La esquila. Por Gregorio L. Piñero. Cuentos estivales.

Cuentos estivales.

la esquila

La esquila.

       -Cholo; tienes suerte de no ser un perro de lanas. Porque si no, tendría que esquilarte en estas fechas. -Me dijo mi pupilo, dejándome un poco perplejo.

       -Verás –ha continuado- al principio de los grandes calores, llegaban a Burete los esquiladores. Eran los que, con unas tijeras enormes y alguna maquinilla mecánica, esquilaban la lana a los rebaños, dejándolos preparados para los grandes calores que se avecinaban y, a su vez, aprovechar la lana para tejidos, que era cosa de importancia y riqueza.

       Aquél ganado lanar estaba prácticamente unificado en el gran rebaño que dirigía el Pepico. Los diferentes dueños de las reses las marcaban en las orejas para distinguirlas, mas pastoreaban todas juntas.

       El Pepico era pastor que conocía bien su oficio. No le afectaba la soledad de los largos tiempos que permanecía en la sierra y, era –sin eufemismos- la bondad personificada.

       Los esquiladores –me explicó mi pupilo- tenían una habilidad enorme en su oficio, pues como es lógico, las borregas no se dejaban traquetear fácilmente. Es oficio casi perdido -ha continuado diciéndome- hasta el punto de que, en la actualidad, todos los años vienen un buen número de esquiladores del Uruguay a rapar a la cabaña española.

       Así que el esquilador elegía a una oveja y la sujetaba por sus cuartos traseros con sus rodillas   y, con una habilidad impresionante- le daba la vuelta poniéndole patas arriba que trababa con unas cuerdas tensando con una caña. Cuando estaba paralizaba, la sentaba y empezaba a cortar la lana desde el cuello hacia el resto del cuerpo. Lo curioso era que sólo se resistían algo las “nuevas”, es decir las que no habían experimentado la esquila por ser del primer año. Las demás, hasta agradecían aquella descarga del abrigo, permaneciendo tranquilas y sin balar.

       Cierto es que, en un pis-pás, aquellos expertos limpiaban de lana a una res, pero no es menos cierto que las borregas se sentían mucho más cómodas tras ser trasquiladas y soportaban el momento con aparente buen agrado. Si les hacían un leve corte en la piel deslanada, se les frotaba en la superficial herida con el propio excremento de las ovejas. Un buen desinfectante, sin duda.

       Cuando llegaban (solían estar dos o tres días), se les preparaba algunos platos y bebidas de refresco.

       De todos aquellos platos, con el que con más se me hace la boca agua –me ha dicho mi pupilo con mirada de gula- es el “remojón” ceheginero.

       Se trata de una sopa fría, muy sencilla. Aquél día, mientras el Tián y mi pupilo se refugiaron en la casa, ante la grave advertencia de los mayores para que nos fuésemos del corral donde se cortaba la lana, porque podía haber pulgas (aunque en el fondo -me dice-, que cree que era para que los zagales no estorbasen a las tareas de aquel trajín, porque otras veces entrábamos al corral, y no se le veía tanto riesgo), la Catalina y La Marujica, hijas del tío Sebastián y de la tía Ana, y bajo la supervisión de ésta, lo prepararon en unas fuentes.

       Antes de pelar el pepino, le cortaron a tajo los “culos”, que les adherían en la frente a los zagales, pues daba –y da- una sensación de frescor inigualable. Troceaban en dados el pepino y el tomate (¡qué tomates!) y los aderezaban con aceite, orégano y sal. Poco antes de servir, se le añadía abundante agua de la tinaja. Un agua fresquísima e inigualable que casi parecía congelada. Y, por último, un largo chorro de vinagre de vino.

       La consecuencia era un plato que daba un verdadero descanso a la temperatura exterior. Por aquellas verduras hoy de calidad irreproducibles, aquel remojón es ya una leyenda.

       Y, cuando acababa la faena, se celebraba una pequeña fiesta de confraternización a modo de despedida, después de que cantaren la “salve de los esquiladores”. Y a los niños no nos faltaba algún refresco “Orange Crusch” o de gaseosas “Piki”, de Cehegín, cuyas botellas se ponían a enfriar en un cubo con agua de la tinaja y estaban tan frescas, que ningún frigorífico actual puede envidiar aquella temperatura alcanzada de modo natural.

       -¡Mañana voy a preparar un remojón, Cholo! –Me ha dicho.

       Espero que me permita probarlo. No veo que me pueda hacer nada mal sus ingredientes. No tiene excusa.

       (Continuará…).

Gregorio L. Piñero

(Foto: esquiladores. Archivo fotográfico de la Comunidad de Madrid).

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