Las mascarillas del alma. Francisco Giménez

Las mascarillas del alma.

    Como era de temer, arrancamos el nuevo año con la mascarilla en todo lo alto y confitados en nuestro propio aliento, lo cual, en mi caso, es un lujo, ojo, porque no hay mejor colutorio que el whisky, y ya procuro yo que no me falte. Peor llevo que los gobiernos me cierren los bares porque me sienta como si me taponaran una arteria y lo único que me quita la mascarilla del alma es refugiarme en el estudio y en la ficción: el cine de siempre, la narrativa anglosajona y japonesa, la poesía (en Murcia hay más poetas que perros descalzos, ya lo dijo el clásico), y alguna que otra novedad televisiva que nos llega sin corsé, como en los tiempos en que vivíamos sin dueñas. Lilyhammer, por ejemplo, una serie simpatiquísima protagonizada por Steven Van Zandt, un viejo rockero que se estrenó como actor de carácter en Los Soprano y que ahora convierte el tipo que allí creó en un personaje con una encarnadura de dulce. La trama gira en torno a la siguiente idea: un capo de la mafia neoyorkina se acoge al programa de protección de testigos y elige ocultarse en Lillehammer, una pequeña ciudad noruega, donde confía que nadie lo encuentre. La serie va desgranando con mucha chispa los episodios a que da lugar el choque entre el buenísimo socialdemócrata europeo y la manera de instalarse en el mundo propia de un mafioso, un tipo resuelto, valiente, que desconfía del estado, que sabe que nada es gratis, que conoce al dedillo el catálogo universal de las debilidades humanas, y, lo que es aún más importante, el lugar y el momento precisos para aprovecharse de ellas para hacer negocios y cuidar de los suyos.

Lilihammer

    El guión lo escriben el propio van Zandt y dos aborígenes vikingos: Anne Bjornstad y Eilif Skodvin, y está concebido para la felicidad, no para la educación en valores, así que nadie pretende convencernos de que una familia mejora cuando el padre se pone un par de tetas, ni nos hacen sentir culpables por las desgracias que sufre algún pingüino pansío, ni ninguna mierda de esas de la ESO bilingüe. Antes al contrario, la serie rebosa ideas que deberíamos grabar con punzón de coral en el repositorio de nuestros afectos morales. De entrada, los guionistas tienen la justa visión del mundo respecto a esta Europa que se nos ha quedado tras medio siglo de monopolio ideológico de la socialdemocracia: un asilo barroco, acogedor, adormilado, desconchado, hipotecado, desarmado ideológicamente y minuciosamente despiezado en cómodos filetitos “multicultis” para que los engulla cualquier predador que llegue de un país donde la gente esté viva, despierta y con hambre. El protagonista defiende esta visión del mundo sin racismo y sin complejos; con la mirada limpia y punto. Uno de los mejores episodios, por ejemplo, transcurre en una clase de integración para inmigrantes. Un muchacho con pinta de tomarse muy en serio lo del Islam se niega a darle la mano a la profesora, y lo deja dicho con el aire de los que se saben rodeados de seres inferiores: “mi religión, que es la verdadera, prohíbe tocar a las mujeres”. Chimpún. Nuestro protagonista resopla, se lo lleva al retrete, lo agarra del cuello de la chilaba y se lo explica: “A ver, moro, ya sabemos que en tu país vestís a las mujeres como si fueran momias, pero ahora estás en Europa y aquí tratamos a las mujeres con respeto, así que, si la profesora te ofrece la mano, se la aceptas y la saludas con educación; y si no te gusta, te vuelves a tu pueblo.” Como quiera que el musulmán parece poco convencido y peor dispuesto, el mafioso le arrea un par de “guantás” pedagógicas, da por terminada la lección y santas pascuas. En la escena siguiente, vemos al de la chilaba saludar con toda prosopopeya a su profesora, que a estas alturas ya se viene cepillando al de la mafia; y dos episodios después el otrora talibán se relaciona con naturalidad con las mujeres e incluso toma parte del negocio de contrabando de alcohol que regenta el mafioso, a quien sonríe con simpatía no impostada, agradecido a quien le regaló la lección más importante de su vida: que a Occidente se viene a trabajar, a respetar al prójimo y a prosperar en libertad. Amén.

    En fin, la fatiga pandémica me tiene pesimista y me da que no tardarán en saltar varios sindicatos y asociaciones de madres y padres y “podres” que exigirán que retiren esta serie de la parrilla. Así que aprovechen lo que queda de las fiestas para verla, que ahora hay mucho marisco en el mercado y los sindicalistas andarán entretenidos.

 

Francisco Giménez Gracia

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Artículo publicado en el diario «La Opinión» de Murcia, el 14 de enero de 2021

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