La chumbera. Por Gregorio L. Piñero. Cuentos estivales

Cuentos estivales (XXXV)

LA CHUMBERA

 

 

La casica.

 

      -Cholo: aunque se trasnochaba para disfrutar del fresco de la noche, también se madrugaba. Bien temprano, la tía Agustina o la tía María, que se turnaban, cortaban y pelaban higos de pala para el desayuno. Así que, cuando a eso de las ocho de la mañana, nos disponíamos a desayunar, la abuela Encarna disponía un buen número de ellos sobre una fuente repleta. Eran imprescindibles, mientras quedasen en la chumbera, como fruta del desayuno diario. Para la abuelica vieja era un deleite y no paraba de comerlos, si bien los demás no nos quedábamos a la zaga. Un café con leche y una rebanada de pan con mantequilla o con aceite, o unas galletas, completaban la primera comida del día. -Me ha contado mi pupilo, mientras me acomodaba a su lado, para dejarme acariciar.

      Luego -ha continuado- puesto de sombrero, salía de la casa a vivir aventuras. Una de la que más disfrutamos fue en la de construir una “casica”, que nos serviría a los críos de refugio o cabaña infantil. Te resalto lo del sombrero, Cholo, para que veas que si ya de niño lo llevaba, no hay razón para no llevarlo ahora, en la que el sol me golpea directamente en la calva, aunque ya no sea prenda socialmente habitual.

      -Resulta -me dice- que el padre de Saturnino, Pepe, era maestro albañil y siempre tenía por los ejidos de su casa, ladrillos y materiales de construcción para hacer morteros. Así que, uno de nosotros (probablemente Saturnino), propuso edificar una “casica” para nosotros. Y, entre José Antonio, Santiago, Saturnino y yo, nos pusimos a la construcción. Se hizo un replanteo de metro y medio o dos metros de lado, cavamos para poner de cimientos unos bloques de cemento y fuimos poniendo ladrillos, dejando un hueco para un ventanuco y, por supuesto, la puerta. El mortero, lo hacíamos con arena y restos de cemento de sacos viejos. Al final quedó muy aparente y nos entretuvo bastantes días. Para la techumbre, pusimos cañas y ramas viejas de palmeras, que daban buena sombra.

      -En su interior -me ha dicho- pusimos algunos bloques de cemento como asientos y pasábamos largos ratos a aquella sombra, hablando de nuestras cosas infantiles y planificando travesuras.

      -¡Cómo cantan hoy las chicharras! -Exclamó Santiaguico.

      -Sí que están folloneras. ¿Y si las cazamos y le ponemos cola? -Dijo su hermano José Antonio.

      -¡Venga! ¡Vamos! -Dijimos los demás.

      Y es que una de aquellas travesuras, consistía en capturar chicharras (cigarras) e insertarles con mucho cuidado de no dañarlas, por su orificio trasero, una pajilla de alguna espiga de cizaña, para después liberar al hemíptero, que partía volando, luciendo una gran cola. He de decirte, Cholo, que las chicharras son muy molestas por su canto, que llegan a alcanzar una alta sonoridad, casi al límite de lo soportable por el oído humano. Y, algunas especies, pueden vivir como un perro: quince años.

      Con sigilo se acercaban hasta el árbol en que habían descubierto un ejemplar que estuviese a su alcance y, ahuecando la mano, las capturaban, sin dañarlas.

      En alguna ocasión, vieron cómo un ejemplar cambiaba la camisa, en su proceso de crecimiento al pasar de ninfa a adulto. E, incluso, alguna pareja apareándose. Quienes producen el “canto”, son los machos, para atraer a las hembras, pudiendo a llegar a morir en el esfuerzo.

      -De los cantos de las chicharras te contaré más anécdotas, Cholo. -Me ha afirmado.

      Tras aquellas mañanas de correndillas y trotabancales, llegábamos a casa con polvo hasta en las cejas. Así que, antes de la comida, era necesario un buen baño, en un barreño de cinc, para disponerse a sentarse a la mesa del comedor, a degustar las delicias de las comidas de la abuela Encarna, como la aletría con gallina, completada con unas tajadas de un buen melón, o el corazón de la sandía que, por el privilegio de ser el único nieto por aquel entonces, le correspondía. Sin olvidar, por si alguien se quedaba con algo de apetito, “el plato”. Que no era sino una fuente con apetitosos fiambres y embutidos.

      Y, tras de la comida, la siesta. Y “la esquina”. Pero ya te hablaré de todo esto. Que se ha hecho tarde. -Ha concluido mi pupilo.

      (Continuará…)

Gregorio L. Piñero

(Foto: Palera con higos. También chumbera y tuna).

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