Un político cualquiera. Por Ángel Medina

un político cualquiera

 

Un político cualquiera.

 

“A fructibus cognoscitur arbor”

 

      Detrás de una pluma puede haber un doliente. Alguien que reflexione y quiera ofrecer esa ponderación para que otros la puedan considerar. Y es que duele un país viendo cómo van surgiendo de las grafías que emborronan el papel muñecotes negros de tinta, que se alzan en señal de protesta por la angustia que padecen.

      Los ciudadanos de demasiadas patrias estamos muy cabreados, y la razón es fácil de entender.

      Los que dirigen la política – salvo excepciones- han conseguido tocarnos hasta los “mismísimos”. El vaso está colmado hasta la saciedad. Sólo se obtienen promesas incumplidas y se afianza la pobreza generalizada. La sociedad se siente traicionada y ha perdido la fe en los que mandan. Es algo así como si los músicos desconfiasen del director de la orquesta. Son muchos los que detestan cualquier forma de dictadura, pero también son muchos los que piensan que se va retrocediendo en conquistas sociales e incluso se ataca la libertad para instalar el despotismo “des-ilustrado”, al amparo de la sacrosanta invocación a la Democracia. Antes eran unos pocos los chupópteros que mamaban de las ubres, pero hoy son legión, sin que acaben nunca los procesamientos, si es que se inician y no prescriben antes.  Eso, por no hablar de la nueva casta que viene a salvarnos, que tras probar la fruta prohibida acaba integrándose en la vieja.  Por sus frutos conocemos al árbol, como dice el proverbio latino que encabeza estas letras.

      Hagamos uso de la imaginación ¿o tal vez basta la simple observancia de la realidad? …)

      Si tenemos, de una parte, un cubilete, y de la otra distintos ingredientes, y echamos dentro del mismo un toque de progresismo barato, unas migajas de nuevas leyes para azuzar a unos contra otros y dividir al pueblo, o se promueve el encuentro entre civilizaciones, sin tenerse en cuenta la dificultad que entraña la integración con quienes mantienen de manera directa o velada el expansionismo teocrático y no practican los derechos humanos; si agregamos dos cuartos de emancipación radical, una ración de ecologismo pomposo, el histrionismo de un verbo ramplón ( ya se sabe: esa clase de oradores que hablan sin parar para no decir nada),un montón de gotas de autosuficiencia, un anticlericalismo latente ( se eliminan los valores y se puede manipular mejor al individuo), el despilfarro de la economía de manera desbocada, el retroceso en la calidad de la enseñanza, el empobrecimiento generalizado, haciendo caer las clases medias que son el sustento de todo país, el enfrentamiento entre la ciudadanía, dividiéndola en blancos y negros, rojos y azules, explotadores y explotados… y todo eso lo agitamos enérgicamente, ¿ qué podrá salir del cóctel?. Sí; lo han adivinado. Un político progre.

      ¿Y qué hace un político oportunista? Pues eso que se tiene a pelo en la boca: implantar su ideología y autoproclamarse César de ese imperio. Como aquel enorme octópodo de “20.000 leguas de viaje submarino”, el leviatán gigantesco abraza el país con sus tentáculos, al amparo de un reformismo populista, cuando no populachero, forjándose la aureola de ser el salvador del sistema, situándose por encima del bien y del mal. Él y su bandería son los buenos de la película. Mesianismo de un inepto que puede arrastrar todo un país hasta el fondo del abismo. Vanidad de vanidades, como dirá el Eclesiastés. Houdini de la marrullería. ¡Basta ya de advenedizos! No más aventureros.

      La ciudadanía se encuentra inerme. Por eso, han de promoverse iniciativas que vengan a consolidar la política y alejar a los arribistas. Un país se juega mucho, según en manos de quién se encuentre. El conductor puede conseguir que su batuta extraiga de los instrumentos una sinfonía extraordinaria, pero también que rechinen, desafinen y que los espectadores tengan que abandonar la sala y exigir su dimisión.

      No más lamentos. Propuestas, sí. Exigencias, también.

      En primer lugar, es deseable que gobierne el partido más votado. Parece una perogrullada, pero no lo es. No basta conseguirse el mayor número de votos en los comicios, pues puede acabar gobernando el que las pierdes si se coaliga con otros partidos perdedores. Un fraude legal. Se estraperla con las papeletas mediante el apoyo, a cambio de recibir contrapartidas. Prometen el oro y todo queda en oropel.

      El bipartidismo ha sido sustituido por el pluripartidismo. La derecha se ha desplazado hacia el centro y la izquierda pretende ocupar espacios de la derecha, en tanto que el centro se presta a tejemanejes de unos y otros en busca de electorado, mientras que grupitos de nuevas facciones de roedores merodean buscando morder el queso. Pero, el pluripartidismo es un engaño, pues el programa del ganador puede no llegar a aplicarse. Hay que cambiar el sistema. Las coaliciones entre partidos han de hacerse antes y no después de las elecciones. Agruparse antes de los comicios en orden a las ideologías, pero nunca después. Dos únicos bloques que puedan reagrupar las corrientes afines, aunque difieran en la aplicación de los programas respectivos. Eso es cosa entre ellos, pero hacerlo después de las votaciones es un auténtico timo a los electores. Un engaño al Pueblo.

      Nos hemos acostumbrado a que nos mientan impunemente. Los compromisos electorales han de ser cumplidos. Esta sería la segunda demanda. No es concebible que exista el delito de la publicidad engañosa, que establece pena de prisión, y sin embargo quienes mienten haciendo promesas para ganar las elecciones (que es algo muy serio), no sufran penalización alguna por el incumplimiento. La memoria colectiva ha de ser la hemeroteca, donde se recoge todo lo que se dice.

      En tercer lugar, ha de establecerse un perfil para los altos cargos del gobierno, y sobre todo para el Presidente de la Nación, tanto a nivel ético como profesional. Tecnócratas y no simples afiliados que buscan la olla. Personas de reconocida valía, formación y competencia. No puede ser ministro del ramo alguien que no tiene ni remota idea del cargo y ha de ser llevado en volandas por sus subordinados. ¿Cómo entenderse – pongamos, por ejemplo- que se le ofrezca la cartera del ministerio de defensa a alguien que no pertenece al estamento militar? ¿Qué criterios puede tener a la hora de defender su país? ¿O Sanidad, que cuando llega una pandemia se mueve entre el error y el desconocimiento?

      En cuarto lugar, el político ha de responder de sus actos al finalizar su mandato. Ser sometido a juicio para reconocérsele la labor realizada o pedírsele cuentas de la misma. Precedentes hay. Islandia ya sentó en el banquillo a un presidente por su negligencia. No es de recibo, que robar una gallina pueda acarrear la privación de la libertad, y quien hunda un país se puede ir de rosita. De esta manera, los gobernantes se cuidarían de cómo han de gestionar el poder que el pueblo le ha entregado y no dilapidarlo en la más completa impunidad.

 

      Decía Groucho Marx: “La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados”.

      Algunos, deberían tomar nota de esta humorada tan seria.

 

Ángel Medina

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