La siega y la trilla. Por Gregorio L. Piñero. Cuentos estivales.

Cuentos estivales (VI)

La siega y la trilla.

La siega y la trilla.

 

            Durante el mes de julio, los segadores, a golpe de hoz, recolectaban el trigo y la cebada de los campos que, en gavillas y en carros y mulos, se transportaban hasta la era donde se extendían formando la parva. De ahí que aún se diga, cuando algo es abundante, que se tiene o se entrega a “parvás”. El emparvado, era el momento en el que se apreciaba el verdadero resultado de aquellos esforzados trabajadores admirables.

 

            Me dice mi pupilo, que venían familias enteras de allende “Las Manchas” y Andalucía, para recolectar el grano. Eran gente experta en un trabajo que desarrollaban desde el amanecer hasta el atardecer, con el rato de descanso de la siesta, tras la comida, cuando el calor más fuerte y les era y resultaba imposible permanecer en el sembrado.

 

            Era su dieta alimenticia desde el desayuno a la cena, migas de harina de trigo, con lo que cercano tuviesen para acompañar: pepinos, uva, tomates…

 

            Tenían una dieta escasa en proteínas así que, los zagales, les cazábamos pájaros y ranas, para que pudieran hacer una ingesta más rica. A cambio, si era posible, nos daban una perra chica (5 céntimos de peseta).

 

            A muchos los acompañaba su familia, que se alojaban en las casas de los labriegos, aunque los varones y algunos niños y niñas, las más de las veces, dormían en la era, sobre la paja. Incluso –me incide mi pupilo- algunos de los que residíamos en la cortijada, ciertas noches podíamos dormir con ellos, en lo que nos parecía una aventura fantástica.

 

            Dice que con un segador manchego venía su hija Pilarica. Una morena con largas trenzas y ojos negros grandísimos, de su aproximada edad, de la que se enamoró irremediablemente. Su sonrisa le encantaba. Cuando podían subirse a los trillos, procuraba hacerlo con ella, para que se agarrase a él al sujetarse.

 

            Porque, después del emparvado, se trillaba. A la caída de la tarde y los domingos, se aparejaban los machos y se les enganchaba el trillo. Uno de los labriegos se subía a él, tomaba las riendas y comenzaba a dar vueltas en la era, de dentro a fuera, en círculos concéntricos, para que, con la fricción de sus cuchillas, se separase el grano de la paja. Sobre el trillo se subían los críos, tras del trillador, para hacer peso y, de paso, divertirles. Era entonces cuando su mano buscaba la de Pilarica y ella se agarraba a su cintura, sintiéndose más segura. Y él –me cuenta mi pupilo- se sentía el más feliz del Mundo.

 

            Tras la trilla, se aventaba para separar el grano de la paja que se almacenaban en sacos de aspillera y en pacas, respectivamente.

 

            Durante todo aquel año, dice mi pupilo que estuvo esperando a que fuese de nuevo verano para ver a Pilarica. Recordaba todos los días sus trenzas, sus grandes ojos, sus carcajadas… Estaba decidido a confesarle su amor. Pero cuando llegó la época de la siega, los segadores no llegaron. Lo que apareció fue un horrible gigante de color caca de bebé, y que hacía un ruido enorme. Se trataba de una nueva maquinaria que segaba los trigales, con más rapidez que con las labores tradicionales. La profesión de segador entró en extinción y jamás volvió a ver a Pilarica, de la que sólo conocía su nombre y que era de por esas “Las Manchas” de España. La Dulcinea de mi pupilo, se desvaneció con los adelantos mecánicos de la modernidad del progreso, agotándose su amor infantil antes de nacer al público.

 

            Cuando se levantó para irnos a dormir, vi que mi pupilo tenía los ojos húmedos por los emotivos recuerdos que me había contado. Decidí, entonces, que esa noche dormiría junto a él, al lado de su cama, para confortarle.

 

            (Continuará….)

Gregorio L. Piñero

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