La enfermera del Miguel Medina. Jordi Rosiñol

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La enfermera del Miguel Medina.

 

   Nunca pensé que el final de una visita esporádica fuera tan definitiva en mi vida. Hasta esos momentos no conocía ni a los Abenza, ni mucho menos lo que Archena representaba para ellos, y ahora seis años después para mí también.

   Estábamos sentados al solecico de una terraza de Molina, y Toñi, con la inmediatez de un resorte disparado por la memoria, me dijo.

   – ¿Quieres que te enseñe mi pueblo?

   – ¡Claro me encantaría!, le contesté destensando el muelle de su espontaneidad.

   La verdad es que siempre me ha gustado conocer el pasado de quién me rodea, me hace entender quiénes son.

   Impresionado me quedé nada más iniciar el cruce del puente del hierro sobre el río Segura, me dije – ¡Esto promete!, he decir que, lo que ese día fue un descubrimiento para el forastero, hoy es mi hogar. Enfiló el Carril con la aceleración lenta pero ruidosa de su Hyundai gris con el ralentí desbocado, y allí pocas decenas de metros más allá nos encontramos con el colegio Miguel Medina.

   -¡Qué chulo el colegio, para porfa! le dije

   -Siii, te gusta, era mi colegio, – me encanta.

   En la lejanía de aquel 2015, aún permanecía en funcionamiento su labor el centro educativo. Yo conocía la obra que se hizo durante la Segunda República por dar equipamientos escolares modernos donde la educación periférica dejaba mucho que desear para la mayoría de la población.

   Los zagalicos pequeños, correteaban por el patio acotado que daba al mencionado Carril, los colorines de los “Babys” contrastaba con la solemnidad del edificio, y con las puertas y ventanas barnizadas continuamente durante décadas, maderas desafiantes, y victoriosas al paso del tiempo, y sobre todo al Sol de justicia que castiga la región sin piedad cada verano.

   -¿Quieres que te cuente cosas del colegio?, me dijo Toñi.

   – Por supuesto, corazón, le contesté, en realidad lo estaba deseando, cuantas historias, y vidas deben esconder el fortín de la cultura archenera.

   Pues, mi padre vino aquí hace ochenta años, y mis hermanos y yo también.

– Pero cuéntame cómo eras tú, que hacías, cómo era tu día a día en esos entremuros.

– Si, si, voy, me contestó sorprendida de mi interés (aún no me conocía mucho).

Asomados por el patio grande, me explicó que allí se hacían las filas antes de entrar en las aulas, en ellas cada mañana se juntaba con las amigas, algunas más traviesas albergaba en los bolsillos algunos saltamontes y otros ortópteros para fastidiar la mañana a algunos compañeros y maestros , otras eran más serías, como Toñi, era de las que creían en su madre, y que por nada del mundo le hubiera gustado que le llamarán la atención por su culpa, en la fila también estaban los chavales, y las miradas despistadas que al cruzarse sonrojaba los carrillos de mi Toñi, entre los oteantes destacaba el Pitu, pero ella aún tardaría mucho en concurrir y pavonear en el “jardinillo”. ¿Qué pensaría su madre? se decía a sí misma.

   En clase no lo pasaba mal, e intentaba ser aplicada y ordenada, todo lo contrario que yo, pensé para mí. Pero fue su labor en el recreo lo que me sorprendió más. Resulta que, la Abenza tenía una vena sanitaria, y cada vez que un niño pequeño se caía arrastrando las rodillas por los guijarros, de inmediato, dejaba el corrillo de las chicas devora pipas, y activando la sirena de la emergencia, mi nenica salía disparada, presta para apagar los llantos del mocoso de turno. Allá iba ella, sin ni siquiera un simple uniforme oficial de la Cruz Roja, ni credencial alguna, pero, eso sí, iba ataviada de unas pinzas para sacar las criminales piedras de la carne, limpiar la herida con agua oxigenada, y darle mercromina a porrillo al herido, y sin olvidarse de consolarlo mientras lustra la carita de los chorretes descendentes que habían surcado de lágrimas las mejillas.

   Desde que me contó esa historia, siempre ha sido para mí la enfermera del Miguel Medina.

   Pasados estos pocos años, y después de descubrir, y disfrutar la belleza que rodea al colegio, que, por cierto, ya trasladado a una nueva e imponente instalación justo a la espalda del antiguo. Esos días de cierre y traslado, estuve sufriendo para que el edificio no se derribará y se le diera un uso adecuado a su historia, y sobre todo a la historia de tantos, y tantos archeneros que formaron la vida en su interior.

 

Jordi Rosiñol

diploma Rosiñol

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