Sin novedad en el frente, del director Edward Berger. Ángel Silvelo

sin novedad en el frente

 

Sin novedad en el frente, del director Edward Berger

  ¿Qué hay tras el telón en el que se desarrollan los conflictos bélicos? ¿Cuál es el motivo que le lleva a un joven a renunciar a su vida para dársela a un concepto tan abstracto como es el de la “patria”? ¿Por qué la belleza se difumina en un maldito y certero disfraz de la muerte? Edward Berger tira de aquello que muchas veces no vemos para mostrarnos en una buena parte de esta película qué es lo que ocurre tras la línea del frente. Allí donde a simple vista parece que no pasa nada. Tanto es así, que el director nos muestra los bellísimos paisajes que existen a escasos metros de la contienda, como por ejemplo, cuando filma como si de un cuadro de Millet se tratara, la tierra y el cielo dividas por el horizonte; un horizonte sobre el que cae una bengala que nos ilumina más si cabe el bello encuadre que contemplamos: un campo cuya bruma del atardecer le hace inmensamente estético. Un paisaje estético y apetecible sobre el que poder caminar a última hora de la tarde. Una estampa y un campo que, sin embargo nos mienten, pues tras su tranquila y fotográfica hermosura a pocos metros se esconde el escenario de la guerra. Si por definición todas la guerras son crueles e inútiles, La Gran Guerra lo es aún más. Tras poco más de, cuatro años de contienda, apenas el frente avanzó unos metros en uno u otro sentido. Ese holocausto de la razón se llevó por delante al menos la vida de diecisiete millones de personas. Muchas de ellas jóvenes que, cegados por el concepto de una falsa gloria, marchaban al frente poseídos por la inocencia del niño que ignora lo qué es y significa la muerte. A pesar de lo expuesto, no faltan en esta magistral película secuencias bélicas memorables rodadas con gran agilidad y movimientos de cámara que nos muestran al detalle el horror de la masacre, como tampoco nos escatima su director, Edward Berger, esos instantes o planos secuencia que se te quedan grabados en la mente por la capacidad que tienen de conmover y hacernos pensar una vez más en la inmensa barbarie que toda guerra conlleva contra aquellos seres humanos que la sufren, más si cabe, si lo hacen en primera línea del frente. Esta nueva versión de la novela del alemán, Erich Maria Remarque, nos deja constancia desde su título de la rotunda falacia del mismo, una percepción que se ve de una forma muy clara tanto en las negociaciones del armisticio como en la falta de piedad del general alemán que manda a sus hombres a una muerte segura. Es ahí donde nace ese equivocado sentido de la obediencia y la servidumbre del hombre corriente frente al Estado. Un enfrentamiento donde siempre sale perdiendo el ciudadano de a pie.

  Uno de los mensajes de esta película es, sin duda, la ausencia de la figura del héroe, por más que empaticemos con su protagonista, pues él también participa de la crueldad de la misma y de su maldito telón de fondo, a pesar de que en ciertas ocasiones se nos muestre como un canto a la belleza. La belleza de una tierra devenida en campo de batalla que hace de testigo necesario y fundamental en el desarrollo bélico. Esta tierra también es protagonista del film, pues en ella yacen los muertos, se cavan las trincheras, y se instalan las alambradas que nadie ve en la noche. Todo este escenario y, en particular esta historia de muertos y deseos no cumplidos, también nos debería hacer reflexionar acerca de por qué los seres humanos los contemplamos en demasiadas ocasiones sin apenas asombro. Quizá, porque todo hecho bello y heroico lleva intrínseca la maldición de quien se alza como voz discordante o héroe de un solo gesto, y si no que se lo digan al autor de la novela, que sí pudo huir de Alemania antes de que fuera demasiado tarde, pero no así su familia que fue asesinada por tal motivo. En este caso, la inutilidad de lo inútil, parafraseando a Nuccio Ordine, se pone de manifiesto cuando años más tarde se reabre la herida de la guerra por el mismo motivo: el territorio. En este sentido, de nuevo la tierra se convierte en la trágica protagonista del desdén que trunca voluntades y facilita la reordenación demográfica de quienes la sufren.

  Más allá del barro sobre el que descansan los soldados, los caballos muertos, el hambre que pasan los combatientes, o las bengalas que iluminan y delatan al enemigo, Sin novedad en el frente es un duro y bello canto antibelicista del cruel trasfondo que rodea a toda guerra.

Ángel Silvelo Gabriel

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