondimos todos los demás.

Se sentó junto a la mesa donde nos puso los refrescos y comenzó a contarnos…

Hubo un pastor que tenía dos perros. Una hembra y un macho, que se llamaban Estrella y Truco. Los dos fueron educados para que cuidasen el ganado y bien temprano, muy de madrugada, salían con el pastor hasta los pastos de las laderas de la sierra y vigilaban al ganado. Conocían a todas y cada una de las ovejas y de los carneros y evitaban que se descarriaran y perdieran.

Pero un día, cuando el pastor fue a despertar a sus perros para subir al monte, Truco no estaba. Truco se había fugado en búsqueda de una vida más aventurera, que le sacara de la monotonía. Era aún un perro joven y pensó que no quería consumir su vida con aquel rebaño.     

Puso rumbo Truco hacia la ciudad, donde nada más llegar unos perros callejeros no le hicieron buena recepción. Le advirtieron que en aquel lugar había poca comida y que, para alimentarse, había que rebuscar en las basuras y en vertederos.

Al principio se negó a basurear, pero el hambre le fue apoderando y no tuvo otro remedio. Por las noches, se refugiaban en cobertizos y bajo un puente. Trató de hacer valer sus conocimientos de perro pastor ante varios humanos, pero aquellos urbanitas nada sabían del pastoreo y no sólo no entendieron sus ademanes y gestos, sino que se atemorizaban y le tiraban piedras para que se fuera. Una vez llegaron a darle un fuerte golpe en el lomo. El corrió y se escondió, exhausto, en una viña. Allí le descubrió el guarda y le disparó un cartucho con cristales salinos, que le hicieron mucho daño y que le escocieron durante muchos días.

A penas tenía fuerzas para sobrevivir a aquella situación extrema, cuando llegaron unos hombres con unos bastones con lazos en sus extremos. ¡Los de la perrera! –gritó uno de los otros perros callejeros. ¡Corred! ¡Huid! ¡Huid!

Truco comenzó a correr al máximo que le permitían sus debilitadas fuerzas. Sus músculos se sentían agotados, pero él continuó corriendo hasta llegar cerca del río. Se lanzó a él, y trató de nadar hasta la otra orilla. Pero no podía más. Estaba agotado. Así que vio cómo la corriente le arrastraba río abajo y pensó que era el final.

            De pronto una rama milagrosa le detuvo, y se abrazó a ella. Pudo, con dificultad, llegar hasta su árbol y alcanzó tierra. Calado hasta los huesos y muy débil, se tumbó entre la hierba y el barro de la orilla y se durmió.

Cuando despertó, comenzó a llorar y se acordó de su pastor y de su trabajo con las ovejas. Y pensó en Estrella, que estaría muy preocupada por su larga ausencia. Y especial lástima le dio recordar a su pastor, que siempre le daba de comer, aunque fuese a costa de su propio rancho. Nunca pasó hambre con él. Y le entró pavor el especular que, si decidiera regresar, pudiese ser que ya no le aceptase.

No obstante, resolvió volver con su rebaño. Trató de recordar el camino de retorno y consiguió llegar en un par de días al redil. Estaba vacío. Sin duda, el rebaño pastoreaba. Decidió esperar allí (al menos algún roedor podría cazar y agua no le faltaría) a que regresaran.

Al cabo de unos días oyó el inconfundible cencerro de alguno de los carneros del rebaño y Truco se lanzó en veloz carrera hacia él. Cuando vio a Estrella, se emocionó. Mas ¡Oh! ¡Sorpresa! Otro perro acompañaba al rebaño. Era su sustituto. El pastor había tomado a otro para las tareas. Se vino abajo. Pensó que ya no sería bien recibido, no hacía falta allí. Otro hacía el trabajo por él.

En estas que el pastor lo vio y lo llamó con inmensa alegría. -¡Truco! ¡Mi Truco! ¿Dónde has estado? ¿Cómo te perdiste? Te he echado mucho de menos. ¡Estás famélico! Y le dio de su comida, quedándose él mismo sin comer.

Mientras comía, le dijo: -Truco tenemos un nuevo miembro en el equipo. Es Rayo. Espero que os llevéis bien.

Y Truco puso sus patas en los hombros del pastor, abrazándole, y le lamió agradeciéndole el recibimiento y que no le hubiese olvidado.

Y se dedicó el resto de su vida a hacer el trabajo para el que le habían educado, el pastoreo, trasladando a las nuevas generaciones lo peligroso que es aventurarse en lo desconocido, abandonando a tu familia y a tu trabajo. Su fracasada rebeldía sirvió de ejemplo a muchos otros.

Los perros, como los seres humanos han de dedicarse a lo que saben hacer. La vida les forma en la juventud y, a partir de ahí, han de desarrollar sus habilidades, sin que las aventuras sean aconsejables. Y no olvidar que, como el calor familiar, no hay nada.

Y los niños quedamos admirados de esta conseja –concluyó mi pupilo.

En esto no puedo estar del todo de acuerdo. Los humanos quieren que seamos como ellos. Y, aunque nos esforzamos en comprenderlos, también ellos podían hacer un esfuerzo y tratar de entendernos un poco y saber que explorar mundo, también es parte del aprendizaje.

De todos modos, yo, por si caso, no me pienso mover de junto a mi pupilo. Ya experimenté mi tragedia callejera y no quisiera volver a vivir algo así. ¡Amos Anda!

(Continuará…).

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Un comentario:

  1. Mari Carmen González Reolid

    Hola Gregorio, tienes una maravillosa sensibilidad para meterte en la piel y la mente de ese animal… Además el cuento no está exento de una Moraleja o enseñanza moral para todas.las edades… Es entretenido y bonito…

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