Vivencias. Por Maribel Romero Soler

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Durante la última semana he tenido que leer, en calidad de jurado, un determinado número de relatos que fueron presentados a concurso bajo el tema “vivencias”.
Los participantes, anónimos para mí, debían relatar algún episodio de su vida que les hubiera dejado huella, y puesto que el concurso estaba dirigido a los mayores (término que últimamente ha venido a sustituir al más antiguo de tercera edad), era previsible que vivencias iba a leer muchas y variadas.
Si hay algo que proporcionan los años es libertad. Los mayores no tienen ningún reparo en abrir la caja de los secretos y dejarlos volar si las circunstancias animan a ello. Se pierden los miedos, se ganan valores.
Ha sido un lujo para mí bucear en tantos recuerdos, imborrables para las mentes de sus dueños; sentirlos como propios, sufrir o reír con sus protagonistas, meterme en su piel… No es la primera vez que soy jurado de un certamen literario, pero posiblemente sea ésta la que más he disfrutado.
He vivido la guerra desde la angustia de niños y niñas muy pequeños, he escuchado los bombardeos, las alarmas, he corrido al refugio… Me han enervado las injusticias e incomprensiones, los abusos de poder… También he sido cómplice de los primeros amores, la ausencia, el regreso, la enfermedad o los secretos de familia celosamente guardados durante muchos años que por fin han explotado para liberación de sus custodios. Bravo, valientes.
Se me ocurrió comentar en casa algunas de esas vivencias (sin poner nombre a sus dueños, puesto que en todo momento han sido desconocidos para mí, y sin entrar en demasiados detalles) y me di cuenta de que conseguía transmitir a los que me escuchaban la misma fascinación que había sentido yo al leer los textos. Cómo nos atrapa lo real, cómo nos deslumbran las vidas ajenas, o nos extrañan, o sencillamente nos seducen. «¿Eso pasaba antes?», «¿Eso es posible?».
Llevaba a mi hijo pequeño en el coche cuando me dijo: «Mamá, a tus años (gracioso el niño), tú también tienes que tener recuerdos de cosas que te hayan pasado en la vida. ¡Cuéntamelos!». Hice un poco de memoria y pensé que nada era importante ni merecedor de ser contado si tomaba como modelo las vivencias que guardaba en casa escritas en un puñado de folios ajenos. Pero ante su insistencia traté de recordar algo que me hubiese dejado huella, y le dije que en una ocasión presencié el atropello de un perro y lo vi morir delante de sus dueños. Me impactó mucho. Salieron tres o cuatro recuerdos más, curiosamente asociados siempre a hechos dramáticos o como mínimo preocupantes.
Un par de horas después, cuando recogí a mi hijo de su actividad deportiva, me preguntó de nuevo en el coche: «¿Te has acordado de algo más?». Y volvimos a casa invadidos por el espíritu del recuerdo. Si hacemos memoria, la vida sale a borbotones de su escondite, se muestra, se escenifica, se desnuda, para deleite de los que sienten fascinación por ella.

Maribel Romero Soler

Blog de la autora

Un comentario:

  1. Elena Marqués

    Pues creo, Maribel, que, ya que tienes esa capacidad de contar, no deberías dejar que esas vivencias cayeran en el olvido. Además, como dices, nos creemos que están olvidadas por demasiado lejanas y, de repente, una te lleva a otra y ya no puedes parar de recordar. Te trasladas a otros años, a otra vida. Que es también la tuya.
    Un abrazo.

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