Paul Auster, El Palacio de la Luna. Ángel Silvelo

 

Paul Auster, El Palacio de la Luna.

LA BÚSQUEDA DE LA IDENTIDAD A TRAVÉS DEL AZAR.

  ¿Se puede predecir el futuro, o son las sinergias del azar que en determinadas ocasiones gobiernan nuestro destino las que en verdad posibilitan que nuestras vidas sean de una forma y no de otra? A simple vista parece que disponemos de diferentes opciones a la hora de construir nuestro futuro. El esfuerzo, el trabajo, la dedicación plena a una actividad en concreto. Todo ello, sin duda, en aras de no facilitar la dispersión o la incertidumbre. Sin embargo, cuando creemos que lo tenemos todo controlado surge el azar y lo cambia todo. Esa fuerza, que existe, pero que casi nunca llegamos a entender muy bien, forja con sus casualidades muchos aspectos de nuestra existencia, eso sí, saltándose las reglas de toda lógica, pues nos moldea la vida de una forma imperceptible e invisible, tal y como el viento diseña la forma de las rocas día a día con el paso del tiempo. Paul Auster, un escritor que escudriña el azar objetivo, lo sabe muy bien y, tras una experiencia inexplicable que le ocurrió en su infancia, ha recorrido toda su vida y obra literaria por una autopista donde el azar o el destino se encargan, entre otras cosas, de ponerle y ponernos constantemente a prueba. Y, quizá, más que nunca lo haya hecho cuando ha tratado de buscar su propia identidad y la de sus personajes, enmarcadas o no, en el juego de las casualidades. En este sentido, Paul Auster en El Palacio de la Luna sincroniza con una aparente sencillez todos y cada uno de los caminos que llevan a sus personajes a esas situaciones inesperadas que, por cambiantes, se hacen únicas, y sobre todo, muy atractivas. Sin embargo, tras esa sencillez no solo se esconde la búsqueda de la identidad, sino también, la soledad que define a sus protagonistas —seres humanos aislados frente al mundo—, y al componente absurdo que muchas veces tiñe a sus decisiones —por insólitas o inexplicables y siempre fruto de la impulsiva necesidad de llegar a encontrar una respuesta—. De ese absurdo inconcebible surge un concepto muy atractivo: el viaje como experiencia. Y de ese viaje nacen, en esta novela que se enmarca dentro de la trilogía del azar, unos personajes que en buena parte de la narración recorren el presente y el pasado de la historia de los Estados Unidos de América como protagonistas de unas vivencias que corren en paralelo a las de su país. Ese reconocimiento dentro de esa geografía política dota a esta novela de un cierto enganche con la gran novela americana, siempre preocupada por poner en tela de juicio los valores que, según nos cuentan y venden a diario, son los bases o pilares de una gran nación que se define a sí misma como la tierra de las grandes oportunidades.

  Paul Auster, en El Palacio de Luna, nos sumerge en ese brillo nostálgico, frío y nocturno del astro que siempre nos acompaña como un vigía que nos ilumina el camino en la oscuridad. Y de sus múltiples interpretaciones presentes en esta historia de identidades perdidas, o encontradas a destiempo, surgen una serie de personajes que se van sosteniendo los unos a los otros como muletas que definen su inadaptación. Y para que todo nos parezca fruto del mero e inofensivo azar, el escritor norteamericano de ascendencia polaca dota a esta novela de una estructura al estilo de las muñecas matrioskas, pues sus historias se van interponiendo las unas a la otras de una forma ágil e inteligente sin que apenas el lector se dé cuenta de este perfecto mecanismo dotado de antemano de un mensaje cerrado sin opción a la sorpresa. En esa necesidad de Auster de acapararlo todo a través de sus novelas —novelas-mundo— existe un punto de conexión con los márgenes del absurdo y la incertidumbre de otros autores norteamericanos, como pueden ser: Jack Kerouac en sus novelas En la carretera o Los subterráneosJohn Updike en su saga Corre conejo; John Fante en sus novelas Pregúntale al polvo o Sueños de Bunker Hill, o también de las narraciones del incombustible Bukowski en su infinito vagabundeo por las calles y casas de los barrios residenciales de los EE.UU, o por qué no, con esa primera conexión con el vagabundeo intelectual de Henry Miller en sus trópicos (Trópico de Cáncer y Trópico de Capricornio).

  El Palacio de la Luna es una extensa e intensa novela en la que una vez más, en la obra de Paul Auster, se abren paso las múltiples referencias externas, entre las que sin duda destacan las literarias —Beckett, Cervantes o El Lazarillo de Tormes—, por no hablar de esa magnífica reiteración de imágenes donde el protagonista de esta historia se ve abocado a vender los libros que su tío le ha dejado en herencia; una imagen donde la literatura se convierte en el sustento más vital de una vida que va más allá del alma, o en una nueva búsqueda de la identidad a través del azar.


Ángel Silvelo Gabriel.

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