Maridaje en Japón. Por Francisco Giménez

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Maridaje en Japón

 

    La categoría de lo tenue domina los hábitos del gusto en la cultura del Japón. La poesía mide las sílabas cuidando que las pasiones no desborden los límites de los versos; el teatro desconoce la fuerza de la catarsis trágica; la música recuerda el silencio; la pintura representa el mundo en tonos suaves y las mejores caligrafías se escriben con una tinta desvaída que apenas es una sombra. El Japón no conoce estrépito mayor que el producido por el tráfico en el famoso cruce de Shibuya, en Tokyo, un runrún ordenado sobre el que cualquier español podría dormir la siesta, y si es de Murcia, prepararse una oposición. El Japón llega a despreciar las rosas, porque un olor tan punzante deviene grosería, aunque sea gloriosa; mientras que la nación entera se embelesa con el levísimo perfume de la flor del ciruelo, que nadie todavía ha logrado describir (yo diría que ni percibir), pero que se considera como el summum de la delicadeza y la elegancia por el canon olfativo nipón.

      Con esa manera tan afilada de sentir el mundo, no es de extrañar que sus whiskys, hoy por hoy los más cotizados en el mercado, cumplan con el imperativo estético de discurrir por los sentidos sin picos dramáticos. Los blended y los single malt japoneses, en efecto, representan bien a su nación y sólo desvelan sus sutiles matices organolépticos a quienes comparecen ante ellos con esa atención recta que es uno de los ocho caminos que el budismo recomienda para alcanzar la excelencia del carácter. La clave de bóveda del whisky japonés (del bueno, porque ya venden de todo) se encuentra en los toneles en los que madura, para los que se emplea una variedad de roble oriundo de la isla de Hokaido, el mizunara, tan escaso y difícil de cultivar que el precio de cada barrica nueva se eleva hasta los 9000 dólares en el mercado internacional. A cambio, el mizunara aporta aromas de sándalo, cedro, incienso, áloe, naranjas nuevas, coco rallado y ese rastro que dejan las hojas muertas sobre el suelo húmedo de un bosque en otoño.

      Para iniciarse en este universo les voy a proponer un Hatozaki, que combina maltas de tres barriles: jerez, bourbon y mizunara, con un resultado complejo, elegante, en el que predominan las naranjas, el coco y el incienso, y un color que pareciera que, en lugar de la cebada, se ha destilado la luz fría del amanecer en la montaña. Con todo, lo mejor esta expresión es su paso por la garganta, donde los whiskys muestran su buena ley, que en este caso es seda y brisa. El precio es razonable y les dejará un recuerdo que sabrán agradecerme. Cualquier manjar marida bien con el buen whisky y yo se lo ofrezco a los amigos con jamón y pan con tomate, y nadie se queja; pero lo cierto es que el whisky se disfruta más a solas, a media tarde, con la boca bien limpia, en silencio, y, si acaso, con una buena lectura, que nos bendiga la mente entre sorbo y sorbo. En este caso, les voy a recomendar que mariden el whisky con el Heike Monogatari, una novela histórica que constituye una de las cumbres de la narrativa japonesa y universal. Escrita en el siglo XIII (no terminamos de saber por quién), el Heike Monogatari levanta acta poética de las guerras que dieron fin al período Heian, la edad de oro de la cultura japonesa, y sus páginas rezuman mono no aware, ese hábito de afecto característico de la ética y la estética japonesa que vincula las emociones de esta nación sorprendente con todo aquello que declina, que es fugaz y que exhibe su condición mortal.  De modo que sírvanse un buen whisky nipón, añádanle unas gotas de agua para abrir sus aromas (en ningún caso lo intenten con hielo: somos cristianos, no osos polares), y conviértanse en guardianes de lo efímero con esta meditación que figura al frente de la historia de las guerras del clan Heike, que debería mostrarse labrada en piedra en todos los despachos de los poderosos: “En el sonido de la campana del monasterio de Gion resuena la caducidad de todas las cosas. En el color siempre cambiante del arbusto de Shara se recuerda la ley terrenal de que toda gloria encuentra su fin. Como el sueño de una noche de primavera, así de fugaz es el poder del orgulloso. Como el polvo que dispersa el viento, así los fuertes desaparecen de la faz de la tierra”.

Francisco Giménez

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Artículo publicado en el diario «La Opinión» de Murcia, el 2 de diciembre de 2020

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