Y sin embargo. Por Anita Noire

Y sin embargo

Y sin embargo.

    Intentas que el domingo sea un día tranquilo, que nada lo altere para que al llegar la tarde, cuando se cruza esa sensación de cansancio que nada tiene que ver con el exceso de actividad, ni con la ausencia de ella, sino con la proximidad de la vuelta a las obligaciones y al abandono de uno mismo, el abatimiento no se haga excesivo. Pero es inevitable, las tardes de los domingos pesan. Aun así, quieres demostrarte entereza, que has superado esa estupidez que consiste en creer que los domingos terminan con algo más que no sea el fin de semana. Y amagas el azar con unas pocas risas, un café que pide hielo y unas hojas que lees despacio para no perderte. Aunque sabes que parte de tu vida espera agazapada detrás de las próximas horas, igual que sabes que el recibo de la luz está por llegar y que te escandalizarás cuando compruebes que el saldo de tu cuenta bancaria, de una manera incomprensible, ha menguado durante el fin de semana mientras te preguntarás en qué ha sido, si no te moviste de casa, si no hiciste nada, si solo estuviste esperado que las horas del sábado se multiplicaran por tres para estirar el tiempo que ya añoras. Y al caer el sol, como una maldición, la humedad se triplicará dejando que la ropa se convierta en una segunda piel que te agobia pero que necesitas mientras agotas tu escasa libertad condicional.

 

Anita Noire

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