Las lentejas de la guerra. Por Rubén Castillo

las lentejas de la guerra

 

Las lentejas de la guerra.

      Quizá las historias que no se sujetan de manera férrea a los parámetros clásicos (planteamiento, nudo y desenlace) desprendan un aroma mucho más fresco, más espontáneo y hasta más vital que las que sí lo hacen. El cartagenero Fernando da Casa así lo entiende (y lo pregona) en la página 341 de esta novela poliédrica y arterial, en la que diferentes personajes se ven afectados por la guerra civil española de 1936 y van viendo cómo los odios, los combates, las represalias y el rencor desbaratan o malhieren los cimientos de sus familias. De tal suerte que el relato nos entrega solamente unos segmentos de vida, unas aproximaciones, sin que el narrador se sienta obligado (y creo que hace bien) a detallarnos el final exacto de sus personajes, e incluso sin que se pronuncie de un modo terminante sobre su existencia. ¿Son producto de su imaginación o se ha limitado a deformar un poco a personas reales, que nacieron, vivieron y murieron en la España de aquellos años? Quién sabe.

      Con varios frentes narrativos que se desarrollan alternativamente, el escritor nos pide que lo acompañemos hasta Madrid, Cieza, Las Palmas de Gran Canaria, Torrevieja, Albatera, Cartagena e incluso México D.F., porque sus criaturas se van moviendo por esos territorios: unas veces, por nacimiento; otras, por vacaciones; otras, por motivos laborales o exilio. Aquella “maldita guerra ganada por nadie” (así la bautiza en la página 162) nos entrega un rico prontuario de sentimientos y reflexiones, que Da Casa expone con toques de humor, sensatez ideológica y gracia narrativa, alternando noticias bélicas, curaciones del aliacán, amoríos de uno de los personajes con Conchita Aleixandre (la hermana del futuro premio Nobel), hambres terribles, traiciones inesperadas, mezquindades absurdas y, en fin, un retrato vario y valioso sobre la España de los últimos ochenta años.

      Son historias menudas, humildes, como lentejas (“esa legumbre, pobre, pequeña y fea, salvó muchas más vidas que el Socorro Rojo y los refugios antiaéreos de Madrid”, p.99). Pero de la mano de Fernando da Casa esos hilos se cruzan y adquieren una densidad novelesca de primera magnitud, que convierten este libro en una maravillosa experiencia para los lectores.

 

Rubén Castillo

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