¿Qué estamos haciendo con la verdad? Miguel Sánchez Robles

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¿Qué estamos haciendo con la verdad?

 

  Occidente ha empezado a dejar de ser “bonito” y lo están volviendo otra cosa. Tal vez tengamos que vivir muy pronto en un mundo en el que nada termine de romperse y nada termine de aclararse y ni siquiera haya un gran proyecto detrás de lo que existe, solo personas y personas que repiten el mismo minuto de su vida durante años y años sin importarles en absoluto la verdad.

  La verdad importa. Es terrible vivir sin ella, porque la verdad no solo sirve para darle sentido y valor a nuestras vidas, sino para vivirlas sin rompernos por dentro. Tal vez estamos asistiendo ahora mismo a ese momento crucial en el que todavía es posible controlar la verdad y defenderla. Recuerdo con nostalgia un tiempo en que la verdad tenía el prestigio de las cosas que no necesitaban defenderse. La verdad era como una jarra de agua clara y potable en medio de la mesa, o luz entrando por la persiana del dormitorio para avisarte que ya es de día, o la voz de mi madre llamándome por mi nombre desde la cocina porque era la hora de comer. La verdad no hacía ruido y no llevaba escolta. No pedía seguidores. Estaba siempre ahí, quieta, firme, segura, natural, cotidiana, y ahora bulle loca, inmanejable, como las bolas del bingo que quedan por salir.

  Ahora, la verdad parece una actriz cansada a la salida de un teatro en llamas. Todos la rodean con micrófonos en la mano, todos exigen de ella una versión ridícula o bastarda. Nadie le pregunta o le interesa saber qué está ocurriendo, sino qué rendimiento puede dar su interés. Y eso es de lo más trágico de nuestro tiempo, no la mentira, que siempre existió como existe la sombra de los árboles, sino la devaluación sentimental de las certezas.

  A veces me pregunto por qué estamos dejando de amarla, por qué la verdad podía antes dolernos y, aun así, ser respetaba como se respeta a un médico que pronuncia un diagnóstico muy duro, por qué solo la aceptamos si coincide con nuestras preferencias vulgares, ni siquiera ideológicas, vulgares, o con el interés de nuestra tribu o nuestra banda social, o con el decorado moral que nos han construido para no sentirnos solos y angustiados.

  Todo lo que es noticia nos llega ya maquillado, nace con filtro demasiado sesgado, trae de serie su dosis de propaganda y artificio, su coreografía de indignación, su ejército de intérpretes. La verdad ya no surge desnuda en la plaza pública, y si lo hiciera, le tirarían naranjas o pedradas. La verdad camina por la realidad vestida por agencias, delirios y miedos colectivos. Sale a la calle maquillada y peinada para gustar como un muñeco de feria.

  Hay algo terriblemente infantil en nuestra relación actual con la verdad. Queremos que nos dé la razón y nos ame como si fuésemos los buenos de la película o el cuento. Queremos que nuestras ideas y nuestras opiniones sean limpias, que nuestros actos no dañen a nadie, aunque duelan y hieran. Pero la verdad tiene en su naturaleza lo áspero y curativo de la piedra pómez. No sería absoluta si no lo tuviera.

  Quizá nuestra espuria relación con ella comenzó cuando confundimos información con conocimiento, y conocimiento con sabiduría. Nunca antes hemos tenido tantos datos y tanta opinión de eruditos y hemos estado a la vez tan expuestos a la superstición emocional. La mentira ya no necesita camuflarse de nada, le basta con mezclarse. Se disuelve muy bien entre miles de verdades a medias, entre titulares urgentes y opiniones instantáneas, hasta que el cansancio hace el resto y todos terminamos aceptando, no lo más cierto, sino lo más chapucero y respirable como si fuera un táper con fideos.

  Y sin embargo la verdad está todavía viva en el anciano que recuerda un detalle crucial y en el niño que pregunta con inmensa curiosidad las cosas más humanas y complejas porque aún no se ha dado cuenta de que la mayoría de los adultos sobreviven gracias a respuestas falsas.

  Lo terrible es que, tras la manipulación de la verdad pública, comencemos a falsear también la personal, la íntima, y hagamos de nosotros mismos y de nuestra vida una escueta biografía soportable, aprendamos a borrar nuestra cobardía, la envidia, la culpa, nuestros errores y defectos y después llamemos identidad a esa falsificación burda.

  Y lo peor es que entre todos ayudemos a ir llenando la realidad de dobles fondos y de puertas que no conducen a ninguna parte salvo al sótano mental de nuestras conveniencias. Que ni siquiera sepamos valorar que la verdad no es siempre un discurso, sino una presencia que conserva un viejo resplandor luminoso, algo muy parecido a un vaso olvidado junto a la cama de un enfermo.

  Sí, convendría preguntarnos qué estamos haciendo con la verdad, porque quizás estemos perpetrando con ella lo mismo que con los bosques: explotarla hasta volverla irreconocible o extinguirla, o exigirle productividad, espectáculo, entretenimiento, pedirle que sea útil, rápida, compartible, dúctil, someterla a la inmediatez, a esa forma contemporánea de ceguera estúpida. No asustarla para que se retire de nuestras vidas, como esos animales que dejan de bajar al río cuando el ruido humano invade la ribera. No esconderla en esa literatura y poesía que apenas ya lee nadie, en esos libros en los que hay todavía una forma de verdad que no compite ni aspira a imponerse. Aunque tal vez la pregunta más adecuada no sea qué estamos haciendo con la verdad, sino qué estamos haciendo con nuestra capacidad de soportarla.

  En el fondo, la verdad no ha cambiado ni se disfraza por sí misma, quienes hemos cambiado somos nosotros que nos hemos vuelto frágiles para recibirla, impacientes para buscarla, y estúpidos para reconocerla.

Miguel Sánchez Robles

La Opinión de Murcia. 16 de mayo. 2026

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