Una historia real. Por Emilio Aparicio

Sahara

 

Una historia real

      Llevo trabajando con los saharauis, bastantes años ya, en la recolección de la aceituna. En especial me acuerdo de un Mohamed (hay muchos). No tendría más de veinte años, de mediana estatura y muy delgado, como son la mayoría de estos chicos; por supuesto, con la señal característica de todo saharaui: manchas blancas de descalcificación en la dentadura, por la mala calidad del agua del desierto.

      No había hecho nunca este tipo de trabajo, y cuando le pregunté por la documentación para poder darlo de alta en la SS, se limitó a responderme con un escueto: No hay problema. Pero sí había problema. Cuando llevé su DNI al gestor, tras unos días, éste me dijo que constaba como “apátrida” y que, por lo tanto, no podía regularizarse de ninguna manera.

      -¿Apátrida? – le pregunté de forma retórica al picapleitos, porque no entendía bien lo que esto implicaba para la burocracia…

      -Pues que habrá saltado la valla de Melilla sin contrato de trabajo y sin documentos legales –me dijo…

      No hubo manera de poder regularizarlo. De forma que cuando salí de la gestoría, lo primero que pensé es que debía decirle que no podía contratarlo, porque las inspecciones de trabajo son continuas durante la recolección y las multas por trabajador, en condiciones de contratación irregular, ascienden a 6000 euros.

      A mí estas cosas me superan, pero me hacen entender mucho mejor las razones por las que éste pueblo, y otros, buscan denodadamente un reconocimiento internacional como nación. Parece ser que el ser humano añora lo que no tiene: Mohamed no tiene patria, y añora tenerla. Pero no es tan simple. Mohamed añora en realidad aquello que los demás le imponen, al tiempo que le niegan, para sobrevivir: si no tienes nación, ni siquiera puedes ser regularizado con pleno derecho, como cualquier ser humano.

      Era un nacionalismo de subsistencia, el suyo. Y mientras le sea negada su adscripción a un pueblo concreto, por unos y por los otros (tampoco por la ONU), Mohamed seguirá despojado de humanidad.

      Tremendo pensar que sin tierra, el hombre no tiene raíces; menos que una mala hierba que crece a su aire, sin que nos preguntemos si esa zona donde vive le pertenece o no…

      Cuando llegué del gestor, me dirigí a la casa que ya habíamos alquilado para su estancia durante la recolección. Cuando me vio se quedó muy serio, porque debió ver mi cara de circunstancias. No supe lo que hacer hasta el último momento, hasta que él mismo me dijo que si no podía trabajar me estaba agradecido por haberlo intentado en la gestoría, y que ya se buscaría la vida por otro lado.

      -No -le dije-: Me parece, chaval, que ahora somos los dos unos jodidos apátridas. Tú porque no tienes nación, y yo porque no entiendo que otros te la nieguen. De modo que ahora somos unos ilegales, una especie de frente polisario sin demasiadas armas para luchar contra los fuertes y los que nos imponen sus condiciones imposibles, por lo que, cuando veas a los gendarmes españoles venir a por nosotros, hay que correr a escondernos tras las dunas de Ciudad Real.

      Se rió, y no dijo nada más. Yo sí: que no tengamos patria, no significa que no existamos. ¡Joder, sí existimos, coño, y no hace falta que nadie nos de permiso o nos lo niegue! Venga ese té bien escanciao…

 

Emilio Aparicio

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