Superlativo. Por Anita Noire

Superlativo

Superlativo

Cada día despertamos con una noticia peor. Y aunque las de hoy son mejores que las que tendremos mañana, al final, lo superlativo es lo que nos vamos encontrando, incluso en lo pésimo. La proclamación de la Constitución Española del año 78, que dejaba atrás un panorama más que sombrío, sufre en estos días un continuo ataque desde las entrañas del propio Gobierno. Nada es casual.  

Uno de los grandes males que ha aquejado a este país es la corrupción. No podemos sentirnos orgulloso. Es un grave error pensar que la podredumbre se encuentra solo en las altas instancias, en las clases dirigentes o en las grandes empresas. La realidad es que se encuentra extendida entre todo tipo de personas y personajes de este país. Hoy, algunos andan dándose golpes en el pecho, señalando con el dedo las actuaciones del rey emérito. Personas que mientras rugen por el fin de la monarquía porque ha hecho uso y abuso de su posición para obtener un rédito personal, pagan en negro la reparación del calentador de agua de su casa, alquilan un apartamento bajo mano, cobran de un ERTE mientras la empresa les complementa el sueldo, o recuentan el dinero de las cajas B de sus partidos y esconden las verdaderas cloacas de este país. Gente que se hace cruces de la indignidad de quien fue el Rey mientras se blanquea y pacta con bandas terroristas, mientras se atenta a la legalidad y a vida común de los ciudadanos de este país. Nada es justificable. Ni lo del emérito, ni lo del vicepresidente tapando sus propias vergüenzas vociferando sobre inciertas huidas, ni lo del presidente de este Gobierno  pactando con quien hasta hace cuatro días le descerrajaban un tiro en la cabeza a ciudadanos de su partido, ni lo de la señora que tiene a la doméstica trabajando sin papeles ni contrato. Nada lo es. La inmoralidad y la falta de decencia es el mal de España. Lo hemos permitido todo en aras a mantener a flote ideologías y principios del siglo XIX que casan mal con las necesidades de nuestro siglo. Los mimbres sobre los que nos sostenemos son endebles y cimbrean cada vez más. Estamos cruzando líneas peligrosas que una vez atravesadas ya no tienen vuelta atrás.  

Tenemos la tendencia a imaginar que los conflictos bélicos siempre ocurren en otros lugares, en países lejanos que nada tienen que ver con nosotros, pero no es cierto. Las muestras de la confrontación social la tenemos cerca. No hace tantos años, en la antigua Yugoslavia jugaban a socavar los derechos de uno frente a otros, la corrupción tampoco era cosa mínima y los derechos se volvieron relativos. No estamos preparados para vivir lo que vivieron nuestros padres y nuestros abuelos. Hoy en día, las redes sociales y el acceso generalizado a Internet permiten tener al alcance cualquier tipo de información sin saber si es cierta, si está contrastada, o si nos la están ofreciendo bajo el filtro de la visión ideológica del medio afín. Las líneas que separan la libertad y la seguridad del totalitarismo de algunas corrientes se difuminan en muchos momentos. Evitar que las primeras se quiebren requiere de un esfuerzo titánico en defensa de la democracia y en reconocer que no todo vale. Debemos perseguir la corrupción hasta el final, en todos los ámbitos. Nuestro futuro se encuentra en la defensa de unas instituciones que no siempre son ocupadas por las personas más íntegras y mejor preparadas; pero debemos separar el grano de la paja, discernir en qué lugar se encuentra aquello que quiere acabar con nuestro modo de vida y, sobre todo, en querer continuar siendo un país en el que la libertad y la seguridad sean su punta de lanza.

Anita Noire

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