Historias de nieve

Nieve, ¿Caliente o fría?
Durante mi infancia la nieve fue una constante discontinua, llegaba entre noviembre y diciembre y desaparecía en marzo o en abril. Embellecía los árboles desnudos del parque y hacía casi imposible transitar por las calles de Múnich una vez que, congelada, pisoteada y ensuciada, se amontonaba por doquier. Luego se iba derritiendo y aumentaba el caudal de los arroyos y del río Isar para dar paso a la primavera.
A los niños la nieve nos traía grandes diversiones: montábamos en trineo o esquiábamos bajando colinas pequeñas. Los más ágiles -entre los que no me encontraba- tenían botas de patinaje y bailaban en cualquier superficie helada.
Pero lo más sorprendente de la nieve de mis recuerdos es que no podría decir si era fría o caliente… Para salir nos vestían como para una expedición al Polo Norte y aun así el primer impacto del aire en tu cara era más que frío. (frío). Luego reaccionaba el cuerpo al esfuerzo de arrastrar el trineo hasta el tope de la colina y el viento al bajar te acariciaba si bien la bajada siempre fue demasiado corta. Poco a poco empezabas a sudar y el calor iba en aumento, tus mejillas ardían y los más lanzados se quitaban guantes, gorros y bufandas que luego no volvían a encontrar lo cual les ganaba unas galletas y tirones de oreja (caliente). Otros tenían la mala suerte de volcar y el polvo helado se les colaba por la nuca y las mangas. Cuando te parabas te entraban unos escalofríos que subían por la espalda y eso que todavía no te habia atacado el hijo del vecino con bolas de nieve semicongeladas, mientras él se protegía con una caja de madera… (frío). Goteando aguanieve por los cuatro costados subíamos a casa donde nos esperaban con la bañera llena de agua calentita y una muda completa, pijama y a veces un chocolate a la taza (caliente).
Fue todo un festín para los sentidos y todavía no os he contado lo de los paseos navideños por el bosque nevado donde la vibración de tus pasos hacía que se cayera de las ramas un finísimo polvo blanco como si te encontraras dentro de un gigantesco globo de nieve.
Así viví hace sesenta años la nieve en Múnich, Alemania. Las fotos son de la época… o sea, mías.
Dorotea Fulde Benke