Gran Vía de Madrid. Por José Fernández Belmonte

Gran Vía de Madrid
La habitación en el Sterling es tan estrecha que les escribo con la espalda pegada a la puerta. La wifi va y viene como una marea caprichosa e imprevisible. En la televisión venden máquinas de gimnasia para no hacer gimnasia y adelgazar diez kilos en un mes. Tras la puerta, las maletas suenan histéricas camino hacia mil sitios y a hacia ninguno. Escucho risas y voces nerviosas. Una mexicana quiere ver el Guernica, en el Reina Sofía, y su joven esposo quiere ir al Bernabéu, en lo que podría considerarse como su primer gran conflicto matrimonial. Anoche, el frío estiraba las pieles, y la contaminación nos ennegrecía los pulmones, en una agresión paralela y gratuita en plena Gran Vía de Madrid.
La vida en la Gran Vía siempre es la misma. Turistas. Compras. Pedigüeños. Tráfico. Paisanos autistas. Colas para ver lo nunca visto. Todo fluye a un ritmo vertiginoso a caballo entre la autenticidad y la ficción. Entre los carteles de grandes musicales al estilo Broadway. My fair lady y El Rey León. En los cines, arrasa Ocho apellidos catalanes. En las grandes tiendas lo hace el novedoso Black Friday, que a mí me suena como una gran «fritada» contra nuestras demacradas y estériles tarjetas Visa. Los turistas buscan Primark como los conquistadores españoles buscaban El Dorado. Y yo no sé ni qué busco.
La cuestión es buscar. De niños escarbábamos en la arena como si fuera lo único verdadero y de mayores seguimos escarbando en nuestra rutina con la ambición de encontrar ese no sé qué que no tiene ni forma ni contenido. Ese no sé qué etéreo que agudiza nuestra ansiedad y nos hace sentir que no sentimos y que no vivimos lo suficiente. Que no tenemos lo suficiente. Que no compramos lo suficiente. Que no amamos lo suficiente. La vida, nuestra vida, es como esta Gran Vía madrileña, llena de luces y sombras, un escenario cambiante que siempre es el mismo y cuya verdadera diosa es La Cibeles, o el Guernica, o el Bernabéu, o un Big Mac con doble queso.

 José Fernández Belmonte

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3 comentarios:

  1. Hay mil modos de escarbar en la arena. Al fin y al cabo, después llega una ola y te lo desbarata todo, sin piedad, ajena a la estrechez de la habitación del Sterling (yo tuve más suerte que tú una vez que me alojé: cabía toda entera) y al ennegrecimiento paulatino de los pulmones, a los problemas que acucian a cada persona que cruza la Gran Vía sin decidirse entre el «Guernica» o el Bernabéu.
    Así es la vida.
    Un gran abrazo.

  2. Ese «no sé qué etereo» es la clave. Que lo buscamos fuera, señor Belmonte. Que escarbamos fuera, cuando debiéramos simplemente buscar en nuestro interior lo que quede de bueno y manifestarlo. Lejos de las cosas. Cerca de nosotros mismos y lo que de verdad amamos.

    Un abrazo por esta magnífica búsqueda de lo importante. Felicidades.

  3. Quizá la ruidosa Gran vía no sea el mejor lugar para buscar esencias. Pero me da que la vida cada vez más se reduce a lo concreto, demasiado aseptico.
    Besos

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