Homenaje debido. Por Rubén Castillo

Homenaje debido.

 

Homenaje debido.

 

Repetía a menudo mi madre aquello de que es de bien nacidos ser agradecidos. Y esa verdad, trasladada al mundo de la literatura, siempre la he respetado de forma escrupulosa: me alegra, me enorgullece, me nace ponerme en pie y tributar mi aplauso a los libros que traen enseñanza y emociones a mi espíritu. Observo que también lo hace Dionisia García en las páginas de Homenaje debido, un hermoso volumen que publica el sello Renacimiento y que se abre con un trabajo dedicado a Quinto Horacio Flaco (“Siempre he sentido preferencia por él”, p.18), un poeta sabio, hondo y equilibrado cuya influencia se ha extendido por el mundo de la literatura durante los últimos dos mil años. Después, nos propone un recuerdo para las figuras femeninas que burbujean en la obra cumbre de Cervantes, deteniéndose sobre todo en el ser jánico Dulcinea/Aldonza, explicándonos el delicado equilibrio que don Miguel establece entre las dos y cómo “ambas se necesitan, y el escudero Sancho Panza es el intermediario mayor entre lo imaginado y lo real” (p.29). También, en este segundo capítulo, nos lanza un leve (engañosamente leve) interrogante en la página 39, que dejo para reflexión de los lectores: “¿Besaba don Quijote?”.

A partir de ahí, plural y sugerente, Dionisia García nos habla de las dos mujeres amadas por Antonio Machado (ambas mucho más jóvenes que él y ambas tristes en su brevedad); de su fervor por la obra poliédrica del francés André Maurois (“Junto a su excelencia creadora, era un gran buscador, no solo de lo trascendente, sino del mundo todo”, p.64); de su admiración por la poeta Anna Ajmátova, gran voz golpeada por el salvajismo estalinista; de Edith Stein, Simone Weil y Etty Hillesum, que estaban “unificadas por su espiritualidad” y que “vivieron tiempos difíciles y oscuros” (p.86); del príncipe de Lampedusa, autor de la inolvidable novela El gatopardo; y, por fin, de la filósofa malagueña María Zambrano, quien a pesar de la dificultad que presenta siempre su lectura (“Discípula de Ortega, no heredó María Zambrano de su maestro la claridad que tanto se agradece”, p.143) nos entregó obras de auténtica valía, como la que centra este escrito, dedicado a la vigencia de la filosofía de Séneca, “recuperada de nuevo para las épocas” (p.156).

Una obra llena de inteligencia, reflexión y buena literatura, que aconsejo leer en completo silencio y con un lápiz en la mano, para subrayar y tomar notas.

 

Rubén Castillo

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